A vueltas con el hombre extraño

La frase quedaba mejor en el anuncio.
Carlo se subió en un Ford fiesta diesel que ya tenía una edad y sus perseguidores, tranquilamente, se dirigieron hacia su Honda Civic Type R.
Se fijó en el coche en el que se subían sus… ¿sus qué?
Tenía una posibilidad de despistarlos… que arrancaran mañana.
A pesar de todo, lo intentó y cinco kilómetros más tarde, dejó de hacer el imbécil.
Ni el Fiesta ni su pericia al volante iban a conseguir que el cuento acabara bien.
Sus ojos miraron hacia el GPS pulcramente instalado en el viejo vehículo. Sus ojos eran más listos que él.
El punto de destino estaba a más de mil kilómetros.

Porto de Bares.

Carlo ya no pensaba exactamente en lo que le estaba sucediendo, sus cavilaciones iban más allá: ¿Cómo iba a aguantar mil kilómetros de persecución al volante sin saber lo que hacía, hacia dónde iba y qué cojones estaba pasando?
Deseó tener otro mini de Cardhú que echarse a la boca… le habían dicho que tampoco le iban a quitar puntos del carnet ¿no? Pues ¡qué coño!
En cuanto divisó la primera gasolinera se detuvo a comprar un mini de Cardhú.
Tuvo que deslizar un billete verde para conseguir que el dependiente le suministrara lo que no podía vender a esas horas. Salió de allí con una botella de tres cuartos de litro (¡Vaya por Dios!) y metódicamente, los dividió en lo que él consideraba que eran unos cuantos minis.
Carlo condujo “ligeramente” achispado, sus pensamientos no acataban lógica alguna, su situación no acataba pensamiento ninguno. Se dejó ir como en un sueño, esperando salirse del carril, situación que no se produjo.
Comenzó su camino pasadas las diez de la noche.
Hacia las tres de la madrugada no pudo continuar ¿esperaba salirse del carril? Ni de coña.
Se detuvo en un área de descanso y durmió seguro de que nadie osaría abrir su vehículo delante de los (lo que fueran) del Honda Civic.
Al menos, de eso estaba seguro.

A eso de las 6 de la mañana lo despertó la claridad de la mañana, el sol naciente y bla bla bla, él no se sintió libre ni por un segundo.
Instintivamente miró el espejo retrovisor buscando a sus ¿guardaespaldas? Allí los encontró, fotografiados en el espejo, estacionados a su espalda y haciéndole luces como impacientes por continuar.
Era un martes cualquiera de otro típico Septiembre para los usuarios de esa autopista.
Quizá en el interior de los vehículos a los que adelantaba viajaba alguna persona que tuviera un juicio importante ese día, puede que otro acudiera a una vital entrevista de trabajo, no faltaría el que acabase de engañar a su pareja o quien se hubiera dormido y llegara tarde al trabajo después del último aviso.
En esa misma autopista una persona estaba detenida mientras circulaba a unos 150km/h en dirección a algún sitio.

Porto de Bares.

El Cardhú se comportaba como un buen aliado y en ayunas todavía más.
Era la primera vez que bebía recién levantado, pero no se sintió como un alcohólico, necesitaba nublar su mente para que dejara de decir tonterías y acatase.
Lo siento nena, acepta en lo que nos han metido y cállate ya.
¿Qué quieres hacer?
¿Cómo quieres hacerlo?
Te acaban de echar de tu casa ¿qué coño crees que puedes hacer?
¿Vas a dar media vuelta?
¿Sabes que tienes dos desconocidos que te siguen desde ayer?
¿Si te das la vuelta piensas que ellos van a pasar de largo?
¡Deja de decir gilipolleces por Dios!

Había tratado a demasiados alcohólicos como para no saber que, en este caso, desayunar whisky de malta podía ser tan beneficioso como los cereales o los huevos con beicon y su festival del colesterol.

El viaje era largo de cojones, demasiado tiempo para pensar (a pesar de la malta) que este asunto era una especie de Gran Hermano aunque al estilo “Road–Movie” ¡no! Un Gran Hermano rodante… era “El Bus” y fue un fracaso, claro que lo emitió Antena 3, quizás en Telecinco hubiera funcionado, esos saben hacer los realitys.

Después de todo, la malta no había sido un gran desayuno, le hacía pensar en “El Bus”. Claro que ¿qué cara se le queda a uno que vuelve de trabajar en Médicos sin Fronteras, enciende la tele y aparece ese programa? Un shock como ese, grabado en la mente, siempre aparece a las primeras de cambio.

