A vueltas con el hombre extraño

Tras decir esto, el viejo se quitó la sonrisa de hombre extraño e hizo una pausa como si acabara de decir su nombre después de una afasia.
Carlo se asustó un poco.
Los que conocen la mente humana suelen alertarse al más mínimo cambio, con la nimiedad más absoluta… en algunas ocasiones preferirían saber algo menos.
Después de la negación que había supuesto ese supuesto “retiro”, el empático, pronunciando su propio ser, comprendía que volvía a la acción y sabía que eso no era nada bueno.
Carlo lo miraba, el hombre que tenía que explicar qué coño–cojones le estaba sucediendo era el que estaba sufriendo en sus carnes el derribo de su estructura de jubilación.
¿Se le llama a esto deformación profesional? Porque Carlo aparcó sus preguntas para dejar hablar al tembloroso y vacilante prejubilado que parecía ser que volvía al trabajo.

–Yo no quiero, no quiero volver, no puedo. Sé que parece el comentario de un niño pequeño que dice que no y en realidad sí que puede, pero es que no puedo, no… no puedo decir otra cosa, no puedo.

El Empático apoyaba su mano en el reserva y lo subía para sujetar su barbilla. Los ojos vidriosos queriendo llorar. Un par de lagrimones comenzaban a ensanchar sus lagrimales.

–Pero Jaime –Éste era Carlo en plan embajador de Valeriania– no sé qué decir, intenta tranquilizarte un poco, piensa en mi situación. Tenemos tiempo, si hablamos tranquilamente quizá nos podamos calmar el uno al otro.

Los ojos del Empático, súbitamente secos, acudieron raudos a los suyos. Atraparon sus pupilas en un flash.

–Carlo, no me jodas, yo soy El Empático.
No me llaman así por haber ganado un concurso a golpe de SMS y aunque no fuera el puto Empático de los cojones, debo tener unos 20 años más que tú, eso, en el mundo normal, es suficiente aval para que tranquilamente te diga que no me toques los huevos.
Como ya no recuerdas, te acabo de decir que últimamente me está visitando gente en tu misma situación, os conozco perfectamente, sé lo que os está sucediendo.
¿Ves más gente en esta casa? ¿Dónde están los que me visitaban? ¿Qué te hace suponer que “tenemos tiempo para calmarnos”?
Vosotros no sois la clave, lo soy yo y yo no quiero saber nada.
Yo no quería saber nada, quería estar aquí y morir tranquilamente pidiendo perdón cada día si lo necesitaba y pidiendo vivir tranquilamente si es que merecía hacerlo.
Conozco vuestra congoja y angustia, la ansiedad derivada de ese seudo–secuestro, el miedo que padecéis por haber perdido las riendas de vuestra vida… aunque sienta todo eso, no puedo ponerlo por delante de mis terrores, que son muchos y martilleantes.
¿Sabes lo difícil que es para mí tener que deshacerme de toda esa gente angustiada? ¿Esa misma gente que ha pasado por la montaña rusa en la que tú estás subido ahora?
¿La misma gente a la que he servido en ese vaso?

Shouji se ha estado equivocando, por suerte para mí.
Desde que comenzó a enviarme gente, hace dos años, se ha estado equivocando y he podido devolver a todos a su vida anterior sin más efectos secundarios que el tener que esconder unos cuantos días de su historia.
No me gusta.
Shouji se ha estado equivocando y eso es preocupante. A pesar de que yo no quiera saber nada, errar repetidamente no es propio de él y eso es preocupante. Shouji no se suele equivocar y si lo hace, se esmera en no repetirlo.
Si olvida ese cuidado sólo significa desesperación y eso sería algo tremendo, devastador.
Espero que no sea desesperación.
Como conozco el asunto sé que sus errores pueden provenir de parámetros equivocados en la selección; si se producen dichos fallos sólo los pueden provocar las consabidas prisas y si estamos trabajando contrarreloj, es que tenemos graves problemas.
Se han recopilado datos a lo bruto, me están enviando sujetos a los que no se ha analizado con detenimiento y esto me convierte en el Omega de la selección y me lleva aún más atrás…decido quién.
Si tengo que hacer yo el trabajo del Omega, es que ya no camina por este mundo. Eso lo podría comprender pero no que Shouji me esté proporcionando personas no útiles. Eso me sigue dando vueltas en la cabeza.

