A vueltas con el hombre extraño

Tras la cena, El Empático se retiró a sus aposentos sorprendentemente pronto y los dejó solos. Carlo subió a su compañera de encierro en el Ford Fiesta gentileza del Señor S y partieron a la búsqueda de un bar. Como suele suceder, dejaron que las trivialidades llenaran el paseo hasta la mesa y las copas, nada parece ser tan importante como para explicarlo en un coche en marcha, quizás es que no puedes mirar a los ojos, tal vez necesitas algo entre las manos que no sea un volante o un cambio de marchas o puede que no quieras perder detalle, el detalle es importante: Carlo lo sabía por sus pacientes y Wia por Paulo Coelho o algún maestrillo con su librillo… tal vez fuera una simple convención social de pura educación.

No necesitaron llegar a la carretera del Club (puti) para encontrar un bar decente y tranquilo, quizás no cerrara todo lo tarde que necesitaban pero ya era algo. Se acomodaron en su mesa y pidieron sus copas.

–Ya lo tenemos todo Wia, podemos comenzar.

–No sé por dónde Carlo, no lo sé.

–Bien querida –dijo él en tono serio– lo primero es reconocer que no tenemos muchas opciones y lo segundo es saber qué coño hacemos porque la cosa está jodida.

–No había ninguna casa.

–No. No la había. Me he pasado toda la tarde en ella pero no, me equivocaba, bueno, más bien me/nos equivocaron. ¿Te das cuenta de lo jodido del tema?

–Asusta Carlo, da mucho miedo. Si nos puede hacer ver eso ¿qué más nos puede hacer?

–Peor que eso Wia, Jaime tiene un jefe ¿qué no es capaz de hacer él que sí puede hacer el que le manda? Eso es lo que realmente me acojona, si el empleado me hace ver casas donde sólo hay ramas, los méritos para ser su jefe no me caben en la cabeza. De cualquier manera mi tema ya ha comenzado, mi potenciamiento o como quiera que lo llamen; falta saber qué te tienen preparado a ti.

–Yo también desearía saberlo, me he colado en la fiesta y Jaime ya me ha hecho saber que tendría un papel en la historia pero que aún lo desconoce. Espera la llamada de Shibuya.

–Se suele decir que todos tenemos un jefe y en esta situación, esa frase me pone los pelos de punta. ¡A quién se le ocurre! ¿Por qué viniste Wia?

Wia tuvo por fin la ocasión de explicarle su historia. Lo hizo de pé a pá y sin ahorrarse ningún detalle para dejar a Carlo más incrédulo todavía. Él no se esforzó en ser correcto.

–Pues si no me estás tomando el pelo te diría que eres una inconsciente con una vida vacía que estás dispuesta a llenar de cualquier manera pero como quiera que me he pasado la tarde subido en un árbol, no hablaré de antiguos criterios de salud mental.

–La salud mental creo que es algo a conservar –Dijo Wia entre la broma y la inseguridad–. Vine a evitar muertes y creo que mi predicción no es errónea.

Carlo se recostó un poco sobre la silla mientras acababa su vaso y pedía una nueva ronda.

–No te ofendas pero siempre he pensado que todas estas historias son un sacacuartos para madres preocupadas por sus hijos y para gente que quiere atribuir su fracaso o su insatisfacción a una conjura del universo.

–Es una reacción bastante habitual en la gente de tu gremio –contestó Wia en modo piloto automático– no me sorprende.

–Ya –repuso Carlo de manera despótica– y ahora me dirás que por cuatro farsantes pagáis la culpa los demás. No hablemos –Carlo dirigió con la mano un gesto de STOP a la bruja– de tu gremio y del mío, después de escuchar a mi árbol de confianza y habiendo conocido a algún hechicero de tribu, creo que entre todos los farsantes, algunos tenéis algo especial. Tu sola venida lo demuestra. Si realmente puedes atisbar qué nos puede suceder es bueno que estés aquí, mi potenciamiento seguirá de todas maneras y tal vez puedas avisarme de si nos encaminamos hacia algún desastre.

–Eso dalo por seguro –dijo Wia sorprendida por el pragmatismo de aquel secuestrado– ¿sólo es eso lo que vamos a hacer? ¿No tenemos ningún gran plan?

Carlo sonrió ante la bruja mientras dejaba otro vaso vacío sobre la estropeada mesa. El camarero accedió a servirle otra copa al tiempo que le recordaba que ya era hora de cerrar. El psiquiatra le pidió quince minutos más. El camarero se los concedió de mala gana pero cambió el gesto al recibir un billete azul.

–Tenemos un plan Wia y eso ya constituye una temeridad, no te digo lo que complicaría las cosas tener un gran plan. Sabes que esta gente que te puede hacer ver cosas que no existen pero ¿te has enterado también que entran en tu cerebro como el que se sube a su coche y se pone a tocar botones? Jaime me hizo una demostración muy clara de que se había metido en mi cabeza. ¿Cómo luchar contra eso?
Si piensan que pueden transmitirme su habilidad, lo mejor será absorberla hasta la última gota y ver si al menos soy capaz de enfrentarme a ellos en caso necesario. Lo que podrías hacer tú es intentar averiguar si existe alguna manera de bloquear nuestras mentes, mediante algún ritual o cualquier paranoia de tu gremio. Si lo pudiéramos conseguir nos sería útil si las cosas tienen que acabar como tú has visto. El primer peligro es que el Señor S también hizo carrera en lo tuyo. El segundo, que Jaime se va a enterar de esta conversación.
El tener un plan es una temeridad, dejaremos lo del Equipo A para la televisón.

–Entonces a lo que estamos jugando es al póker descubierto.

–Sí, pero con cartas marcadas Wia, siempre estaremos en inferioridad, no lo olvides. Ahora mismo no sabemos con qué te van a ocupar a ti. Esa es otra carta marcada que seguro que ya está en la baraja. Nuestro gran problema es que siempre sabrán nuestros movimientos, somos un libro abierto para ellos…

No era la primera vez para Carlo en la que verbalizando el problema, le sucedía la solución al mismo. Wia observó el cambio en la cara de su compañero.

–¿Qué se te ha ocurrido Carlo? –preguntó ansiosa–.

–Quizás un modo de protegernos aunque puede ser difícil de manejar. No sé por qué se me ha ocurrido tan tarde, era bastante obvio. ¡Qué lento soy!

–¿El qué, qué es obvio?

–Que si el libro tiene las páginas en blanco no puedes leer nada. Te digo que lo que tenemos que hacer es borrar los recuerdos “inoportunos”. Es de cajón.

–Carlo, eso me lo decías hace un momento pero tengo que investigar si hay alguna manera de hacerlo. No conozco ninguna que yo sepa.

–¡Pero yo sí Wia, yo sí! –Dijo él bastante excitado. Carlo llamó de nuevo al camarero y le pidió si les podía “dar” dos libretas de notas. El sorprendido empleado se dirigió a la barra y cogió dos tacos del montón que había junto a la caja registradora. Se las entregó al secuestrado a cambio de otro billete azul. También les dio dos bolígrafos al tiempo que les comentaba que no tuvieran prisa, la hora del cierre había cambiado. Carlo volvió a sonreir y pidió dos copas más mientras le entregaba a Wia una de las libretas donde se abreviaban a base de palitos cafés con leche y otras bebidas–. Aquí tenemos nuestra manera de guardar un secreto –le dijo a la sorprendida bruja–. Escribiremos todo lo que hemos hablado en esta mesa y lo compartiremos en nuestro próximo encuentro. Es muy importante que especifiquemos por qué no recordamos lo que está escrito aquí y por qué lo hacemos. Debemos crear un vínculo de confianza con nosotros mismos para que cuando mañana encontremos estas hojas en nuestros bolsillos queramos seguir nuestras instrucciones; puedes poner algo que sólo tu conozcas sobre tu infancia o cualquier recuerdo similar pero es fundamental que cuando encuentres la libreta te la creas y que no la leas hasta que sea necesario. Y aunque no hace falta decirlo… hay que esconderla muy bien.

–Carlo ¿qué es lo que quieres hacer? No te entiendo.

Carlo estaba seguro de que podía funcionar. No recuperarían el control pero podrían dejar de perderlo, serían algo más que simples muñecos. Tendrían un pequeño reducto de su mente a salvo, si las cosas se ponían muy feas era una pequeña posibilidad. Las posibilidades de cagarla eran numerosas puesto que no recordarían nada y andarían con una libreta encima que lo explicaba todo. Las primeras palabras de la libreta era fundamentales. Tenían que decirte que no leyeras la libreta pero que no la tiraras ¿Qué poner en esa primera frase para que poder seguir ese plan? (¿gran plan?) ¿Qué dejar para que encontrara Jaime? No lo podía borrar todo, el viejo esperaría saber algo de la conversación de bar. Intentó responder a Wia de manera tranquilizadora, acariciando las palabras pero el resultado fue un tanto brusco.

–Wia, querida ¿te han hipnotizado alguna vez?

December 8th, 2008 at 11:51 pm | Comments & Trackbacks (1) | Permalink


Los podía ver gesticular a través de la ventana, llevaban unos minutos haciendo mímica el uno frente al otro y no parecían tener intención de pasar adentro. Wia observaba impaciente mientras concluía la preparación de la cena. Puesto que no tenía idea de las preferencias culinarias de sus “compañeros”, se había dedicado a hacer un poco de todo, por suerte para ella, Jaime tenía una nevera bastante repleta y pudo cocinar prácticamente todo aquello que le apeteció.

–¡Pues sí que tienes comida! ¿Vive más gente contigo?

–No Wia, vivo solo pero de tanto en tanto tengo visitas inesperadas que vienen con hambre –Había comentado El Empático entre risas–

–¡Oh, claro! –Wia se daba cuenta de su error al tiempo que se sentía ridícula, sensación recurrente en esos días– ¡Qué metedura de pata!

–No te preocupes guapa, no eres la primera persona que me hace ese comentario –Dijo el viejo de manera afable–. Bueno, voy a ver si ya se ha cargado este cacharro y puedo llamar.

Dicho esto, Jaime salió de la casa para hacer su llamada y (supuso Wia) para ir por fin a buscar a Carlo y poder curarle las heridas. Hacía horas que Wia lo había visto a través de la ventana de su habitación y pese a su insistencia el viejo se negó a bajarle del árbol antes de tiempo. Precisamente su ventana tenía unas bonitas vistas al Roble Negro. Fue casi lo primero que vio al entrar, un árbol asomado a la ventana.
El Empático le había enseñado su habitación un par de horas después de dejar al psiquiatra a los pies de su prueba:

–¡Espero que no venga nadie más, que la siguiente habitación es la de los trastos y no la ordeno desde el setenta y tres! –Dijo el dueño de la casa–.

De esta forma pasó la tarde subiendo sus cosas de la autocaravana a la habitación. Jaime no le ayudó (tampoco quería pedírselo) le dijo que tenía que hacer unas compras y regresó al cabo del rato con un teléfono portátil… parecía que alguien necesitaba privacidad.
Mientras trasteaba con sus pertenencias pensó en que ni El Empático le había ofrecido la habitación ni ella había sopesado dicha propuesta.

Él le enseñó la habitación y ella se puso a subir cosas. Así de simple. Era evidente que necesitaría una habitación puesto que tenía un papel en esa historia, un papel escrito por el hombre extraño. Aún sentía las palabras de Jaime en sus oídos.