Mientras Carlo intentaba preservar su equilibrio desequilibrándose a propósito, en el Civic, el hombre extraño contactaba con sus hombres para informarse del proceso.
Todo marchaba según lo previsto. El psiquiatra no había efectuado apenas ningún movimiento evasivo, no varió su rumbo y le quedaban unos 200 kilómetros para llegar. Le informaron, asimismo, que en la botella de whisky aún quedaba material y, caso de ser necesario, dirigirían a Carlo hacia un hotel para que descansara y no tuvieran que venir los bomberos con la radial.

–No haremos eso –ordenó la voz del hombre extraño en el habitáculo del Type R– limitarle a 100km/h y listo. Llegaremos más tarde de lo previsto pero bastante antes que si le dejamos dormir la mona. Si es necesario que uno de vosotros lo lleve hasta allí. ¿Entendido?

–Sí señor –contestó el hombre 1– así lo haremos.

–No hagáis tonterías ni os la juguéis, si no os fiáis, detenerlo y lo conducís vosotros. Llamarme en cuanto se produzca el contacto.

–Sí señor, así lo haremos.

El hombre 1 se dio cuenta que había contestado lo mismo en ambas ocasiones e hizo un gesto de desaprobación hacia sí mismo. El hombre 2 sonreía.

–¿De qué te ríes imbécil? ¡Cállate!

–Si señor –dijo el hombre 2 sin dejar de reír– así lo haré.

Creyó que el Fiesta tenía algún problema al ver caer las agujas del velocímetro y del tacómetro, momentos después, la velocidad marcada se estabilizó en unos aburridos 100km/h. Por mucho que pisara el acelerador no pasaba de esa velocidad.
Le estaban controlando a distancia.
Carlo rió al pensar eso, en todo caso, le estaban controlando a distancia… valga la redundancia.
Iba siendo hora de comer y paró en la siguiente área de servicio.
En esos momentos ya estaba circulando por autovía y la siguiente área de servicio que marcaba el panel, era un hostal de carretera a unos 5 minutos de la salida, pero tampoco importaba excesivamente. No iban a dejar que se perdiera ¿no?

Carlo comió a dos mesas de distancia del hombre 1 y el hombre 2. No intentó entablar conversación, a esas alturas del viaje no tendría sentido, sería como pedirle apuntes para el examen de mañana al tío con el que ni te has saludado desde que comenzó el curso y él no era de esos.
Aunque sí que cruzó con un par de palabras con ellos, les dijo algo tras levantarse después del carajillo, la copa y el purito:

–Pagarme la cuenta, os espero fuera.

El hombre 2 lo siguió mientras el 1 volvía a sacar la tarjeta para pagar la cuenta.

Carlo se dirigió de forma pausada a su Ford Fiesta mientras el número 2 hacía lo propio en el vehículo estacionado junto a él.
Ambos esperaron en sus coches a que el hombre 1 hubiera firmado la nota del datáfono y pudieran ponerse en marcha de nuevo.

Miraba al hombre 2 como diciendo ¿A qué espera tu compañero? ¡Vámonos ya!
El hombre 2 sonreía y poco más.
El hombre 2 debía estar acostumbrado a estas situaciones esperpénticas tanto como un camarero a la hora del cierre, tenía pinta de estar tan curado de espanto como hiciera falta.

El hombre 1 salió del hostal y prosiguieron su camino. Uno delante y otros detrás.

Lo de los dos tipos detrás durante todo el camino tenía sentido y no lo tenía. Le habían dicho que no podía volver a su vida porque ya no existía ¿qué sentido tenía mandar a dos tipos detrás de él para seguirle?
“Si no puedo hacer nada ¿no?
Igual tienen algo que hacer por aquí y ya de paso, pues me vigilan. No sé.
Y si no me siguieran ¿Cómo saben si me desvío del rumbo? Esto parece un GPS normalito del Media Markt ¿Se creen que soy tonto?”

Carlo siguió entreteniéndose con pensamientos estúpidos, le había funcionado bien hasta el momento pero conforme se acercaba al punto de destino, fue abandonando su estrategia mental en beneficio de la concentración en el GPS. Se encontraba en carreteras secundarias, no quería perderse y comenzar a dar vueltas, estaba harto de conducir.

El navegador le llevó hasta Porto de Bares, un bonito pueblo que miraba al Cantábrico.
Un buen lugar para las vacaciones, le pareció un sitio estupendo a pesar de sus circunstancias.
Creyó ver la casa, tenía que ser esa la casa en la que se acabara el camino. Había visto una luz en medio de ninguna parte, la vio desde el puerto, encaramada en la montaña.
En la carretera que marcaba su ruta sólo se vislumbraba esa luz… esa casa.
Casi había(n) llegado.