El Empático hizo una pausa dedicada al reserva. Durante el transcurso de esta última explicación, el viejo lloroso se había transmutado en un enérgico señor de mediana edad.
Carlo aprovechó para disculparse por si acaso.

–Jaime, no quería ofender ni parecer condescendiente, comprende que en esta situación y a pesar de ser el súper–psiquiatra del mundo mundial, no puedo expresar mis pensamientos correctamente, además, a cada minuto que pasa, la emoción viaja de un extremo a otro… ahora mismo sé que tú eres el Omega de algo de lo que no tengo ni pajolera idea. Dime si no ha vuelto a cambiar mi impresión desde la última vez que abrí la boca y que debió ser hace unos dos minutos.

El Empático miraba a Carlo mientras su cola de impresión crecía y crecía, tenía tantas cosas que decirle que prefirió dejarle hablar a él. Eso era lo más conveniente.
Una pausa era importante y debía poner a prueba al psiquiatra, parecía que Shouji no se equivocaba con él.
Eso era lo que le había hecho llorar. El tiempo de las visitas inútiles había acabado.
En el momento en que comenzó a aparecer gente ante el timbre de la puerta, su primer pensamiento fue que Shouji se dedicaba a mortificarle. Conforme la situación se fue repitiendo, El Empático dejó de pensar en rabietas de crío y se obligó a tratar a aquella gente como potenciales.
Ninguno superó la criba, uno tras otro eran devueltos a su vida de origen.
Uno tras otro era tan inepto (para el trabajo) como el anterior.
¿A qué obedecía eso?
¿Tantos errores consecutivos?
¿Y ahora de repente plantan ante mi puerta uno válido?
La mente de Shouji no estaba abierta para El Empático y eso era lo único que siempre le sometía a estar un paso por detrás de aquel hombre extraño.
El Empático miró a Carlo a los ojos con gran intensidad y éste pensó que dicha profundidad de ojo provenía más del alcohol que de cualquier otro razonamiento.
El Empático sentía que Carlo disfrazaba su ignorancia con vestidos de risa pero ciertamente estaba mucho más entero que cualquiera de los anteriores, eso por sí sólo no constituía ninguna prueba pero por desgracia para él, sabía que sí era válido.

“Es valido coño, estoy jodido”

–Camina con mis zapatos –le dijo El Empático–.

–¿Va de proverbios la cosa? –Preguntó Carlo–.

–Camina con mis zapatos –repitió pausadamente El Empático– Los proverbios y la sabiduría van de la mano, ambos lo sabemos y eso es lo que necesitamos ahora mismo, saber, tanto tú como yo.

–Camina un rato con mis zapatos –corrigió Carlo– es un proverbio hindú que se refiere a lo que denominamos empatía. ¿Me estás pidiendo que te defina? –El viejo se encogió de hombros, esperaba más palabras y el psiquiatra se puso a ello–.
Se dijo: “Antes de juzgar a alguien camina tres lunas con sus zapatos”.
Haciendo un rápido resumen, la empatía consiste en la capacidad de ponerse en la piel del otro.
Si hablabas de sabiduría, este viejo proverbio es demoledor en su significado y veracidad. Personalmente considero la empatía la mejor de las cualidades en una persona y se la intento inculcar a mis pacientes, pienso que es una gran manera de hacerles salir de su búnker. La empatía te pone en contacto con los demás, con el mundo, te hace ser consciente de tus actos y en un estado avanzado, te hace evitar actos dañinos hacia los demás.
A pesar de estos aspectos positivos, ser demasiado empático conlleva un sufrimiento inútil. Como gran herramienta que es, debe ser utilizada con inteligencia y emplear un buen cedazo que separe la empatía del aborregamiento. No por situarte en la mente del otro debes anteponer sus deseos a los tuyos. La empatía no pone a nadie por delante de nadie.
La empatía es conciliadora y es por ello que los grandes negociadores son grandes empáticos. Ponerse en el lugar del otro resulta muy útil en este sentido, es una manera de adelantarse a lo que pueda suceder aunque en este caso sólo se busca el beneficio propio. La empatía forma parte de la llamada “inteligencia emocional” que abunda en manuales para gente que se dedica al comercio.
Una persona empática es capaz de leer emocionalmente a las personas y eso le otorga ventaja….