No quería mostrarse demasiado inquieta pero así se encontraba. Tenía muchas ansias de saber y viendo cómo habían tratado a Carlo frente al árbol no parecía que en esa casa se dieran rápidas respuestas. Se propuso ser paciente aunque se comiera las uñas hasta la primera falange. El definir su estado como de inquietud había supuesto la primera piedra de la pirámide zen que pensaba construirse… ¿inquietud? Vulgo histeria.

La habitación tendría unos ocho metros cuadrados, más que suficientes para la cama y el armario que moraban en ella. Unos muebles robustos, de madera de cerezo y con ribetes en otro tono cerezo más oscuro. Clasicote al máximo, como los muebles de casa de tu abuela. Improvisó un pequeño escritorio formado con dos pilares de sus cajas y a modo de sobre, una puerta rescatada de una pira de maderas que Jaime tenía apiladas en un lateral de la casa, en la parte opuesta a su habitación y al árbol. Sólo le faltaba una silla y la tomó prestada del salón.

Ya tenía un espacio para que rodaran sus piedras y demás compañeros. Pensó en sacar sus cartas y hacer unas tiradas pero cada vez le resultaba más difícil estar en la habitación y no mirar de reojo lo que Carlo estaba haciendo. Con su escritorio enfocando directamente hacia el Roble se hacía inevitable.

La escena se situaba a unos diez o quince metros de su nuevo espacio vital y entre la distancia, la miopía incipiente, las ramas y las hojas, más que mirar, oteaba. Se le ocurrió usar la cámara de fotos a modo de telescopio.

La puso sobre una caja de zapatos para tener algo de estabilidad porque al exprimir tanto el zoom, cualquier movimiento de la mano se convertía en terremoto de nivel nueve en la pantalla de la cámara. El invento funcionaba a medias pero le permitía ver más que sin él.

Carlo estaba hablando. Lo veía sentado en la terraza de la casa del árbol y parecía conversar animadamente. ¿Con quién leches hablaba? Lo preocupante del caso es que de tanto en tanto, se desplazaba por el árbol como un chimpancé del Discovery Channel para luego volver a la casa y sentarse de nuevo cómodamente en la terraza. Wia había visto muchos documentales y no recordaba ver a los monos sangrando como toros de lidia. Carlo acababa de salir del picador con unos buenos chorretones y le esperaba el banderillero. No entendía nada.

Permanecía en sus ensoñaciones cuando ya sus dos compañeros de casa habían entrado y se dirigían a buscar el kit del árbol. Carlo apareció malhumorado mientras que Jaime se mostraba visiblemente satisfecho, quizás con toda la intención.

–Carlo ¿estás bien?

–Bueno –contestó el secuestrado lacónicamente– creo que estaré peor, son sólo unas rascadas pero molestan a base de bien. No te preocupes Wia, no son ni la milésima parte del problema.

–Wia –terció Jaime abruptamente– ayuda a Carlo con las curas mientras yo acabo de preparar la mesa, tienes todo lo necesario en el botiquín.

Dicho esto, El Empático los dejó solos y bajó al comedor a mover platos y hacer ruido mientras estiraba su mano empática de manera automática.

–¿Te ayudo, Carlo?

–Tranquila, me basto solo para estas cuatro heridas. Menudo primer día el tuyo ¿eh? El mío acabó en una casa de putas, vete a saber cómo lo acabas tú. –Wia pareció no entender la gracia– Wia, es una broma –acarició Carlo verbalmente– si eso sucedió ayer por la noche ¡ja, ja, ja!

–Te veo muy animado, cuando entraste parecías cabreado.

–Sí, pero sólo con Jaime, no contigo.

–¿Qué te ha dicho?

–No es lo que dice sino lo que hace y aún peor que eso es por qué lo hace –El psiquiatra hizo una pausa dramática– definitivamente… por qué lo hace es lo que me encabrona.

–Carlo, estoy muy perdida, no me ayudes más todavía.

–Sí, es cierto, lo siento, luego si quieres nos acercamos al pueblo y te lo explico entre copas. No es demasiado bueno que hablemos aquí aunque creo que tampoco será bueno en otro lado. De todas maneras me parece que se me está pegando la afición por el enigma de esta gente, te acabo de contestar para liarte más todavía. Mira, mejor te lo cuento después, no me hagas caso ahora, que todavía estoy aterrizando del árbol.

–¿Me explicarás lo que has estado haciendo en el árbol también? –Inquirió Wia curiosa–.

–¡Claro que sí! –repuso Carlo con una gran sonrisa– y lo primero que te diré es que no hay ninguna casa en el árbol. No hay nada, ramas y más ramas como dicen las marcas en mis manos y brazos. Sigo hablando como ellos, perdona de nuevo, pero ves a mirar por tu ventana si quieres, te aseguro que la casa ya no está.

Wia dejó a Carlo envuelto en sus últimas curas y pensamientos para dirigirse a la ventana en la que se le había pasado la tarde. ¿Era posible que no estuviera la casa?
Al entrar en la habitación supo que sí, era posible, no sabía cómo pero ciertamente… era posible.
Se acercó a la ventana y la abrió brevemente para contemplar un Roble Negro sin casita incorporada. El Quercus Pyrenaica Willd no atendió sus miradas, aún no era nadie.
Wia respiró profundamente y dió media vuelta.

September 17th, 2008 at 11:15 pm | Comments Off | Permalink


La verdad es que es una putada haberte mentido de esta manera y en un aspecto tan delicado para ti como era el de despedirte de mi para siempre pero era necesario, como sabes, siempre es necesario. Lamento profundamente haberte engañado de forma tan premeditada, sé que no me crees pero es cierto.

Como carta de disculpa no presenta un gran comienzo aunque el arrepentimiento es sincero, te lo aseguro.

Sé que Janine te acaba de traer esta carta. Que contra toda tu voluntad la estás leyendo sentado en mi mesa, con un gran cabreo y con una serie de cargas que odias y no deseas… pero era necesario, ES necesario.

O al menos para nosotros (tú y yo) es necesario, aunque no nos guste admitirlo. No tenemos familia ni amigos, no tenemos nada que no sea el trabajo derivado de nuestra habilidad. Por mucho que nos alejemos de él (como tú has intentado) al final siempre acabamos enfrascados en una nueva historia casi sin darnos cuenta.

Te escribo esta despedida tras nuestra segunda llamada en años, acabo de colgar el teléfono mientras tú te dispones a bajar a Carlo del Roble Negro.

Ahora que sé que todo lo que tengo planeado se cumplirá, no quiero esperar más tiempo para redactar una carta que deseo escribir hace meses, necesito eliminar este run–run de mi cabeza… Y ahora tuerces el gesto, pero es que es cierto, existe esta inquietud en mi cerebro y pretendo extirparla tecleando. Te aseguro que espero conseguirlo pero dudo de llevar a cabo mi propósito, será quizás una de las pocas veces en que no lo consiga. También sé eso y me voy teniéndolo muy claro.

Sé que nada ha ido como esperabas ni como es la costumbre pero también sé que tú sabías que yo debía ir Allí y que eso conlleva ciertos “sorpresivos” cambios en el procedimiento. Ir Allí implica terremotos y tú lo sabes de sobras pero a pesar de eso, como sólo pensabas en la jubilación, estás tan alucinado como cualquiera, un fallo por tu parte pero seguro que es el último.

Dejando de lado esta misión de la que ya has vivido el resultado, fundamentalmente te quiero escribir acerca de tus nuevas y no deseadas responsabilidades empresariales.

El por qué te lo digo rápido: No encontré a nadie mejor que tú para sustituirme. No hay más que eso. El “consensuado” Johan es un mierda, no tiene nivel, no sabe reaccionar ante un imprevisto, no tiene capacidad suficiente.

¡Que le viene grande coño! Le viene enorme, grande no, enorme.

Con decirte que creo que el que más se le aproxima es Raúl te lo digo todo. Durante mucho tiempo aposté por Luis, era perfecto, un tipo hábil y además listo, serio y consecuente… pero cuando apareció Clara supe que no sería profesional. Lo tuve que borrar de la lista y no pienses que no me fastidió, lo peor del caso es que ahora creo que se ha convertido en una amenaza que debes anular. Subraya esta frase, es muy importante que lo desactives o como mínimo que lo intentes. Él es de los buenos, nos sería muy útil si no fuera tan cabezón, es un poco parecido a ti pero menos sabio. Como quiera que Raúl también será un problema, la mejor opción sería que se dedicara a trabajarse a Luis y puesto que se profesan un gran amor no sería mala idea proporcionarles un par de cuchillos y un ring. Acepta este consejo gratis de tu antecesor en el cargo.

Volviendo a Johan y a ti: Justo antes de terminar nuestra misión, sufrirá un desvanecimiento y dejará de ser útil. Aún no tengo claro en qué estado dejarle porque tampoco me cae mal del todo, es mi rollo sentimental (sé que no te estás riendo pero yo sí). Una idea me ronda por la cabeza aunque no sé si seré capaz de llevarla a cabo, es algo complicada pero si funciona lo sabrás, digo yo.
Total, para no aburrirte demasiado, que la situación del asunto es que:

1º Yo me voy Allí
2º Mi consensuado sustituto está alelao
3º La cosa está fea.

Está más que escrito en todas partes que si se descabeza la compañía por aquí abajo, el número que hay que marcar es el tuyo. Claro que como tú ya no quieres hacerlo al natural, pues con el cabreo que llevas ahora mismo casi que mejor lo dejamos.

Pues no. Tienes que ser tú a pesar de que está difícil el tejemaneje. ¿Cómo te puedo obligar –oootra vez– a que me sigas? (a pesar de que quieres hacerlo, no lo niegues) ¿Cómo me puedo ir con la tranquilidad de que se cumplirá lo que está designado?

Siendo cruel.

No encontré mejor manera. Lo siento. Me he devanado los sesos pensando pero era la única forma de asegurarlo todo, de asegurarme que estarías en mi despacho después del panorama que te he dejado. Por eso sé positivamente que ahora estás en mi mesa leyendo esta carta y te digo que si te dedicas a mis responsabilidades no habrá más castigo para nadie. Te digo “nadie” porque aún no me he decidido, tienen que pasar unas semanas aún pero como te comentaba al principio, quería escribir esta carta ya. De todas maneras ese nadie no va a sufrir ningún daño y ni siquiera recordará nada malo, nada de susto para nadie si tú cumples con tu cometido.

Y de verdad (insisto) que siento obligarte y llevarte a rastras siempre pero con esa cabezonería tuya no me dejas otra opción. Escúchame atentamente: No podrás jubilarte nunca y olvidar menos todavía. El que entra no sale. Naciste para esto y no hay otro camino posible. Cuando por fin lo asumas, tu vida será más fácil, además, eres el puto jefe del sur de Europa, deberías estar contento pero por supuesto no lo estás.

Como que me da lo mismo (aunque no es verdad del todo) estoy por despedirme pero no sin antes decirte que mires la agenda. La tienes llena hasta dentro de tres meses, fíjate qué gracia ¡otra putada! Janine te será de mucha ayuda, cuídala bien, es una gran trabajadora. Probablemente te acosarán los señores del Norte para preguntarte por tus planes (recuerda que les acojonas a base de bien y eso siempre es divertido) simplemente diles que te guiarás por el Plan B Establecido. El Plan B Establecido no es más que una patraña que llevo años explicándoles o sea que seguro que se lo tragan como un yogur con trocitos de frutas.

Para llevar el día a día de la empresa no tendrás ningún problema, estarás activo pero tranquilo, no problemo amigo. Quizás lo más complicado sea encontrar a alguien para sustituir a Luis en la escuela y sobretodo el día que se decida que se necesita más gente Allí… pero creo que pasará bastante tiempo antes de nuestro reencuentro, intentaré resarcirte asegurándote eso al menos.