Ascendió la comarcal y después de dejar el asfalto sólo tuvo recorrer 300 metros de camino forestal para plantarse frente a su punto de destino.
Carlo se apercibió de su nerviosismo y de que éste había aparecido cuando comenzó a trabajar en serio con el GPS. ¿Qué esperaba encontrar, un regalito o algo? Debía estar alerta y lo sabía, llegaba al final de un viaje para el que no podía encontrar calificativos, lo habían echado de su casa unos señores que sabían todo de su vida, lo habían expulsado sin darle apenas explicaciones, lo habían obligado a irse a 1200km, no tenía ni idea de lo que estaba pasando…pero a pesar de eso, su estado anímico era de excitación.
En realidad esperaba un regalo o como mínimo no aguardaba nada malo y eso le gustó.
Lo que no le gustaba era que había dejado de ser dueño de su destino y encima estaba preparándose para algo bueno. Quizás fuera culpa de la botella voluptuosa.

Carlo aparcó frente a la casa, el Civic se había detenido unos cincuenta metros antes.

Al bajar del coche no escuchó otra cosa que el viento y el mar y ambos contribuyeron a calmarle un poco el espíritu.
La casa estaba muy bien conservada. Reparaciones recientes efectuadas, lo verde bien cuidado, ventanas limpias, hojas barridas.
Carlo subió los tres peldaños, llamó a la puerta y acto seguido se arrepintió:
Eso no estaba en el GPS, sólo tenía que llegar hasta allí ¿quién le mandaba llamar?
¿Qué demonios le iba a decir a la persona que abriera la puerta? ¿Y si fuera un niño? ¿Le preguntaría si estaba su mamá o su papá?
Carlo comenzaba a girarse para ir en dirección a los hombres 1 y 2 cuando la puerta se abrió.

October 24th, 2006 at 9:35 pm | Comments & Trackbacks (0) | Permalink


–¿Esto es un secuestro?

–¡Carlo! –dijo sorprendido el hombre extraño– a pesar de no haberme extendido en detalles, no pensaba que usted se pudiera imaginar eso.

–Francamente, podría imaginar cualquier cosa o ninguna, no sé a qué atenerme.

–Pues, querido amigo, lamento comunicarle que prácticamente ya le he ofrecido toda la información que necesita.

Carlo preguntó por esa información restante pero el hombre extraño negó con una mano y permaneció en silencio.
No había podido ver bien el vehículo en el que viajaba, era de esos llamados “de representación” quizá un A8 o algo por el estilo, no estaba seguro. El chófer viajaba tras una ventanilla opaca y no podía ver el logotipo del volante.
El hombre extraño permanecía callado.
¿Cuánto tiempo llevaban en el auto? ¿Media hora?
Los cristales de las ventanillas traseras tampoco eran transparentes, cosa que no entendía, era una invitación al mareo. Carlo sólo podía orientarse por el tiempo transcurrido y por las veces que el coche se detenía. Cada vez menos.
Salían de la ciudad.
Pensaba que el hombre extraño no era tan extraño después de todo, si tuviera un nombre quizá pudiera hacer desaparecer todo lo extraño en él.
La verdad es que tenía una cara bastante normal, hay cientos de esas caras en el autobús. Debería estar sobre los 50 años y su índice de masa corporal estaba dentro de los límites, algo hacia abajo del límite en todo caso.
El rostro pétreo, las palabras que salían por su boca y especialmente la veracidad de las mismas, eran lo que provocaban que eso de “hombre extraño” no desapareciera por mucho que tuviera un nombre.
Un aspecto curioso y hasta hilarante era que un tipo de más de un metro ochenta calzara un 34 o un 35, Carlo le estuvo mirando los pies detenidamente durante un largo rato.
Al igual que a los pies, Carlo anduvo deteniendo su mirada por varias partes del cuerpo del hombre extraño, incluido su paquete, pero no pudo detectar en su “secuestrador” ningún síntoma de nerviosismo, ninguna frase de su lenguaje corporal, ni una mirada.
Nada de nada.
Después de su última respuesta, el hombre extraño había abierto una revista de sudokus y deslizaba su bolígrafo con aparente facilidad entre las cuadrículas. No pareció atender a los esfuerzos de Carlo por provocar más conversación.
No pareció atender a nada pero sabía que eso no era cierto. Atendía, sí, pero a su manera.
Pensó Carlo que no le quedaba otra opción que tranquilizarse y puesto que era un tipo analítico, debía analizar.
El hombre extraño le había dicho que le había dado casi toda la información que necesitaba.
La información era algo que ese señor parecía dominar, todos los datos que le había revelado en su despacho eran correctos incluido el poco peso de la carpeta del porno.
La primera pregunta posible era ¿para qué le necesitaban?
Porque este asunto no era cosa de uno.
El primer pensamiento sobre aquel hombre extraño que apareció en su consulta fue que parecía angustiado… ¿podía haber estado más equivocado? Este señor podía parecer cualquier cosa excepto angustiado.
Visto lo visto y sin posibilidad de elucubrar alguna teoría con un mínimo de sentido, dejó de pensar.
Abrió el minibar del auto, se vació una mini botella de Cardhú en la garganta, se ajustó el cinturón de seguridad, cerró los ojos y se dispuso a dormir hasta llegar a su destino.
Fue el único momento en que el hombre extraño separó sus ojos de la cuadrícula. Sonrío y escribió un 7.