Detuvo su frase al instante. Un chasquido, un crack, algo en su mente tiró del freno de mano para tomar la curva.
Carlo se encauzó en el camino.
Miró al Empático profundamente a los ojos, igual que él hiciera minutos antes.

–Y podría seguir… pero no estamos en ningún curso de formación de agentes comerciales ¿verdad?

–Me has “leído” muy bien Carlo –Contestó risueñamente El Empático– ¿te gustan mis zapatos?

November 14th, 2006 at 8:08 pm | Comments & Trackbacks (0) | Permalink


–Hola –Dijo sonriente un hombre de unos 60 años al que no se le podía mentir. Carlo supo eso al instante. Su presunta excitación tornó en una “ligera” ansiedad–.

–Hola, mi nombre es Carlo Mejía Andrés y me han dicho que venga.

Tras decir estas palabras casi comenzó a mirarse los zapatos como el niño que va a comprar solo por primera vez.
Estaba realmente avergonzado, había sido una presentación digna del público de Club Disney.
No tuvo tiempo para lapidarse más y la reacción del señor mayor no ayudó a calmar sus nervios. El hombre le introdujo en la casa velozmente mientras comenzaba a insultar y salía al jardín a tirar piedras al Honda Civic.

–¡Fuera de aquí hijos de puta! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

Desde el recibidor de la vivienda Carlo observó la escena. El señor mayor cada vez lanzaba las piedras con mayor rapidez hacia el auto de los hombres 1 y 2.
Carlo entendió que estando el vehículo a unos 50 metros de distancia, el señor no atacaba a nadie, sólo mostraba su impotencia.
Eso le preocupó y el Cardhú ya no estaba junto a él.
La explosión de rabia finalizó cuando el Civic dio media vuelta para volver a la carretera.
El señor se sentó en el jardín y rompió a llorar.

Carlo estaba harto de no saber cómo comportarse, joder ¡que era un pedazo de psiquiatra coño! Y allí estaba, parado como un idiota en el recibidor de la casa del señor que lloraba en el jardín. ¿Pero qué hago?

Un par de minutos después, el lloro del hombre parecía haber menguado y Carlo bajó las tres escaleras del porche para ¿consolarle? ¿interrogarle?
Al escuchar los pasos, el señor se volvió hacia él.

–Discúlpame Carlo, me había olvidado de tí por culpa de estos hijos de puta. Vamos dentro, necesito un whisky ¿te apetece uno?

–Digamos que no le haré ascos –sonrió el psiquiatra– pero puesto que estoy algo perdido, al menos me gustaría saber el nombre del que me invita a beber. –Carlo pensó que esta respuesta era bastante mejor que la primera frase que había cruzado con aquel tipo. Algo es algo–.

–¡Oh! Perdón de nuevo Carlo, mi nombre es Jaime Vázquez… y hoy es otro mal día para mí.

Caminaron hacia la casa sin cruzar palabra. Jaime se estaba enjugando las lágrimas Carlo se sentía especialmente violento viendo a aquel señor mayor desconocido secándose los mocos.
Después de dejar pasar a Carlo al interior, Jaime cerró la puerta de un golpe. No dio vuelta a los cerrojos ni acopló la cadena. Cerró con un golpe suave.
Se dirigió a la cocina y en dos minutos regresó con un par de vasos en una mano y una botella en la otra.

–No sé si tienes hambre Carlo ¿quieres algo para picar? –Dijo un Jaime algo más sereno–.

Carlo había pasado esos dos minutos observando la casa para concluir que era una típica casa de montaña o como mínimo, tenía lo necesario para ser una casa de montaña. Se sentía confortable aunque nervioso, nervioso pero a gusto.

–Lo que necesito son más explicaciones si es que me las puedes dar. Tal y como has tratado a “mis amigos” creo que sí que me puedes servir eso.