Que tengas suerte en tu nueva vida.

Un Abrazo

Fdo. El señor eSe.

Jaime dobló con cuidado la carta para introducirla de nuevo en el sobre. La guardó en el primer cajón. Tras la puerta, Janine esperaba nerviosa su reacción y al no producirse, minutos después le interrumpió:

–Jaime ¿quieres tomar algo?

–Tranquila Janine, no voy a destrozar el despacho ni nada por el estilo. Si quieres puedes irte a casa, nos veremos mañana y planificaremos todo lo que deba hacer –Le dijo El Empático con la mente lejos, muy lejos–.

–Bien entonces. Hasta mañana Jaime.

–Hasta mañana Janine. Apaga la luz al salir por favor.

La eficaz secretaria cerró la puerta dejando a El Empático sumido en la penumbra sólo iluminado por la pantalla del ordenador en la que se movía de forma epiléptica el logotipo de la compañía.

Recordaba que el día había comenzado como el último en aquella empresa maldita y que se sintió tremendamente feliz al despertarse por la mañana. Shibuya tenía razón, estaba tan obnubilado por la perspectiva de la libertad definitiva que perdió el mundo de vista. Fue un error muy grave aunque sólo afectaba a su orgullo, de cualquier otro modo hubiera acabado sentado en esa silla: le hubiera dado más quebraderos de cabeza al Señor S, puesto más impedimentos, obligarle a hacer más piruetas pero indefectiblemente él hubiera acabado en el mismo sitio.

La malignidad de su error hizo que las pasara canutas inflingiéndole un sufrimiento innecesario mientras aseguraba el éxito de la misión.

Jaime repasaba sus torpezas y sus cegueras… que siempre le conducían a Wia. Ella veía sangre y fue a él. Lo dejó todo. Quizás no creerla no era un error por sí solo. Lo común era no hacer mucho caso a las de su “departamento” pero Shibuya sí había prestado siempre atención por la bruja. Demasiados recelos, excesiva cautela, fue en ese descuido donde nació el gran error. ¿Cuándo el Gran Señor S temía tanto a alguien?

“Siempre que es necesario amigo Jaime, siempre que es necesario”

En su cerebro las palabras del hombre extraño resonaron y se rieron de él durante un largo rato.

Se levantó en dirección al mini–bar. Shibuya no era bebedor pero siempre disponía de un buen cargamento de alcohol en sus oficinas, decía que le gustaba servirse una copa mientras mascullaba: ¡Sue Ellen, estás borracha!
El incoherente sentido del humor de aquel hombre aparecía por cualquier lado.

Mientras su mano cogía el cuello de la botella de Knockando vio un CD sobre las copas, tenía un post–it enganchado.

“Buena hora para escuchar música”

El Empático sonrió ante las chorradas del admirador de J.R. Ewing, se sirvió la copa y volvió hacia la silla.

Al abrir el CD, una hoja cayó al suelo, Jaime la recogió con gesto malhumorado esta vez, no era el mejor día para ponerse a hacer ginkanas. La nota era escueta, apenas dos líneas en la pulcra aunque apretada letra de Shibuya:

“Al tiempo de comenzar este proyecto escuché esta canción y ciertas similitudes me hicieron reír mucho. Espero que la disfrutes. PD: Si metes el CD la canción arranca sola.”

La referencia a su analfabetismo informático era de lo más típico aunque bien cierta, le costó un par de minutos dar con el botón de la apertura del CD y con el propio aparato.

Jaime introdujo el disco y al poco, comenzó a sonar aquella extraña e infantil canción.

A medida que la extraña e infantil canción avanzaba a Jaime se le fueron erizando todos los pelos del cuerpo al escuchar las “ciertas similitudes”.
Al oir el final sintió frío, mucho frío.

Vació la copa en su boca y volvió a escuchar aquella canción.

Una y otra vez.

Horas.

February 14th, 2008 at 12:26 am | Comments & Trackbacks (0) | Permalink


–Dos llamadas en dos días –dijo Shibuya burlón– nos estamos haciendo amigos otra vez.

–No, no –contestó tranquilamente El Empático– sólo es una pausa en la jubilación, no quiero hacer amigos, además, sólo me llamas por interés.

–Cierto amigo mío, te llamo por interés ¿Qué me cuentas de esa bruja?

–Pues poca cosa, la verdad –Jaime salió de la casa mientras hablaba con S al tiempo que Wia comenzaba a preparar cena para tres– nada que tú no sepas.

–¿Y el primer análisis cara a cara?

–No escondía nada “amigo mío” tus entes le habrán podido sacar todo el suco y darte buena información, no sabe contra quién se enfrenta y no ha podido tomar ninguna medida de seguridad. Creo que por el momento, el tema lo tienes controlado.

–Por el momento dices… eso significa que también lo has visto.

–Sólo fugazmente Shi, hoy he charlado con ella unas cuantas horas y tal vez pueda existir algo entre tanta confusión, no sé si ella podrá descubrirlo en breve, pero creo que sí, que quizás pueda haberlo.

–Jaime ¿Puede ser un problema?

–Difícil de saber es.

–¿Yoda? ¿Me vas a tocar los cojones ahora después de seis películas juntos?

–¡Ja, ja, ja! No señor, no pretendo eso, sólo que no he podido disipar las dudas. Simplemente sucede que nadie en su interior lo sabe. Quizás sí, quizás no.

–Variables –gruñó el señor Sensaciones Pop– las putas variables. ¿Estimas algún porcentaje?

–Lamentablemente para ti, no. No he pasado del cincuenta–cincuenta. Si la balanza se inclinase hacia algún lado te lo comentaría pero ahora mismo no puedo concretar. Ella sólo tiene la misión de evitar muertes, sólo ha venido aquí a eso y no tiene ni idea de qué va la película pero tiene ese “algo”. Si en lugar de traerme a Carlo la hubieras dejado a ella delante de mi puerta sólo te solicitaría unos meses más de tiempo. ¡Ha dejado su vida por esta paranoia! Sólo ese acto merece respeto.

–Merece respeto pero sobretodo merece atención y creo que tengo la manera de desviar la suya, en un par de días lo acabaré de pulir y te lo podré comentar. De momento déjala a su aire, que disfrute su confusión.

–Muy bien señor misterio, esperaré ansioso sus próximos movimientos –Contestó Jaime ligeramente decepcionado–.

–Algo tengo que hacer, no se puede estar cerca de un loco y dejarlo a cargo de la olla express. Me preocupa su fé ciega, eso no es bueno. Carlo se hace preguntas y eso es lo que te hace mirar por dónde pisas. Por cierto ¿cómo está mi pupilo?

–Cómo está no lo sé pero te puedo decir dónde.

–¿Y dónde está?

–En uno de tus sitios preferidos, en el Roble Negro.

–¿Ya? –Contestó sorprendido Shibuya–.

–Sí –dijo un ufano Jaime– me he saltado los pasos previos con él. No le hacen falta y te diría más, creo que lo del árbol tampoco era necesario, me da en la nariz que bajará de él sabiendo de qué iba la historia.

–¿Lo dices en serio Jaime?

–Estoy casi seguro, dentro de un rato lo sabré, cuando mañana hablemos me lo preguntas.

–¿A llamada por día? Casi que paso, mejor te enviaré unos entes –contestó entre risas el hombre extraño–.

–Me enseñaste a verlos Shi, no es un buen negocio como se suele decir.

–Pero no te lo enseñé todo amigo mío, alguna carta debo guardar –dijo el señor S entre risas–.

–Y yo tampoco lo aprendí todo de ti –fue la rápida respuesta del viejo–. Mantén a tus entes alejados y yo haré lo propio. Será mejor que me llames y todos tranquilos.

–Por el momento será mejor lo que dices –puntualizó– te llamo mañana y me cuentas lo de la casa del árbol. Resumiendo: Carlo es el primero de la lista y debemos seguir el plan. La decisión sobre Wia la resolveré en breve. En cuanto lo decida te informo y entretanto, mantenla ocupada con cualquier chorrada y si no está receptiva, le haces aplaudir desacompasadamente. ¿Entendido?

–No creo que haga falta llegar a eso pero anda que no te gusta ¿eh, viciosillo?

–Con uno sólo no me impresiona, me pone verte dominar a miles de cerebros. Eso sí me excita. –Dijo Shouji con un deje tenebroso y sucio–.

–Gracias por sus elogios señor, hablaremos mañana supongo.

–Puesto que es lo que prefieres, sí, hablamos mañana. Buenas noches.

Jaime apretó el botón de finalizar llamada y se cambió el portátil de mano para guardar la helada zurda en el bolsillo.
Miró a través de las ventanas y observó a la afanosa Wia en la cocina. Entonces pensó en acercarse al Roble Negro, tenía curiosidad por Carlo, estaba seguro de su éxito.

La Casa del Árbol era la que decidía si el aspirante se quedaba o no, las medianías no llegaban a subir al roble y los que sólo eran buenos no pasaban la prueba, bajaban rotos.
El Roble Negro te dejaba subir a su casa pero te miraba a la cara, a las niñas de los ojos, te miraba detrás de ellas (te observaba como los ojos de Jaime le solían contemplar a él), el Roble Negro te escrutaba y te devolvía tu interior con creces, el pantano de la escuela era un árbol en casa de El Empático.

Cuando volvió a los pies de la Casa del Árbol encontró a Carlo sentado en el suelo, con la espalda recostada en el tronco del árbol y los ojos cerrados.

–Carlo –dijo Jaime suavemente– ¿estás despierto?

–Sí –contestó Carlo abriendo los ojos–.

–¿Y estás bien?

–Hombre, dentro de lo que cabe sí, me encuentro bastante bien aunque un poquito de agua oxigenada no te creas que me molestará. Reventar las ampollas de pus es divertido sólo durante un rato.

Jaime apreció las habituales heridas infringidas por la casa del árbol. Rascadas en las manos y en la cara, quizás alguna astilla clavada pero poco más.

–Tranquilo Carlo, tengo el kit del árbol preparado para ti.

–Gracias Jaime –contestaba un tipo bastante sereno en apariencia– ¿vamos a buscar ese botiquín? Espero que quede cerca de la ducha.

–Sí claro amigo, es lo que sigue cuando uno baja del Roble Negro.

–Sé la clase de árbol que es –Carlo le interrumpió excitado–. Me lo ha dicho él. ¿A que es gracioso? Tú ya lo sabías, por supuesto, tú lo sabes casi todo. Yo no sabía nada de árboles y ahora sé bastante. Hay gente que prefiere a los perros o a los gatos incluso alguna gente más rarita elige a las iguanas o a las serpientes pero tú eres un tío especial. Tienes un árbol de mascota y a decir verdad, te quiere mucho, cuenta que siempre le has cuidado muy bien. Me dijo que le haces unas buenas podas, que cuidas sus raíces e incluso que le salvaste de un incendio que le amenazaba cavando una zanja a su alrededor y cortando las ramas que sobresalían demasiado. Y todo lo hiciste tú sólo en una tarde. Todo un logro Jaime.

–Felicidades Carlo –dijo El Empático de manera efusiva– Si te ha explicado todo eso es que le ha quedado tiempo libre. Eres nuestro hombre, no hay duda, es la prueba definitiva.