Largo tiempo después, el vehículo detuvo su motor, momento en el que el hombre extraño abandonó sus sudokus y bajó del auto invitándole a salir.
Carlo seguía sin pensar, no pensaba encontrarse a un grupo de matones o a gente con túnicas extrañas. Había decidido no imaginar nada hasta que no tuviera un mínimo de elementos con los que elucubrar. Hasta ese momento no tenía nada.
Bajó del coche.
Estaban en la puerta de un Toy´R´us. Algunos empleados se afanaban en tirar las basuras para poder largarse a sus casas.
El Audi (era un A8 después de todo) era uno de los pocos vehículos estacionados en el parking.
Carlo veía un Leroy Merlin, un Decathlon…. “¿Me secuestran para traerme a un centro comercial cerrado?” A pesar de no querer pensar, Carlo se había quedado embobado mirando las tiendas, el parking, los coches, la poca gente…

–Carlo, no piense, primero escúcheme, tiempo tendrá de elaborar sus teorías aunque ya le avanzo que no creo que dé con el meollo del asunto –El hombre extraño le obsequió de nuevo con otra de sus sonrisas estúpidas–

–Bien, pues llegados a este punto, creo que debe complacerme con el resto de la poca información que necesito… si no recuerdo mal –Carlo fue suave en su cinismo, no podía excederse, de lo contrario revelaría su histeria–.

El hombre extraño no hizo gesto o mueca alguna.

–Tiene usted razón, además, se nos hace tarde y debemos marchar.

–Bien –Fingió Carlo alegrarse– lleguemos al “meollo” y nos marchamos.

El hombre extraño le entregó unas llaves y señaló hacia el vehículo aparcado junto al A8.

–En el navegador de ese coche encontrará su ruta y punto de destino. Debe llegar allí cuanto antes.
Si no respeta las normas de circulación, no le pasará nada, se lo aseguro, ni un puntito menos en su carné.
Si el navegador detecta un cambio de rumbo, lo sabremos y si consiguiese despistarnos le volveríamos a buscar cosa que sólo nos llevaría a perder tiempo. Estoy seguro de que cumplirá con su cometido y aunque no sea necesario, sepa que va a ser seguido por dos de nuestros hombres.
No nos haga perder el tiempo y llegue a su destino.
Esta es la información que necesita.

El hombre extraño abrió la puerta del vehículo opaco. Carlo le agarró por el brazo cerca de perder el control que había simulado tener.

–¿Qué? ¿Qué quiere que haga? ¿Qué coño está pasando?

–Señor Mejía, está pasando que usted abandona su vida y pertenece a otra guerra, eso es lo que está sucediendo ahora mismo. Puede intentar volver a ella, es probable que lo haga, pero su vida anterior no le estará esperando por la sencilla razón de que ya no existe. Por el mismo motivo por el que su secretaria tuvo que ir urgentemente al lavabo cuando yo llamé al timbre de su consulta y ni siquiera le miró cuando salimos de allí. Porque ahora, ciertos movimientos de su vida ya no dependen de usted.
No nos haga perder el tiempo.
Suba al coche.

El hombre extraño intentó de nuevo montar en el A8 y Carlo volvió a interponerse. Dos personas impidieron que volviera a hablar con el hombre extraño. Mientras forcejeaba vio cómo el tipo que decía que su vida ya no existía, entraba en el coche, cerraba la puerta y se iba.

Uno de los dos hombres le devolvió la llave (que había caído al suelo) mientras le repetía las mismas instrucciones que le había relatado el hombre extraño.

–Señor, debemos seguirle hasta que llegue a su destino. Debo informarle que tenemos órdenes explícitas de que llegue a su destino y cuando digo explícitas me refiero a órdenes explícitas.

Mientras repetía “explícitas” el hombre al que llamaremos hombre 1, se apartaba la chaqueta para dejar ver su arma. Este gesto tan peliculero hizo sonreír al psiquiatra, claro que ya sonreía por puro cansancio.

–Entiendo y asumo sus órdenes explícitas. ¿El vehículo es éste?

–Sí señor, este es. –Contestó el hombre 1–.

–Pues diríjanse rápido al suyo para poder seguirme.

October 9th, 2006 at 11:54 pm | Comments & Trackbacks (0) | Permalink