–Cierto, lamentablemente cierto –dijo Jaime nublando el semblante– te puedo dar muchas explicaciones y no tengo ninguna que te vaya a gustar. Es para eso el whisky.

Señaló los vasos invitándole a sentarse mientras desprecintaba una botella de un reserva que Carlo no conocía.

–¿Sabes? Bueno, no te lo vas a creer, como casi todo lo que te pueda contar pero esta botella la tenía reservada para ti… mejor dicho, para quien quiera que fuese el que viniera. En este caso has sido tú el que has venido y lo lamento, te lo aseguro. Tú eres uno de los últimos, eso lo sé.

Carlo aceptó el vaso que le ofrecía “el señor mayor extraño” y probó el excelente alcohol que contenía. Con el estómago calentito, comenzó a investigar.

–Jaime, no sé exactamente por donde comenzar, lo que me ha pasado es auténticamente…

–Increíble –Le cortó Jaime– ya sé que tienes mucho que contar pero respóndeme antes a una pregunta. Dime de dónde vienes.

–De Barcelona –Respondió tímidamente el del Ford Fiesta diesel–.

–Barcelona… eso significa que vinieron a buscarte ayer y has dormido por el camino porque no creo que hayas salido a las 6 de la mañana. Bien, como seguro que las cosas no han cambiado en exceso, ayer te vino a buscar un tipo bastante alto con los pies bastante pequeños, te dijo que tu vida ya no existe y que debes marchar sí o sí. Para que le pudieras creer te hizo un resumen verídico de tu propia vida incluyendo, de forma intencionada, dos o tres aspectos sumamente irrelevantes para que te des cuenta que has sido investigado y seguido a fondo.
Después te ha planeado la salida de tu propia vida para dejarla en stand–by, por si algún día quieres volver a vivirla y acto seguido te ha sacado de ella prácticamente a empujones.
Ha puesto una ruta, un coche y unas instrucciones en tus manos y te ha dejado en libertad con un par de esbirros detrás de ella.
Para finalizar se ha despedido a la francesa y tú estás aquí, lejos de todo, frente a un viejo desconocido, en la más absoluta inopia sin ni siquiera saber el nombre del personaje que te ha metido en este asunto. –Jaime hizo una pausa para tragar un poquito de ánimo– ¿Me he dejado algo?

–No te has dejado nada, pero comienzo a estar hasta los cojones de que todo el mundo sepa mi vida, perdóname, pero estoy hasta los cojones–

–Eso es lo normal Carlo –Aún sin ganas le había hecho reir– supongo que tus dos primeras preguntas son quién y qué ¿no es así?

–Eso es Jaime, las dos primeras.

–Bien. Del señor que te ha metido en todo esto no sé el nombre real, usa unas cuantas decenas de nombres. El último que conozco es Shouji, le gustan los nombres japoneses, vete a saber por qué. El caso es que Shouji trabaja para un departamento de inteligencia o como le quieras llamar y su trabajo es localizar a gente válida y ponerla en marcha. En tu caso ¿de qué trabajas?

–Soy psiquiatra. ¿Busca gente válida? ¿Válida para qué?

–Psiquiatra ¡qué interesante! –Jaime no había prestado atención a sus nuevas preguntas– Tienes que ser de los buenos.

–Pues creo que sí lo soy.

–No seas modesto Carlo, eres de lo mejor, si te ha venido a buscar es que podrías dar clases a Freud o a cualquiera. Shouji nunca había probado con un psiquiatra, es una buena táctica creo yo. Lleva años intentando dar con alguien pero todavía no lo ha conseguido.

–Jaime –interrumpió bruscamente Carlo– aún estoy más confuso, no me estás aclarando nada, ahora es peor que hace dos minutos.

–Es que es difícil de explicar, siempre me pasa lo mismo, se me pone cara de loco. Quisiera que comprendieras pero no lo puedes hacer.
Vamos a ver, esta gente es implacable, lo que quieren lo tienen, eso tenlo claro, les puedes protestar o tirar piedras a sus coches, pero ante ellos, estás absolutamente indefenso, a no ser que huyas más rápido de lo que puedan seguirte y te aseguro que eso es muy difícil, sólo lo ha conseguido uno y seguro que aún sigue escondiéndose.
Eso tampoco es vida.
Ellos te quieren por tu cerebro, por tus capacidades futuras. Así ha sido durante muchos años y al igual que tú, yo fui capturado en unas circunstancias similares a las tuyas y sólo se puede sobrevivir uniéndote a ellos.