–¡Jaime coño! –Carlo se puso en pie y le habló a Jaime bastante cerca de la cara obsequiándole con unos cuantos esputos involuntarios–. Que me has hecho subir a una casa que no existe y me he sollado las manos pensando que estaba en un sofá, que llevo horas hablando con un árbol y me ha dicho un montón de cosas con sentido ¡CON SENTIDO! Existe un árbol que me ha dicho cosas que encajaban, me ha explicado todo el rollo de la escuela y el pantano. ¿De verdad usáis ese pantano? Un árbol me ha explicado historias que acojonan. ¿Por qué demonios me felicitas? ¿Por perder la razón?

–No Carlo, te felicito porque la conservas, porque el Roble Negro te ha permitido conservarla al ciento por ciento y porque os habéis hecho amigos y el que tiene un amigo tiene un tesoro.

El psiquiatra miró a El Empático como alucinado. El Quercus Pyrenaica Willd permanecía callado y discreto, como era su costumbre.

–Jaime, no quiero estar aquí pero no me he escapado. No pienso en volver a mi vida porque sé que no existe, que la habéis borrado. No sé para qué me queréis pero obviamente nada será bueno para mí. Sois tenebrosos, sois la puta oscuridad. Tú eres un viejo en bata y zapatillas y tomas copas en casas de putas hasta caerte redondo pero me das puro miedo y tu amigo, el jodido hombre extraño, todavía más ¡Y ni siquiera es tu amigo! ¡Lo odias más que yo! ¿No es verdad? Aún así no existe lugar donde esconderse de vosotros. ¿Me estás hablando de amistad? ¿Tu árbol es mi amigo? No creo que me sirva de mucho si tú no lo pretendes. Sé que me utilizas. Sé que me atarías a las vías. Sé que soy tu pasaporte. Sé que en el fondo eres un cobarde y por culpa de eso me arrastras hacia la oscuridad y al miedo perpetuo. Eso le contaba a tu árbol, la historia de una canción, la de un tío que camina solo, que siempre tiene miedo de que haya alguien cerca, de que siempre haya alguien ahí, es un hombre que camina solo en medio de la oscuridad, asustado. Como canción está bastante bien, podría ser un buen relato pero la realidad es que ese es el futuro que me habéis preparado, lo sé, no acierto a entender el por qué pero es lo que tenéis dispuesto para mí y la verdad es que no parece agradable. No me hables de amigos por favor, aquí no encontraré ninguno.

Jaime estaba realmente contento con la perorata de Carlo e intentó disimularlo. Ahora estaba totalmente convencido de que la misión tendría éxito, eso estaba muy claro aunque quizás no habría que preocuparse tanto de potenciar a Carlo como de asegurarle que encontraría algo bueno al final del camino. Ahora Jaime estiraba su mano con una ligera precaución, todavía no le detectaría pero algo de cuidado nunca está de más.

–Carlo –El Empático le habló con toda la pompa aconsejable– creo que eres el mejor aprendiz que me hayan traído jamás. ¿Recuerdas lo que te dije de la prueba del nueve? Llevas dos días aquí y te aseguro que has superado los meses de entrenamiento de algunos. Confía en mí. Por mucha oscuridad que veas y te infieras no es lo único que existe. Cuando concluyas tu trabajo tendrás un mundo a tu disposición…

–¡Y tú tendrás tu puta jubilación tranquila! –Le espetó Carlo con rabia– Jaime, no me voy a negar a lo que hayáis dispuesto para mí porque sé que no puedo, por mucho que lo intente no podré con vosotros pero no me engañes como si fuera un niño. Sé que me hablas y me mientes a partes iguales, no puedo ver dentro de ti aunque, espera… quizás con un poco de entrenamiento… supongo que podremos acabar esta conversación. ¿No es así amigo?

–Tal vez sí o tal vez no, eso aún está por ver pero te digo una cosa, si consigues leer dentro de mí ya no le haré ninguna falta a Shibuya. En ese caso me ofrecerías una jubilación garantizada querido Carlo porque quizás entonces, se decida que la gente se dedique a llamar a tu puerta –Repuso con una sonrisa El Empático–.

December 30th, 2007 at 6:37 pm | Comments Off | Permalink


Tras estirar su mano empática hacia ella, Jaime apenas tuvo que esforzarse para encontrar las respuestas que necesitaba.
Mientras bajaba la escalera, le daba los dos besos de rigor para después acompañarla al sofá y sentarse junto a ella a escuchar su historia… Jaime estuvo estirando su mano y no halló información alguna, nada que hubiera que buscar debajo de las alfombras, lo tenía todo a la vista, todo al alcance. Muy fácil el primer paso.

Su primera conclusión fue que Wia ejercía un acto de Fé desesperado… o no (siempre guardando el cinco por ciento, por supuesto) la segunda, que la determinación no estaba casada con la claridad puesto que a pesar de haberlo abandonado todo, la mente de Wia permanecía confusa e insegura.
Un acto de Fé era un mal primer plato para el señor S pero dicha confusión le servía un excelente postre. Como existía tranquilidad también en este segundo punto… El Empático continuó para bingo:

–Carlo, si has decidido quedarte con nosotros ¿te parece si comenzamos? –Dijo Jaime inopinadamente–.

–¿Comenzar? ¿Ahora? Creo que Wia preferirá que hables primero con ella para que nos cuente su historia y luego hagamos lo que tengamos que hacer. –Dijo Carlo un tanto sorprendido–.

–Entonces –Repuso Jaime de manera ruda– deduzco que te quedas. Es hora de comenzar y estate tranquilo, no le voy a explicar a Wia nada de lo que tú no tengas información y ella ha tenido tiempo de sobra durante esta mañana para explicarte el motivo de su viaje, si le molesta explicar las cosas dos veces pues le va a tocar hacerlo de todas maneras. –Después esta sorprendente falta de educación, El Empático se levantó del sofá–.

Tanto Wia como Carlo dibujaron caras de sorpresa y comenzaron a replicar al sentirse regañados sin venir a cuento.
El Empático no les prestó atención. Se dirigió a la entrada y abrió la puerta de la manera en que siempre ejecutaba sus movimientos, de forma suave, a cámara lenta, como si el mundo fuera un cachorro que acariciar. Se giró hacia ellos mientras sujetaba el pomo de la puerta (a la que tanta gente llamaba) y les dijo:

–Tengo una casa en un árbol, está en la parte de atrás. Venid conmigo y os la enseñaré.

Los anteriormente molestos y ahora intrigados habitantes de la casa, la rodearon siguiendo al enigmático maestro y se plantaron los tres delante del árbol en el que, sí, cierto, crecía una casa.

–Jaime, ya tienes una edad para esto de jugar a las casitas de los árboles –Dijo Carlo burlonamente–.

–La casa no está para jugar –el semblante de El Empático era sombrío– existe para trabajar y a eso vamos. ¿Ves la escalera? Pues trepa por ella. En cuanto entres por la puerta, Wia y yo marcharemos hacia nuestra charla.

–Muy bien –Carlo se propuso seguirle la corriente– y una vez dentro ¿qué hago?

–Lo único que tienes que hacer es entrar.

–¿Entrar y ya está? Perdona que te diga pero tus métodos de entrenamiento–potenciamiento no parecen muy elaborados. –Carlo intentó sin éxito llevarse a Jaime al huerto–.

–Si lo son o no, lo discutiremos después de tu ducha, tus curas y la cena –El rostro de El Empático no mudaba su expresión– ahora sube y entra. Te vendremos a buscar en unas horas.

Wia asistía atónita a la conversación. ¿Qué misterios guardaba la casa del árbol?
Carlo intentaba recibir instrucciones o consejos o explicaciones referentes a eso de “las curas” por parte de Jaime pero éste sólo repitió sus órdenes al estilo de la organización.

–Carlo, sube y entra, no hay más. Te vendremos a buscar en unas horas.

Tras repetirlo por enésima vez, Jaime giró sobre sus talones en dirección a la casa. Wia regaló a Carlo una mirada de disculpa y siguió el camino tras El Empático.

El psiquiatra se quedó solo a los pies del “Quercus Pyrenaica Willd” al que le había crecido una casa.
¿Qué árbol era ese? ¿Alcornoque, Nogal, Castaño?
La información era totalmente irrelevante, tampoco no sabía qué apariencia tenía un Alcornoque, un Nogal o un Castaño. El Castaño da castañas, el Nogal da nueces y el Alcornoque… ¡pues vete a saber!
Recordaba poner a secar hojas dentro de un libro para los trabajos del colegio pero no sabía mucho más de árboles. Sabía que salía un árbol con muy mala leche en Harry Potter, que Tita Cervera se encadenaba a ellos, que uno no se explica cómo los árboles no se mueren después de ser marcados perro tras perro, que había árboles genealógicos, de levas, de noticias, de la ciencia y por supuesto los más famosos de todos, los Putos Árboles de Navidad.

Se tenía que subir a la casita del árbol. “El mundo se me ha vuelto loco sin mi”.

Carlo se puso mentalmente en plan Cardhú para encaramarse en dirección a la copa del Roble Negro.

Tras volverle la espalda al psiquiatra ante su primer paso, Jaime retornaba de manera pausada hacia la casa y el desayuno. Wia le seguía con una ridícula expresión en el rostro, entre recelo y admiración. El Empático vio crecer la confusión en ella y eso era el extintor que necesitaban en esta mini–crisis que había supuesto la llegada de la meiga. De momento sólo buenas noticias para el señor S.

Jaime preparó un pequeño desayuno–aperitivo para ambos y durante el mismo se dedicó a soportar estoicamente el que la bruja explicara una historia que de sobras conocía. Él no la detendría para decirle que ya sabía todo lo que estaba contando y cuando ella conociera su verdad, este recuerdo le haría sentir bastante débil frente a él. Y eso era bueno.

Mientras fingía atención pensaba en sexo. Wia era una mujer bastante apetecible, no era una gran belleza de portada… pero esa mata de pelo alborotado, esos grandes ojos (para verte mejor) y ese culo apretado podían llevarte muy lejos, sobretodo si eras un tipo soltero y recién secuestrado.
¿Y eso sería bueno o malo? Probablemente al principio lo primero y al final, lo segundo. Solía suceder de esta manera. Queda contemplado, estas cosas acostumbrar a pasar.

La historia que Wia explicaba (refrendada por lo que su mente le había mostrado en el trayecto de la escalera al sofá) era como un reportaje de investigación de la tele: parte verdad y parte exageración.
Cierto era que él debía poner a Carlo en el camino por encargo de aquel hombre oscuro, cierto que habría sufrimiento, que sería penoso en algunos momentos y no era menos verdad que no se luchaba por un bien mayor pero Wia trascendía demasiada sangre de sus visiones.

Aquella mujer había conocido sus planes y fue capaz de llegar hasta su casa con un puñado de piedras y su determinación.
Eso constituía un gran logro y era digno de admiración pero había sido imprudente (por suerte para Shi).

–¿Formas de pensamiento?

–¿Sabes lo que son Jaime?

–No es la primera vez que oigo acerca de ellas y siempre me han hecho mucha gracia, son la versión mágica del correveidile.

–No es exactamente eso –Wia se sintió un poco ofendida ante el comentario– son entes mágicos creados para la realización de tareas.

–Lo que tú digas querida Wia, pero los usaste para espiar.

–Para obtener una información que no tenía –corrigió la bruja–. Todo lo que rodea a ese hombre es un poco confuso.

–¿Un poco confuso? –Jaime sonreía enternecido– Deberías saber que fue un gran error por tu parte enviar esas formas de pensamiento.

–¿Por? –Preguntó ella con temor–.

