A vueltas con el hombre extraño

Durante un segundo, Carlo tuvo muy claro el papel de El Empático y el suyo propio en esta historia.
Poco más tarde, como al despertar de un sueño, la censura tomaba parte activa en el asunto empeñándose en difuminar certezas que convertía en aspectos, luego en sensaciones…
Carlo siempre había pensado que esta auto–censura que se infiere la mente suele funcionar como la sobreprotección materna: intentando evitar el daño, lo que hace es postergarlo y cuando finalmente llega, aun lo hace con más fuerza que el mal original que se intentó evitar.
El camino del Infierno está empedrado de buenas intenciones, eso lo sabe todo hijo de vecino.
Si en esa misma situación hubiera visto un OVNI frente a él, recordara la cara del conductor e incluso se fijase en la pegatina de la ITV (que le tocaba en Septiembre) poco después, esas claridades se transformarían en quizases, en talveces, en alomejores…
Carlo estudiaba la mente, trabaja a diario con la suya propia y con la de los demás. Intentaba milimetrarse a sí mismo, funcionar como una máquina aunque no en el sentido de carecer de emociones sino de caracterizarlas todas.
Carlo no tenía fantasmas que le atacaran de improviso, nunca practicó la táctica del avestruz.
Aceptaba sus aciertos, sus errores, su valía, sus miedos e inseguridades, su torpeza y su habilidad. Lo que creía acertado intentaba potenciarlo y lo que apreciaba erróneo probaba a cambiarlo.
No hay edad para la evolución, dura toda la vida.
Carlo estaba convencido de que la gente podía cambiar por muy mayor que fuera. El problema no es que no se puedan mudar los hábitos, lo que sucede es que cuanto más viejo, más te cuesta moverte porque en el sofá se está muy agustito…
Esto era algo que repetía machaconamente a sus pacientes…
Carlo se enredaba en sus pilares mientras sus certezas corrían hacia la puerta.

Viéndolo tan sumido en sus pensamientos, El Empático pensó que era un buen momento para ir al baño y al volver, decidió que le daba tiempo a preparar algo de cena, quizás algo con verde, el whisky andaba muy sólo en el estómago y eso invitaba a lo frugal.

Carlo se solía cabrear bastante con su mente. Él la trataba bastante bien, mucho mejor que la media, pero ella se empeñaba en ceñirse a los convencionalismos.
Le resultaban especialmente molestos aquellos sueños problemáticos, los que te despiertan para mirar la hora del reloj mientras lo analizas. Una vez repuesto del susto al ver la hora, decides que aún queda mucho para levantarte y te vuelves a la almohada sabiendo que será imposible que olvides los detalles de lo que acabas de vivir.
No necesitas apuntarlo, sabes que lo recordarás porque no puede ser que lo olvides.
Tan simple como eso.
Al cabo de unas horas, cuando levantas por fin, sabes que pasó algo, que soñaste algo que era importante, que habías solucionado aquella conexión ¡que lo tenías todo muy claro coño!
Cuanto más te alejas de las sábanas, a cada paso que das, más desaparece lo poco que recuerdas. Sabes que si conservaras ese poco que recuerdas podrías tirar del hilo y llegarías a la manzana.
Te ves a ti mismo agarrándote con las uñas a una extraña manzana mientras resbalas por su roja y brillante piel (ahora es roja piel, ahora es verde piel, ahora no tiene color)
intentas desandar tus pasos, te vuelves a meter en la cama, piensas en lo que pensabas cuando te despertaste a las tres de la mañana, pruebas a seguir tus propias huellas en la playa mientras apartas las olas a puñetazos.
Pero la censura ya ha actuado. No puedes recordar.
Carlo odiaba esa sensación. Él se era sincero y a pesar de ello, su mente–madraza le hacía engañarse.
No recuerdas detalles, no ves las imágenes, sólo tienes sensaciones y habitualmente, no son buenas. Además de haberte engañado, pasas un día malísimo.
El psiquiatra no podía soportar que su cerebro le engañase.
El momento rabieta; Carlo sabía que si fuera alpinista no iba a poder caminar por el techo como las moscas, no tenía ventosas en sus falanges ni nada parecido, necesitaría las cuerdas para subirse al techo.
En su condición de psiquiatra sobreprotegido por su mente contra su voluntad, reclamaba su derecho al pataleo. Era muy injusto.
Sensaciones, sólo tenía sensaciones.
Otra sensación le sacudió de sus pensamientos. Debía ir al baño.

El Empático le indicó la puerta del aseo mientras se afanaba en preparar la cena. La noche sería larga y se abriría una nueva botella. El estómago debía estar preparado.

El Empático era alguien especial pero al preparar una ensalada, freír unos pimientos de Padrón, sacar algo de embutido y cortar pan, estaremos todos de acuerdo en que no merecía una estrella Michelin. Otros pensarían que, al menos, se ha molestado en ir a comprar los pimientos y que tenía pan del día.

Carlo preparó la mesa para la cena mientras Jaime le iba diciendo dónde guardaba los manteles, los platos, los vasos… No era necesario ser empático para saber que en el primer cajón suelen estar los cubiertos.