–¿Tú? ¿Te capturaron? ¿Qué te hicieron?

–Meterme en la guerra Carlo, eso me hicieron y para eso te quieren a tí. Para ir a la guerra.

Jaime rellenaba los vasos como robotizado, gran parte de su mente estaba lejos de esa mesa, muy lejos de esa mesa. Carlo estaba multiplicando sus dudas pero no quería interrumpir en exceso el discurso del viejo a pesar de que rondaba la histeria. La ansiedad ya no la nombraba, se había instalado.

–¿Has estado en alguna guerra Carlo? Porque no es bueno, eso no es bueno. Shouji necesita soldados y tiempo atrás, yo fui su mejor peón en el tablero.
Estuve más de 30 años en el asunto y conseguí ganarme el retiro. Estos 30 años no te los puedo explicar ni en un par de semanas, espero que te hagas una idea –Carlo medio asintió con la cabeza– llegó un día en el que por fin se acabó todo y, liberado, decidí venirme aquí, muy lejos de todo, con mucho dinero y mucho whisky, dispuesto a morir tranquilamente sin hacer más daño a nadie.
Sólo quería descansar, estaba agotado, muerto.
Pasaron los años, las pesadillas caminaban hacia la desaparición y un puto mal día y luego otro y otro, comenzó a aparecer gente en mi puerta, muerta de miedo, balbuceando, me decían que les habían obligado a venir aquí, que no sabían qué hacer, que qué estaba pasando, necesitaban respuestas y lo que estaba sucediendo era que me habían vuelto a meter en su puta guerra de mierda pero ellos no podían entender nada.
Eso es lo que te está pasando ahora mismo. Por eso no me he extrañado que llamaras a mi puerta. Por eso te he hecho pasar dentro de la casa mientras insultaba a esos hijos de puta. Por eso te he puesto el whisky enseguida.
Por eso no estoy sorprendido de que estés aquí.
Yo acabé mi cometido ¡Lo acabé! ¡Estaba libre! Durante años he vuelto a ser una persona normal, un hombre libre… pero no lo era Carlo, durante los últimos dos años se han dedicado a traer gente a mi puerta cada mes o cada dos meses y cuando huyen o les hago abandonar, no sé qué es lo que pasa con ellos, supongo que vuelven a su vida, supongo.
Y sigue viniendo gente, saben que yo no quiero, que no voy a hacer nada, pero hoy estás tú aquí y mañana o la semana que viene ¡adivina quién viene a cenar! Sé que tú eres de los últimos pero seguirá viniendo gente angustiada y yo no puedo hacer nada, no quiero hacer nada.
Yo era libre ¿sabes? Como tú ayer, pero habiendo pasado ya por todo eso ¡yo era libre! Y me están volviendo a encerrar y no puedo aguantarlo.

Si saber por qué Carlo estaba a punto de echarse a llorar. En las últimas horas, estaba acostumbrado a no saber qué decir o a decir lo que no tocaba. Seguía teniendo claro que no entendía nada.

Jaime rellenaba su vaso por sexta vez y su voz comenzaba a ser algo pastosa, Carlo no sabía si su discurso era incoherente a causa del alcohol o si realmente se debía a otras motivaciones más dolorosas. Puesto que Jaime tenía demasiadas cosas para contar y estaba claro que esa noche sería su invitado, intentó buscar una pregunta que pudiera darle alguna pista para entretenerse con ella mientras dormía.

–Jaime, entre tantas cosas que no entiendo quizás me ayude saber la respuesta a esta pregunta ¿por qué debemos venir todos a verte?

El señor mayor extraño se recostó en su silla y le dedicó una de las sonrisas estúpidas del señor Shouji

–Os obligan a venir a verme porque yo soy El Empático

November 2nd, 2006 at 12:36 am | Comments & Trackbacks (0) | Permalink