–Esa respuesta es muy fácil: Información. En nuestro juego aquel que gana es el que obtiene información y no cede ninguna. Shibuya supo de ti en cuanto le enviaste esa mierda y obviamente te devolvió el golpe. Te aseguro que ahora mismo el señor S sabe más de ti que lo que tú pretendías conocer de él. No hiciste un buen negocio y parece que tus piedras no te advirtieron lo suficiente. A ver, dime ¿encontraste a tu entrenada figurita rota en el suelo o desecha o quemada o algo parecido?

–Aparecieron destrozadas en el suelo –Dijo avergonzada– pensé que las coloqué mal y al ir consumiendo el aceite se volcaron.

–Aparecieron destrozadas… no te conformaste con enviar una.

–Envié dos porque creía…

–Creíste mal Wia, creíste muy mal. Tu “hombre malo” es una persona con muchas habilidades y tu magia es una de ellas. Deberías saber que no le gustan nada las brujas, literalmente las considera un engorro pero no así a sus conocimientos. Shibuya entiende que “lo oculto” es una buena herramienta a pesar de que brujas y magos acostumbran a aplicarlas erróneamente.
Hace ya tiempo que absorbió la sabiduría necesaria para pegarse mágicamente con el más diestro en estos temas, por eso te digo que tus piedras no te avisaron de que tu plan estaba destinado al fracaso pero obviando este tema; aunque hicieras mal o no, la cagaras o acertaras, una vez aterrizada en esta casa… te vas a convertir en otro peón de esta historia.
Eso es lo que eres ahora mismo. Sólo debería decirte que esta noche espero una llamada que me dirá lo que debo de hacer contigo y no se trata de ocultar tu cadáver sino de cómo ha decidido él que tú seas útil. Quizás te subamos a la casa del árbol o te hagamos enviar formas de pensamiento hasta que te desmayes pero ya que has pedido un papel, querida Wia, querida bruja Wicca, te aseguro que lo vas a tener.
¡Pero no pares, sigue, sigue contándome tu historia!

December 6th, 2007 at 1:26 am | Comments Off | Permalink


–No lo comprendo, te juro que es inexplicable –Dijo Luís bastante más cerca del enfado que de la sorpresa– estaban entre los mejores, progresaban, eran obedientes, no nos daban problemas. Ellos jamás se acercarían al pantano sin estar preparados ¡ni siquiera tienen la edad recomendable para comenzarlo a pensar!

–¿Y qué? –Fue la respuesta desprovista de sentimentalismos– estás harto de ver cómo sucede. Incluso a estos niños es difícil borrarles su estúpida inconsciencia. ¿Resultado? Otra vez conduciendo toda la noche para poder llevármelos antes de que bloqueen a los demás. ¿Me sellas la entrega? Comprende que no estoy de muy buen humor y no me apetece seguir perdiendo el tiempo.

–Raúl ¡no me jodas! ¿Cuántos de los mejores han aparecido por el pantano a esa edad? ¡Ninguno! ¡Nunca! ¿No te parece raro? –Luís se sentía angustiado, entregar a esos niños le mataba– ¿De veras no piensas que hay algo extraño?

–No me pagan por pensar, me pagan por entregar –repuso el hombre 1 con acento de Shibuya–.

Luís esperaba una respuesta de ese estilo pero no por preverla se apaciguó el creciente odio por su trabajo y por su interlocutor en particular.

–Raúl, de verdad pienso que eres tan gilipollas como tu jefe, suerte tenemos todos que ya se va y ojala que tú desaparezcas detrás de él.

Luís se volvió en dirección al pasillo B aunque aún escuchó la réplica del patético transportista: “Cuidado no desaparezcas tú, niñera”.
Las palabras de aquel imbécil resonaron poco en sus oídos, no soportaba a aquel tipejo. Era un chupapollas de los grandes, estaba seguro que ya se andaba trabajando a Johan para poder seguir en la cuerda.
Mientras caminaba hacia la habitación aún tuvo tiempo de repetir las resabidas consignas a los guardianes, debía evitarse que nadie saliera de la habitación hasta que entregaran a Clara y a Toni. Todos lo sabían de sobra pero se mantenían concentrados y vigilantes ante la sorpresiva aparición de algún alumno curioso.

Infección, así lo llamaban de cara al protocolo. En realidad, no se sabía qué coño era eso y por qué sucedía en el caso de que algún estudiante se presentara en el pantano antes de tiempo.

Cuando le avisaron del suceso estaba cenando tranquilamente en su casa, después de un día como tantos otros.
La noticia le dejó sin aliento y las lágrimas le expandieron una mancha a la altura del pecho, Clara era su sobrina y Toni era hijo de uno de los profesores, compañero suyo durante muchos años.
El problema, para alguien como Raúl, consistía en que lo sucedido les dejaba sin dos de los mejores, así pensaban “ellos” pero él no era de esa clase, no era un robot al servicio de la causa y su trabajo le costaba esconderlo.
Luís pensó que tenía suerte por recibir la desgraciada noticia en su casa, pudo llorar casi todo lo que deseaba sin tener que fingir un estúpido autocontrol profesional, sólo intento mantener el temple de su voz mientras las lágrimas corrían veloces hacia su camisa.

Puesto que el protocolo era perfecto, también contemplaba casos de este estilo y Luís fue debidamente informado: Pese a ser el responsable de los accidentados, debido a tener vínculos familiares, se le había concedido la posibilidad de inhibirse de la entrega.
Se negó a excusar su presencia y dejó constancia de la voluntad de hacerse cargo personalmente y en el menor tiempo posible, como en el resto de casos.
Ordenó que por el momento se procediera según lo habitual mientras él llegaba para ponerse al cargo.
Casi sin poder pronunciar más palabras confirmó “El protocolo de pantano” y colgó el teléfono. Se giró y vio a su mujer, situada frente a él, esperando (como si fuera necesario) un cabeceo de su marido para confirmar la noticia. Luís asintió y ella sólo pudo articular el nombre de su sobrina antes de colapsarse y caer sobre la alfombra.

Él se haría cargo.

Se vio a sí mismo guiando a Clara entre los pasillos, ella sujetándose la cabeza con las manos, llorando y gritando de dolor, los párpados inflados impidiéndole abrir los ojos, subiendo al coche torpemente sin dejar de aullar…Luís supo que ya nunca dejaría de llorar, la mancha de la camisa penetraría dentro de su piel y se quedaría allí hasta que él desapareciera.
Clara tenía ocho añitos.

Él se haría cargo.

El destino de su niña y de su amigo del alma no era ni más ni menos que la muerte.
El destino de Clara y Toni era morir, pero no allí, no en el centro. A los infectados se los llevaban a la central y él se tendría que hacer cargo.
Todos se tendrían que hacer cargo puesto que no existía otro remedio.
El puto proceso era irreversible o eso se pensaba. Nunca se había documentado una curación, nadie que hubiera vuelto chillando del pantano pudo volver en sí.

El pantano era el examen de final de carrera y un sitio completamente artificial.
Los alumnos aplicados se graduaban allí, los menos aplicados simplemente optarían a pequeños puestos en el engranaje de la empresa pero nadie moría… a no ser que fueran antes de tiempo.
El señor que comenzaba por “S” y sonaba a japonés había ideado dicho medio de graduación, que obviamente era extremadamente fiable.
A final de curso, él se presentaba en el centro y se reunía en la sala grande con todos los alumnos, sólo con ellos, nunca en presencia de profesores.
Él sabía quién estaba preparado para la prueba y lo señalaba con el dedo.
El señalado se situaba detrás del estrado mientras llegaban los siguientes seleccionados. Al final del proceso todos marchaban en procesión hacia el pantano.

Al pantano lo rodeaban unas cuantas docenas de árboles un tanto decrépitos que inopinadamente crecían bajo un cielo siempre gris. Los cadáveres de varios animales irreconocibles estaban esparcidos por todas partes disputándole el sitio a la vegetación. Los ocupantes de una barca que se hundía continuamente, hacían señas para ser rescatados, su extraño perro putrefacto también sollozaba socorro.

El señor S siempre tomaba asiento en la barca para contemplar la escena en que los futuros graduados (o no) se disponían en filas en el pequeño arenal y penetraban por turnos dentro del agua.
En ese extraño mundo submarino sólo les esperaba una cosa: su pura verdad, empatía de sí mismos se decía.
Los alumnos, adiestrados en explorar y explotar la mente de los demás, se veían paralizados ante la lucha con la suya. Los más hábiles lograban golpear su miseria, agarrar su patetismo y extirparlo de su cerebro para dejarlo en el fondo del pantano. Aquellos que lograban extirpar ese trozo de cerebro salían del pantano victoriosos, con la cabeza erguida sobre los hombros.

Entre los que fracasaban existían dos clases: Los que casi lo lograron y los que no:
Los primeros tocaron el éxito para abrazar el fracaso, fueron aquellos que mientras salían del agua victoriosos y saludaban a sus vitoreantes compañeros del arenal, eran agarrados del tobillo por sorpresa y arrastrados hasta el fondo del pantano por su trozo de cerebro extirpado.
El segundo grupo eran los que nada más entrar eran escupidos de vuelta al arenal. El pantano también acababa vomitando a los que se dejaron atrapar por un trozo de cerebro extirpado pero se entretenía un rato con ellos.

Una vez finalizado el terror, el señor S se acercaba al arenal y repartía destinos para todos al tiempo que regalaba unos cuantos días de vacaciones previos a la incorporación. Los destinos de los escupidos por el pantano eran simples nóminas por trabajos convencionales dentro de la organización, a los que superaban las profundidades, les esperaba un camino hacia el poder… si es que eran capaces.
Antes de marchar, el señor S se reunía con los profesores para el resumen de curso.

Lo más terrible del pantano era… que no existía.
El pantano no era otra cosa que un almacén total y completamente vacío.
Nunca hubo nada en él, sólo cuatro paredes y dos puertas metálicas.
Todos lo sabían pero nunca nadie pudo ver otra cosa que no fuera el pantano con sus animales muertos y con su barca hundiéndose.
Lo más espantoso del pantano era que el señor S te lo hacía ver a sabiendas que no estaba ahí.
Para demostrarlo, cada año, el 22 de Diciembre, el señor S hacía desaparecer el pantano y obligaba a todos los alumnos a pasar el día allí. Repasaban la pintura de las paredes y las puertas, barrían el suelo y gastaban las horas en contacto con el hormigón y el metal que formaban ese almacén.
El día 23 no podías hacer otra cosa que ver el pantano.

Pero no sólo el día de la graduación podías acudir al pantano. El señor S había dispuesto que si algún alumno se sentía preparado y no quería perder el tiempo, podía acudir al pantano aunque siempre solo y bajo su responsabilidad. Las puertas del pantano estaban abiertas a todos, estaba prohibido prohibir la entrada pero todos debían atenerse a las consecuencias y estas no eran otras que tener que morir o ¿vivir? el resto de tus días aullando de dolor. El premio para los valientes era un gran futuro y la promesa de un gran poder, por ello nunca faltaron candidatos muy seguros de sus fuerzas o fuertemente inconscientes.

Una o dos veces al año, Luís se veía en el doloroso trámite de tener que entregar a Raúl a uno o a varios alumnos enloquecidos. Esta vez sería la peor de todas.

Clara y Toni ya no volverían.