Mantuvieron un silencio respetuoso durante la preparación de la cena, ambos sabían que sus engranajes mentales estaban girando.
Mientras sus cerebros trabajaban, sus manos fueron llevando a la mesa los platos de una cena diseñada como ligera y que distaba mucho de serlo.
Los dos estómagos emitieron sonidos poco educados, no era mala señal.

Se tomaron la pausa como una pausa.

Durante la cena ninguno de los dos intentó virar la conversación hacia otros temas que no fueran una amena y fácil charla. Eran dos personas adultas recién presentadas que tenían un nexo en común algo incómodo y ambos aceptaban que debían compartir casa por un tiempo indeterminado. No era mala idea invocar a “lo amigable”.

Hablaron de temas tales como fútbol, libros, televisión, algo de politiqueo, la pesca en esa zona, el faro…
Para finalizar, como una “bonita” rutina de matrimonio, ambos se levantaron para recoger la mesa e ir fregando los platos.

El Empático le dejó aclarando mientras iba a buscar una nueva botella. Carlo se miró a sí mismo mientras intentaba recordar el tiempo que llevaba sin fregar un plato. Le entraron ganas de hacerse una foto.

Mientras pensaba en retratarse, su anfitrión preparó unos anchos vasos cargados de hielo, los llenó a rebosar y los trasladó a la mesa frente al sofá para sentarse a hablar de cosas serias.

Carlo se sentó al tiempo que tomaba el vaso que le ofrecían.

–Buen postre –sonrió Carlo–.

–No creas, según vosotros los médicos es fatal ¿te molestan los puros?

–Los encendidos sí, pero fuma tranquilo, estás en tu casa.

–Era por educación, sólo faltaría que no pudiera fumar en mi casa –dijo el Empático a carcajadas. Inmediatamente mudó el rostro risueño para dirigirse a su invitado–.
Fin de la pausa Carlo, dime lo qué has “visto”.

–¿Lo que he visto?

–Sí Carlo, lo que has visto, porque has visto algo ¿no es verdad?

–No he visto nada, como mucho he intuido algo y enseguida se me ha escurrido entre los dedos. No tengo apenas nada.

–Pero algo tienes –respondió Jaime al instante tan excitado como apenado–.

–Sí –Carlo dudó antes de responder, pero sabía que sí, que algo tenía–.

–Bien, con eso me basta. Si tuvieras más que una vaga idea, aún estaría más preocupado de lo que ya lo estoy.

–Jaime, lo único que creo que puede ser media verdad es que tu historia está ligada a algo relacionado con el control mental. Si le sumo el señor extraño que me ha sacado de mi casa y obligado a venir aquí, eso me da una organización. A partir de ahí pienso en conspiraciones o pienso en sectas, no me da para más. No sé si te decepciono pero ahora mismo no creo que pueda elaborar teorías mínimamente acertadas. Mi auto–censura se ha cargado el resto de la historia.

El Empático se incorporó.

–No me decepcionas Carlo. Si tu censura te muerde es por falta de adiestramiento pero estás en el buen (o mal) camino. Tus suposiciones no están excesivamente lejos de la realidad. Pero esta realidad es difícil de imaginar, sólo con haberla podido atisbar y estoy seguro de que lo has hecho, ya es mucho.

–Pues pensaba que mi adiestramiento no era del todo malo, pero ya veo que debo subir de nivel. –Contestó Carlo no muy contento; reabrir el melón de la censura no era buen postre–. Jaime ¿me puedes explicar de una vez por todas cuál es el misterio de todo este asunto?

El Empático estaba aburrido de contestar a esa pregunta pero sabía que debía hacerlo de nuevo. Con un poco de la suerte que le faltaba, esta vez sería la última.
Después de unos cuantos años retirado, quizá ahora sería la definitiva. Carlo era buen material, tal vez su última contribución, el ansiado final que creía conseguido hasta esa tarde.
Era momento de dejar de ver al psiquiatra como su compañero accidental y verlo como lo que debía ser, su pasaporte.
De una puta vez, tendría que obtener su libertad.
El Empático afrontó el momento ceremonialmente: Abrió su mano para dejar con delicadeza la copa sobre la mesa, sacudió de dos golpes la cabeza del puro y se recostó en el respaldo mientras posaba su mirada sobre la de su ex–compañero.

–Efectivamente Carlo, es una historia sobre control mental –Comenzó a explicar El Empático, cuando sonó el teléfono y dejó de hablar. Su cuello degollado. Su boca quedó abierta para no emitir palabra alguna–.

“Ring, ring”

“Ring, ring”

Carlo miró a Jaime y éste cerró los ojos.

“Ring, ring”

–Jaime ¿no lo coges?

“Ring, ring”

–Jaime ¿no lo coges?

“Ring, ring”

–Carlo ¿sabes que

“Ring, ring”

en los años que llevo en esta casa

“Ring, ring”

es la primera vez que ese teléfono suena?

“Ring, ring”

¿Y sabes que los dos sabemos quién está llamando?

“Ring, ring”

December 26th, 2006 at 2:42 pm | Comments & Trackbacks (0) | Permalink