Conforme se fue acercando a la habitación, los gritos le golpearon cada vez más fuerte. Instintivamente (y se maldijo por eso) sacó los tapones del bolsillo del pantalón, se maldijo pero los usó. Los gritos sonaban acolchados. Se le erizó el vello de los brazos, cosa que era habitual.
Al abrir la puerta los tapones perdían buena parte de su función. Clara y Toni estaban en el suelo, agarrándose sus cabecitas mientras gritaban y pataleaban. Los pobres se habían golpeado con todo lo que habían encontrado tal y como le decían los morados y cortes que envolvían su cuerpo como un extraño paquete de regalo para Raúl.

Antes de que pasara un día de un suceso de este estilo, el hombre 1 entraba en escena y aparecía por el centro aunque la entrega no se producía hasta que se cumplían las veinticuatro horas exactas de la entrada en el pantano. Según órdenes del señor S, el motivo era una posible remisión que sólo sería factible en ese plazo. Tal curación espontánea jamás se había producido pero ese espacio de tiempo se respetaba a rajatabla, como todo lo que él disponía.
Esta directriz conllevaba tener al alumno infectado gritando como un poseso durante un día completo. Durante ese día todos los estudiantes entraban en introspección y no podían salir de sus habitaciones. Ver a uno de sus compañeros en ese estado los podía infectar por simpatía pero no así escucharlos, eso les haría mejores. Las enseñanzas del señor S eran extrañas y siempre cumplidas sin objeción.

Después de esas horas de suplicio, Luís entraba en sus habitaciones y los conducía al exterior, al coche que los llevaba lejos de allí. Raúl recibía a los condenados con el Valium de los campeones en la mano, para garantizar así un viaje sin gritos para el transportista. Luís llevaba especialmente mal éste último paso del protocolo, si nunca nadie se había curado ¿por qué soportar esas horas de gritos? ¿No podían ellos darles la paz antes que el puto hombre 1?

Clara y Toni avanzaban a trompicones por los pasillos guiados por Luís, que se había convertido en su lazarillo. Los dos mocosos berreaban como diez ambulancias en un parking, a pesar de los tapones, le dolían los oídos de la vibración.
La rabia que sentía provocaba que el corazón le doliera de tal modo que en algunos momentos pensó que sufriría un infarto.
Quería no mirarles pero a cada puerta, a cada escalón, a cada giro se veía en la obligación de hacerlo para evitar que se dieran más golpes, ya no les quedaba piel en la que florecer nuevos moratones.
El camino hacia la salida era largo y corto a la vez. El dolor de verlos en ese estado era comparable al dolor de subirlos en el coche de Raúl. Ninguna opción evitaba su sufrimiento.

Mientras tanto, el hombre 1 apuraba un cigarro junto al Civic disfrutando del momento. No la había cagado, nadie (ni siquiera Luís) se percató de su presencia la noche en que llevó a Clara y a Toni a cruzar las puertas del pantano para cerrarlas tras ellos.
No la había cagado tal y como ordenó el señor psicópata y éste debería darle por fin el reconocimiento que merecía.
Insultarle también lo disfrutaba, poder pensar en él como señor psicópata era algo que sólo se podía hacer fuera de la oficina. Odiaba sus ojos, la manera en que se metían dentro de él buscando su fallo, su traición o la frase “señor psicópata” para poder castigarle de alguna novedosa manera. ¿Cómo trabajar a las órdenes de alguien al que es imposible esconderle nada? Raúl conocía algún ritual difícil de llevar a cabo y con un efecto bastante débil pero que era útil para esconder pequeñas cosas, pequeños deseos, pequeñas palabras. No era muy recomendable usarlo a menudo, su principal efecto secundario era una semana de fuerte migraña y otras dos de suave aunque persistente dolor.

Abandonó sus típicos pensamientos cuando vio que por fin llegaban sus pequeños. Luís los traía penosamente, algo natural, siendo él un familiar implicado. Raúl sabía que sospechaba algo, era totalmente ilógico que aquellos dos niños se hubieran atrevido a presentarse antes de hora y más teniendo en cuenta que Luís los conocía perfectamente.
Eran los dos mejores, por eso se los llevaba Shouji.
Eso no lo sabía Luís, sólo pensaba que algo no cuadraba pero no podría sacar nada de él, eran de un nivel similar y ninguno podía entrar a saco en el otro.
Raúl recibió a los niños al mismo tiempo que la mirada de odio del director de la escuela de empáticos. Sin amilanarse ante esa amenaza, metió la mano en su bolsillo y sacó dos jeringuillas que rápidamente hincó en los brazos de Clara y Toni.

–¿Qué coño les estás metiendo? –Rugió Luís–.

–Lo mismo de siempre aunque el efecto se acelera si se inyecta. Lo he hecho por ti, para facilitarte las cosas –Repuso cruel el puto hombre 1–.

–Mide tus palabras chupapollas –contestó Luís fuera de sí– porque te arrepentirás de ellas.

–¿Ah sí? ¡Pues solicito permiso para asustarme mucho! Uy, uy, que la niñera me quiere pegar –Raúl comenzó a saltar cómicamente–.

Un par de guardas agarraron a Luís y conminaron a Raúl a acelerar el proceso. Clara y Toni habían cesado de gritar y descansaban inconscientes en el asfalto de la entrada. Raúl los metió en el coche y tras abrocharles los cinturones, se subió en el Civic no sin antes dirigirle a Luís la típica mirada triunfal de los habituados a perder.

La mirada no pudo ser recibida. Los guardas ya acompañaban a su jefe hacia el interior de la escuela. Luís se había abandonado al llanto, indiferente a cualquier comentario, concentrado sólo en su dolor y en poder saber… para poder vengarse porque la pura intuición le dijo que aquello no había sucedido por casualidad.

July 15th, 2007 at 10:58 pm | Comments Off | Permalink


A pesar suyo, siempre había tenido que impartir y acudir a charlas y convenciones, la formación continua (y aparecer en todos los fregados) eran otras de las múltiples obsesiones del hombre extraño.
Jaime había presentado su ponencia titulada “Mano Empática” más de doscientas veces. La primera vez en 1980 o eso recordaba.
Treinta años después, su literatura aún constituía la Biblia de todo potenciamiento. La charla era un resumen de unos ochenta minutos pero Jaime había escrito una serie de tres libros desmenuzando toda la teoría y poniéndola en práctica con cientos de personas.
En aquellos congresos, verdaderos incautos se obnubilaban con el discurso de El Empático y se proponían para entrar en su equipo. Eran gentes de otros departamentos, trabajadores de los recintos feriales o familiares de los empleados sin nada que perder. Jaime siempre aceptaba un cinco por ciento más de los que se lo merecían, estimaba humildemente que era su margen de error y en realidad, siempre hacía falta gente.

Llegó un momento en que Shibuya y él se convirtieron en los responsables de la organización en el sur de Europa. Eso no fue difícil, desde el principio, no cometieron errores, todo era un éxito tras otro.
Podían haber llegado a dirigirlo todo de no ser por los nórdicos, que acostumbran a desconfiar de los que no lo son… y aún los hacían más ante ellos dos, eran demasiado fuertes como para no tener que controlarlos de alguna manera.
Trabajaron muy duro para llegar y mostrarse como alternativa válida pero siempre los ningunearon.
Resultaba muy curioso que el principal obstáculo para llegar a la cumbre fuera la pura envidia, un signo muy “sureño”, pero así fue.

Una de las pocas veces en las que a Jaime se le fue “La Mano Empática” sucedió frente a los nórdicos, justo en el momento en que el debate de tres días para discutir sus ascensos como “Europe Manager” había llegado al punto en el que todo el mundo ya se sentía ganador o perdedor.
El Empático, en su penúltimo turno, erguido en el estrado, defendía sus trabajos y sus opciones de la demagogia en la que los estaban hundiendo. Sabían que sólo les negaban el puesto por celos. Eran unos españolitos poco “tipycal”. Eran muy poderosos y con un currículum inmaculado. Podían variar el ritmo de las cosas, cambiar los pilares a voluntad. Quizás producir demasiados cambios.

Los “General Managers for North Europe”, Nikko Orig y Petra Retssera, eran sus rivales en la carrera hacia la dirección del sistema. Puesto que sus méritos eran menores, se dedicaron a hacer política del estilo “que viene el coco”.
Ambos invirtieron mucho tiempo en amedrentar a los consejeros, en asustarlos, en mentar a los cambios, en decir: “yo soy mediocre, todo seguirá igual, sólo necesitamos unos pequeños ajustes, nuestros culos a salvo aquí y Allí…”

Si de las facultades de Shibuya dependiera, habrían conseguido el puesto, pero nunca tuvo intención de usar otra arma que los méritos propios. En ese ámbito, utilizar las habilidades para su provecho político era algo socialmente rechazable además de estar prohibido y castigado.
Jaime lo comprendía a medias. ¿No eran reprobables las comeduras de pollas? ¿Es que no lo eran? El Empático sabía que mucha gente nace con esa habilidad ergo también debería estar penada, pero no, el politiqueo barato estaba bien visto.

En el alegato del penúltimo turno, Jaime insistía en solicitar el voto basándose en los innumerables expedientes resueltos con rapidez y eficacia. Estaba exponiendo un resumen conciso y demoledor de todos sus haberes pero sentía al auditorio tremendamente ansioso de finalizar el congreso, esperando votar a los de siempre para ir corriendo al hotel y de allí, a la última cena y a las putas.
Había preparado sus ponencias y réplicas a sabiendas de que los iban a tumbar, de que el jefe no iba a hacer nada por variar el resultado y que no le permitiría que él lo hiciera.

El chairman le interrumpió en un par de ocasiones para un “esto no toca” y un “vamos acabando”.

Jaime comenzó a agitarse internamente mientras la segunda interrupción del presidente del congreso era seguida de risotadas de aprobación por parte de la audiencia.
Además de verlos y escucharlos, los sintió a todos riéndose de ellos, hiriéndolos. Eran patéticos politiquillos, quizás algún día hubieran poseído algún destello de poder pero en ese momento sólo eran simples engranajes, pequeños dientes sobre los que giraba la cadena.

El Empático dejó de apoyar a la organización en aquel momento. Al instante sintió la mirada del hombre extraño y se giró tranquilamente hacia él para confirmárselo.

“Esto se acabó Sujai”

“Jaime, lo de esta gente no importa, es sólo una advertencia para los que están arriba del todo, ya ves que los tenemos asustados, tranquilízate aún quedan unos años para nuestra meta”

“Olvídalo, para mí no hay meta, yo me bajo aquí”

“Jaime…”

“Silencio, voy a despedirme”

Sin dejar tiempo de réplica para su jefe, El Empático extendió de forma amenazadora una mano hacia las butacas aunque sólo para llamar la atención, la mano que le hacía falta no era esa.
Tras aquellas risas se pudo escuchar algún tenue murmullo pero el silencio se hizo ensordecedor casi al instante.
La mesa del congreso llamó al orden a Jaime, recordándole las reglas del juego. Éste respondió dejando los ojos en blanco al presidente que se derrumbó sobre su silla y cayó al suelo.
El resto de mesa presidencial quería correr hacia la salida pero se encontraron imposibilitados, no podían mover las piernas. Todos ellos comenzaron a gritar como posesos, mientras agitaban sus troncos cómicamente.
El Empático se dirigió de nuevo hacia los de las risas.
Puso en pié a todos los asistentes, uno tras otro todos los congresistas se levantaron mientras fila a fila, iba ascendiendo la ola.
No contento con tener al auditorio en pié, El Empático les hizo bajar la cabeza al mismo tiempo, en señal grupal de arrepentimiento.
Los nuevos paralíticos de la mesa presidencial continuaban profiriendo gritos, Jaime dirigió su mirada hacia ellos y en otro gesto teatral, los hizo callar acercando dos dedos de su mano izquierda a sus labios. Algunos comenzaron a convulsionarse, otros a llorar y un par se desmayaron.
El Empático no se extrañó, llevaban mucho tiempo fuera de la acción, ya no recordaban a qué se dedicaban.
Jaime se volvió hacia el silencioso auditorio (que continuaba puesto en pié y con la cabeza gacha) para continuar su alegato.
Se entretuvo todo lo que quiso, regocijándose en los detalles y enviando imágenes mentales a todos los presentes de sus méritos. Ellos eran los mejores, su trabajo era impoluto y no debía caber duda alguna.
El hombre extraño observaba a Jaime admirado. Pensaba que iba a perder los nervios y a hacer cosas como obligar a los congresistas a sodomizarse, a mearse los unos sobre los otros o a inflingirles cualquier otro tipo de humillación, pero no, los había hecho callar, pedir perdón y los había ametrallado mentalmente con todas las imágenes de sus misiones mientras acababa su turno con el silencio y atención que merecía.
Fue una gran puesta en escena.
Sujai conocía bien las habilidades de su socio aunque no por ello dejó de asombrarse al ver la manera en que dominó a más de mil quinientas personas al mismo tiempo mientras se ocupaba de detalles tan tontos como que el personal de la traducción simultánea, sonido y video siguieran realizando su trabajo. Las azafatas, con su habitual discreción, rellenaban la copa de agua del ponente.
Pocas imágenes le habían impactado tanto.
¿Hasta dónde iba a llegar? ¿Hasta dónde le iba a dejar llegar?

Las mil quinientas personas eran todo oídos para Jaime que al llegar al fin de su turno pidió el voto a mano alzada en dos ocasiones.
En una primera ronda se solicitó el voto profesional y en una segunda, el político.
El voto profesional los catapultó a la cima, el político, les dejó unos mil trescientos votos por debajo de los ganadores.

Jaime concedió la presidencia a Nikko y Petra y los hizo aplaudir de forma grotesca, como un par de marionetas, acto seguido los sacó de sus asientos y acercándolos al estrado, observó entre sádico y divertido, cómo sus caras de terror miraban a sus piernas intentando detenerlas.

“Jaime, cuidado”

“Déjame tranquilo coño, no les voy a hacer nada”

Una vez Nikko y Petra compartieron atril, Jaime les hizo explicar toda su patética conjura contra ellos para apartarlos del lugar que, por méritos, les pertenecía.
Ambos explicaron al atenazado auditorio, todos los movimientos que habían realizado por debajo de la mesa y que prácticamente todos ellos ya conocían y aceptaban.

Jaime les conminó a solicitarles perdón, tanto a él como a Sujai (cosa que hicieron al momento) y los devolvió a sus sitios mientras pedía un fuerte aplauso para los nuevos managers. Los congresistas los ovacionaron con una serie de sonidos desacompasados, como si estuvieran en una conferencia para aprender a aplaudir.

El hombre extraño se retorcía de risa en su butaca, había sido un gran espectáculo. Nadie había resultado herido, su trabajo estaba reconocido por todos y lo más importante, ellos ya sabían con quién se estaban jugando los cuartos. Todos pensarían que si Jaime era capaz de hacer eso él solito siendo el número dos ¿qué no sería capaz de hacer él?
Pasó por su mente la idea de liberarlos a todos, era una gran manera de demostrar su poder, pero no quiso hacerle ese feo a Jaime, simplemente le pediría que lo hiciera… incluso era mejor eso, sólo de palabra, sin otras artes.
Las mil quinientas personas volverían a tener dominio de su cuerpo si él se lo solicitaba a El Empático y éste le obedecería, para ellos eso sería aún más aterrador y para él, la guinda del pastel.

Frente al espejo, despeinándose con cuidado sus canas, Jaime rememoraba el día en que dejó la organización… por primera vez.
Esperaba que ésta fuera su última vuelta a la misma. Debía ser la toma definitiva de su libertad.

Jaime vestía una impoluta camiseta blanca bajo una vieja camisa de leñador y unos tejanos desgastados en plan abuelo moderno. Podía parecer tanto un Maestro como un lampista al que no le alcanza la jubilación y hace faenillas, la diferencia estaba en aquellos pequeños ojos marrones, esa mirada de la que no podías esconderte constituía por sí sola su mejor traje de Maestro.
Jaime los vió en el espejo. Siempre estaban ahí. Escrutándole incluso a él.

Bajó las escaleras de forma tranquila para darle a Wia la presentación y el tempo que necesitaba.
Le gustaban soberanamente los primeros encuentros, eran un melón sin abrir, a veces se sentía sorprendido y en ocasiones (la mayoría) bastante defraudado, pero el primer encuentro siempre era excitante o como mínimo, los segundos previos.

Wia y Carlo se encontraban de nuevo en el sofá con pocas cosas que decirse que no versaran sobre los nuevos trapos del psiquiatra o sobre el menú de ese día. Carlo no necesitaba conversaciones de ascensor en medio de ese follón, pero esperaba resignado a que bajara el viejo.

La bruja se puso en pié en cuanto vio descender a Jaime por la escalera.
Éste sintió su tremenda impaciencia al tiempo que la saludaba con una mano y estiraba otra hacia ella.

La voz que habitaba en sus ojos le decía que si bien sería posible dejar la organización de manera definitiva, nunca podría dejar de ser quien era.

June 19th, 2007 at 10:22 pm | Comments Off | Permalink


Esperar.
Dentro de la autocaravana hubo actividad a espuertas. Wia se había duchado, desayunado, tenía sus notas preparadas, la cama hecha y plegada, lo tenía todo a punto de revista y aún no eran ni las nueve de la mañana.

En ese momento, ya sólo miraba por la ventanilla esperando encontrar un indicio de movimiento, no quería salir hasta que llegara el momento de llamar al timbre de la casa de enfrente.
Pero nada.
Sentada, observaba y bebía de la segunda taza de café sin perder de vista la casa de sus visiones, allí mismo, delante de ella.

No fue hasta más de dos horas después (y vaciar la cafetera) cuando intuyó una sombra que cruzaba delante de la ventana.
Wia salió de la autocaravana y se dirigió a la puerta.

Llamó delicadamente a la puerta y unos pasos le confirmaron la sombra que había creído ver. Tras los pasos, las bisagras giraron sin hacer ruido.

–¡Hola! –dijo serena y solemnemente– me llamo Wia y creo que vengo aquí a morir.

Carlo, descalzo y vistiendo sólo una bata de Jaime, pensó que esa presentación era mucho más digna que la suya; su “Me han dicho que venga” aún le resultaba más vergonzoso ahora, casi tanto como la combinación de su atuendo, peinado y resaca.

–Hola Wia –contestó Carlo con la naturalidad de un vecino– ¿Quieres pasar?

Wia se sintió un tanto desconcertada mientras entraba en la casa. Había sido un recibimiento inesperado.
Carlo le hizo sentar en el sofá orejero de El Empático mientras le traía un café. Wia le dijo que no era necesario, ya se había tomado unos cuantos.

–No es para que lo tomes –Le contestó Carlo entre divertido y misterioso– es para que tengas algo sólido entre las manos, porque en esta casa, el resto es arena entre los dedos.

Carlo le sirvió el café y aderezó el suyo con algo de wisky ante la mirada extrañada de Wia.

–Normalmente no desayuno carajillos –se excusó el psiquiatra de forma simpática– pero lo mejor para las resacas es seguir dando un poco de alcohol al cerebro.

–Es algo que no he probado –dijo Wia sin entender nada de lo que estaba sucediendo– ¿te funciona?

–Normalmente suele ir bien, pocas veces me falla –sonrió Carlo sin dejar de observar los ojos de aquella mujer. Más que sus ojos, se fijó en la dirección que ellos tomaban, aquella mirada buscaba la escalera esperando que bajara alguien. Sabía que faltaba uno en la conversación. ¿Ella también sabía cosas? Carlo se molestó un poco.– Las respuestas que buscas no las guardo yo –le espetó directamente– por no tener, ni siquiera ropa tengo.

–Entonces esas respuestas las guarda tu maestro ¿no es así?

“Acabo de encontrar a otra persona que se sabe mi vida” pensó Carlo comenzando a perder la simpatía.

–Pues no sé si es mi maestro, aún no he decidido si me voy a escapar ¿pero te puedo preguntar cómo sabes eso?

–¿Escapar? –preguntó sorprendida Wia–.

–Sí, escapar. Insisto en repetir la pregunta.

–Preferiría responderlo cuando estemos todos, no me gustaría parecer maleducada pero será mejor así.

–Bueno, pues si tú quieres esperaremos, sólo una pregunta más por ver si sirve para tranquilizarme un poco ¿te manda Shibuya o alguno de ellos?

–No –repuso de forma tímida Wia– no conozco a nadie con ese nombre.

–Tampoco tiene por qué ser ese nombre –repuso veloz Carlo– los cambia a menudo, puede ser otro que comience por S y suene a Japonés.

–¿Sony? –Contestó Wia riendo–.

El chiste había hecho sonreír a Carlo que se resignó a esperar que El Empático despertara de la borrachera.

No vio nada de malo en explicarle a Wia los dos últimos días de su vida. Si era un empleado de Shibuya ya lo sabría y si no lo era, ganarían algo de tiempo puesto que de todas formas, lo tendría que acabar explicando. Así que comenzó su historia en su despacho de Barcelona y la acabó sentado en ese sofá.

Para Wia fue más de lo que esperaba. Estaba realmente sorprendida, el alumno había sido secuestrado y este era sólo su tercer día de “encierro”. Resulta que había llegado al principio de la historia, ella creía haber “visto” que su relación estaba más avanzada pero se había equivocado. “¿En eso y en cuántas cosas más te has equivocado?” se dijo Wia. Deseó que El Empático despertara de una vez para poder explicar su historia a ambos.

Wia se interesó vivamente en lo que su compañero de café le relataba. A pesar de ello Carlo observó que los gestos de sorpresa desaparecían en determinados pasajes, especialmente en los referidos al hombre extraño. No acertaba a ubicarla. ¿Qué demonios hacía allí? Era evidente que no había venido delante del Honda Civic pero también parecía esperar respuestas.

–Carlo, me dejas alucinada, no podía pensar que te hubiera sucedido eso, a tí y a tantos otros por lo que dices. Ese Shibuya asusta a cualquiera. ¿Entonces ahora debes comenzar tu entrenamiento o potenciamiento o lo que sea?

–Preferiría responderte a eso cuando estemos todos –respondió con sorna el psiquiatra– mientras tanto, podemos hacer una cosa que me será muy útil.

–¿Cuál? –Inquirió curiosa–.

–Ponte de pié.

Wia se levantó y Carlo se colocó frente a ella, la miró de arriba a abajo e hizo un gesto afirmativo. Le cogió ambas manos y le preguntó:

–Wia ¿me dejas algo de ropa?

Ella se echó a reír escandalosamente.

–No te rías –dijo Carlo sorprendido (y encantado) por la risotada–, más o menos somos de la misma talla y creo que en esa caravana puedo encontrar algo más digno que mi fondo de armario actual… sobretodo si estuviste algo embarazada y aún guardas la ropa.

–Para estar preso conservas muy bien el humor –contestó Wia sonriéndole–.

–Para ser psiquiatra es imprescindible ¿me llevas de tiendas?

–Te llevo, te llevo.

Acto seguido, ambos salieron en busca de ropa para Carlo.

El Empático, desde su ventana, los vio salir de la casa y entrar en la Fiat Ducato para vestir al psiquiatra.
Esa mujer era un problema.
Nunca nadie se había presentado en la casa viajando en su propio vehículo, siempre aparecían en coches “de empresa” y acostumbraban a ser un utilitario del estilo Ford Fiesta de Carlo.
Esa mujer llevaba una autocaravana.
Esa mujer había llegado de madrugada, fuera del horario habitual en la que acostumbraban a llegar sus visitas… y cualquier persona a un sitio.

El Empático los había estado espiando desde que Wia llamó a la puerta.
Los dos estuvieron en su sitio, quizás demasiado en su sitio. La situación era absolutamente extraña y ambos se comportaron como dos extraños profesionales. Sólo al final de la historia del secuestro se había generado una tímida confianza.

De Wia no pudo saber demasiadas cosas, quizás estaba demasiado enfrascada en la historia de Carlo.
Aunque no pudiera bucear demasiado, supo con certeza que no la enviaba Kraken. Eso la convertía en la primera persona que acudía a él por su voluntad y tal afirmación era una incongruencia descomunal., como el deportista que rechaza una medalla olímpica encima del podio.

“¿Vienes a morir? ¿Eres tan buena bruja que puedes saber eso y encima vienes?”

Porque eso era. Una bruja. Era una bruja que lo había abandonado todo para ir con ellos y encima, dispuesta a morir.

“Perdona si alucino guapa” –pensó El Empático sin saber a qué atenerse–.

Necesitaba hablar con ella cara a cara para obtener los detalles de su vida, para saber por qué había decidido abrazar la locura y meterse en su mundo. Desde el piso de arriba, con el yunque de la resaca y la mente de ella concentrada en la conversación con Carlo, era bastante difícil llegar a su cerebro y completar un informe… y no sabía si tenía ganas.

Dos días raros seguidos, ciertamente, volvía a la normalidad. Probablemente esa noche le llamaran pidiendo informes. Shibuya no le enviaba, estaba seguro de eso y de que recibiría la segunda llamada en su teléfono.

De vuelta al trabajo, para echarse a llorar.

Puesto que habían pasado unos minutos desde que sus invitados entraran en el “coche” de Wia y no quedarían muchos más, Jaime decidió darse una ducha y arreglarse un poco: Él debía hacer su aparición estelar en plan “Maestro”.
Eso era lo que ella esperaba y sería bueno complacerla.
La información vendría más fácilmente.

May 29th, 2007 at 7:06 pm | Comments Off | Permalink


–¿Carlo, cogemos tu coche o el mío? –Preguntó El Empático cerrando la puerta a la que tanta gente llamaba–.

–El mío –Respondió risueñamente el psiquiatra– me pagan los gastos

El Empático rió de buena gana y subió al Ford Fiesta “de Carlo”.

Salieron de la casa, descendieron hasta el pueblo y lo atravesaron. Carlo vió el “centro”, el puerto y luego observó que lo abandonaban. Jaime lo guió por la comarcal hasta un letrero de neón en medio de la carretera.

–Jaime ¿nos vamos de putas? ¡No me jodas hombre! –Carlo estaba ligeramente sorprendido, esperaba un tugurio portuario en el que todos los clientes, al entrar El Empático, intercambiasen miradas y comentarios entre el miedo y la admiración. En lugar de eso, estaban en el aparcamiento rodeados de trailers y de monovolúmenes con parasoles de dibujos animados en las ventanillas traseras–.

–Carlo, hijo mío, en Nueva York podrás ir adonde quieras a esta hora, pero en mi pueblo sólo queda esto abierto, lo tomas o lo dejas… y tampoco tienes por qué tomarlo todo –Le contestó Jaime mientras saludaba al portero muriéndose de risa–.

El Empático preguntó al encargado si podían disponer de la mesa de Vázquez. Parecía que estaba libre y allí se sentaron, bastante apartados de los tocamientos, bajo la escalera que subía hacia arriba, junto a la puerta de los lavabos.

–Bonita mesa –Dijo Carlo burlón–.

–¡Ay pajarillo! –Le contestó Jaime más burlonamente todavía– de no sentarnos en esta mesa tendríamos que hablar de tu señor extraño mientras nos andan sobando y la verdad, es que no pega nada.

–¿Acaso esta mesa es inmune?

–Se puede decir que sí amigo Carlo. Suele estar sentado un tal Vázquez, una especie de filósofo o un alcohólico que aún recuerda cómo se escribe. Normalmente viene aquí, se toma unas cuantas y se dedica a rellenar unos papelajos que siempre lleva con él. Se deja mucho dinero y nunca pone problemas, por eso le reservaron esta mesa, que usamos los demás cuando él no viene, esta mesa viene a decir “¡ey! Que sólo vengo a tomar algo…” pero esta historia no interesa para nada.

–Ciertamente –respondió Carlo incorporándose un poco– ¿me explicas el motivo de la llamada del señor Sensaciones Pop? Ese es su último nombre ¿no?

–¡Ja, ja, ja! –Jaime no recordaba un día cercano en el que hubiera reído tanto– en realidad Shibuya son Sensaciones Pop, pero tampoco le hagas mucho caso, está un poco obsesionado con la música.

–Esa llamada te ha descolocado –Carlo quería las respuestas más gordas del día después de una buena sesión de alcohol. Eso iba a costar lo suyo y máxime teniendo en cuenta que los ojillos de Jaime no se centraban en su interlocutor más bien en las peras que iban danzando, pero él insistía– esa llamada te ha dejado perdido por haberse realizado y sobretodo por el contenido. Me gustaría comenzar a tener información Jaime. Espero que no te moleste pero tanto tú como él parecéis especialistas de la divagación… excepto cuando no os interesa.

–Cierto Carlo –dijo El Empático, apuntando sus achinados ojos hacia Carlo– aunque no es exacto del todo, somos especialistas de la información principalmente, la vena secundaria es esconderla. Son patrones adquiridos, perdona que te vaya dando esquinazo ¡es la costumbre! aunque tienes que reconocer que lo de “Sensaciones Pop” en tu boca y en tu situación es muy gracioso.
Pero no voy a dejar que te cabrees –Carlo seguía torciendo el gesto– te voy a dar explicaciones. Te explicaré lo que solicitan de mí.
El señor Sensaciones Pop me ha pedido mi colaboración al 100% como un último servicio. Después de esto quedaré libre por fin y tal y cómo me lo ha dicho, creo que es cierto. ¿Cuál es mi trabajo? Pues, como no es difícil de suponer, mi trabajo eres tú.
Debo potenciarte para que accedas a un nivel empático fuera de lo corriente. Así de sencillo.
Lo corriente, a lo sumo, es tener sensaciones. Yo haré que tú tengas certezas. Evidentemente te han traído a mí porque tienes cualidades y estoy de acuerdo en eso. Las tienes. Mi trabajo es ponerte a punto, liberar el “clack” de tu cerebro, cargarme tu autocensura, esa sobreprotección materna que tanto odias.
Una vez hecho esto, marcharás junto a Shibuya hacia la batalla. Normalmente no solemos plantear una batalla a la primera pero en tu caso parece que va a ser así, eso es algo interesante también.
La fuerza del enemigo se ha duplicado y eso no ha pasado nunca y aún menos, que debas enfrentarte a eso a la primera, pero nada en esta misión es normal, hay muchos condicionantes que todavía no te puedo explicar pero la raíz es ésta y es un esquema bastante básico:
Tú vienes, yo te entreno y ganas al malo.
Te enseñaré a ver los cerebros de los demás y el tuyo propio, así dejarás de resbalar por las manzanas de roja piel, de verde piel y de las que no tienen color. –Tras pronunciar estas palabras, Jaime se recostó en su silla de puti–club mientras la sonrisa de hombre extraño aparecía sus labios… ciertamente ambos provenían de la misma liga–.

Carlo hizo una pequeña pausa antes de responder.

–Como estoy bastante harto de quedarme sin palabras, he elegido éstas para poder decir algo –Repuso Carlo visiblemente sorprendido, las alusiones literales a sus propios pensamientos le habían hecho tener frío–.

–Tranquilo amigo, dentro de un tiempo no recordarás la vida en la que no podías meterte en la cabeza de los demás –El Empático degustaba el wisky tranquilamente–. Lo puedes llamar desinformación pero tampoco puedo explicarte muchas cosas más y conforme avances, ya no hará falta que yo te lo explique… viene a ser como la prueba del 9 ¿Lo entiendes?

–Entiendo que es una válvula de seguridad, pero tranquilo, no preguntaré cosas que no sepa sólo pediré por las que sé.

–Eres bueno, Carlo, me pones cachondo y mira que estamos en el lugar apropiado.

Carlo lo intentó con un par de preguntas más, pero Jaime se abandonó al ambiente y permitió que la mesa de Vázquez se llenara de gente… por llamarlas gente.
Visto que esa noche, no iba a obtener más respuestas, Carlo se levantó de la silla y se dirigió a la barra a pagar sus copas. Una vez pagadas le mostró a Jaime las llaves del coche y se dirigió a la salida sin mirar atrás.

–Carlo, no pensaba que eras un antipajas –Dijo El Empático mientras se abrochaba el cinturón en el Ford Fiesta–.

–Digamos que lo que soy es un tío que se muere de sueño y que no sabe cuál es su habitación. O sea que nos vamos a dormir.

Carlo tenía buena memoria y pudo volver a la casa sin la ayuda de Jaime… sin la ayuda del dormido Jaime.
Carlo abandonó la carretera y acometía el camino de tierra que llevaba “a casa” cuando, estúpidamente, pisó con fuerza el freno del coche que bloqueó las ruedas delanteras dejando dos surcos en la arenilla.

–¿Qué ha pasao? –Dijo violentamente El Empático volviendo de muy lejos–.

–Despierta y mira lo que te ha crecido en el jardín –Dijo Carlo de mal humor–.

Jaime vió la autocaravana de Wia, aparcada a un costado de la vivienda. No había luces ni señales de ningún tipo. Carlo se había puesto algo nervioso, El Empático lo intentó calmar aunque con poca fortuna.

–Carlo –dijo El Empático con voz pastosa– más gente que viene a verme ¡qué sorpresa! ¡Menudo susto me has dado! Anda, aparca el coche, metámonos en casa y mañana ya veremos con quién desayunamos.

Mientras Jaime buscaba una llave en el llavero como un relojero manipula un engranaje, el psiquiatra se puso de puntillas para observar a través de las ventanillas de la autocaravana y confirmar que no veía una mierda. Debería esperar a la mañana siguiente que casi estaba a punto de llegar.

El Empático le condujo a su habitación (a la suya y a la de algunos otros) mientras intentaba dejar de tambalearse. Carlo lo mandó a la cama mientras le aseguraba que podría encontrar el pijama en el cajón de los pijamas.
Jaime salió de la habitación chocando contra el marco de la puerta mientras Carlo pensaba en su ausencia de equipaje. Quizás antes de ocuparse de la autocaravana debería preocuparse de la ropa interior que no tenía.

Absolutamente cansado, Carlo se dejó caer sobre la cama.

May 22nd, 2007 at 8:47 pm | Comments & Trackbacks (0) | Permalink


Ahora que existen 10 mini capí­tulos del libro, o sea, ahora que ya hay algo que decir, he activado los comentarios para que digáis lo que os apetezca.
Para no romper el hilo de la historia, los comentarios sólo están disponibles en este post.
Salu2

May 20th, 2007 at 3:16 pm | Comments & Trackbacks (20) | Permalink