A vueltas con el hombre extraño

–No lo comprendo, te juro que es inexplicable –Dijo Luís bastante más cerca del enfado que de la sorpresa– estaban entre los mejores, progresaban, eran obedientes, no nos daban problemas. Ellos jamás se acercarían al pantano sin estar preparados ¡ni siquiera tienen la edad recomendable para comenzarlo a pensar!

–¿Y qué? –Fue la respuesta desprovista de sentimentalismos– estás harto de ver cómo sucede. Incluso a estos niños es difícil borrarles su estúpida inconsciencia. ¿Resultado? Otra vez conduciendo toda la noche para poder llevármelos antes de que bloqueen a los demás. ¿Me sellas la entrega? Comprende que no estoy de muy buen humor y no me apetece seguir perdiendo el tiempo.

–Raúl ¡no me jodas! ¿Cuántos de los mejores han aparecido por el pantano a esa edad? ¡Ninguno! ¡Nunca! ¿No te parece raro? –Luís se sentía angustiado, entregar a esos niños le mataba– ¿De veras no piensas que hay algo extraño?

–No me pagan por pensar, me pagan por entregar –repuso el hombre 1 con acento de Shibuya–.

Luís esperaba una respuesta de ese estilo pero no por preverla se apaciguó el creciente odio por su trabajo y por su interlocutor en particular.

–Raúl, de verdad pienso que eres tan gilipollas como tu jefe, suerte tenemos todos que ya se va y ojala que tú desaparezcas detrás de él.

Luís se volvió en dirección al pasillo B aunque aún escuchó la réplica del patético transportista: “Cuidado no desaparezcas tú, niñera”.
Las palabras de aquel imbécil resonaron poco en sus oídos, no soportaba a aquel tipejo. Era un chupapollas de los grandes, estaba seguro que ya se andaba trabajando a Johan para poder seguir en la cuerda.
Mientras caminaba hacia la habitación aún tuvo tiempo de repetir las resabidas consignas a los guardianes, debía evitarse que nadie saliera de la habitación hasta que entregaran a Clara y a Toni. Todos lo sabían de sobra pero se mantenían concentrados y vigilantes ante la sorpresiva aparición de algún alumno curioso.

Infección, así lo llamaban de cara al protocolo. En realidad, no se sabía qué coño era eso y por qué sucedía en el caso de que algún estudiante se presentara en el pantano antes de tiempo.

Cuando le avisaron del suceso estaba cenando tranquilamente en su casa, después de un día como tantos otros.
La noticia le dejó sin aliento y las lágrimas le expandieron una mancha a la altura del pecho, Clara era su sobrina y Toni era hijo de uno de los profesores, compañero suyo durante muchos años.
El problema, para alguien como Raúl, consistía en que lo sucedido les dejaba sin dos de los mejores, así pensaban “ellos” pero él no era de esa clase, no era un robot al servicio de la causa y su trabajo le costaba esconderlo.
Luís pensó que tenía suerte por recibir la desgraciada noticia en su casa, pudo llorar casi todo lo que deseaba sin tener que fingir un estúpido autocontrol profesional, sólo intento mantener el temple de su voz mientras las lágrimas corrían veloces hacia su camisa.

Puesto que el protocolo era perfecto, también contemplaba casos de este estilo y Luís fue debidamente informado: Pese a ser el responsable de los accidentados, debido a tener vínculos familiares, se le había concedido la posibilidad de inhibirse de la entrega.
Se negó a excusar su presencia y dejó constancia de la voluntad de hacerse cargo personalmente y en el menor tiempo posible, como en el resto de casos.
Ordenó que por el momento se procediera según lo habitual mientras él llegaba para ponerse al cargo.
Casi sin poder pronunciar más palabras confirmó “El protocolo de pantano” y colgó el teléfono. Se giró y vio a su mujer, situada frente a él, esperando (como si fuera necesario) un cabeceo de su marido para confirmar la noticia. Luís asintió y ella sólo pudo articular el nombre de su sobrina antes de colapsarse y caer sobre la alfombra.

Él se haría cargo.

Se vio a sí mismo guiando a Clara entre los pasillos, ella sujetándose la cabeza con las manos, llorando y gritando de dolor, los párpados inflados impidiéndole abrir los ojos, subiendo al coche torpemente sin dejar de aullar…Luís supo que ya nunca dejaría de llorar, la mancha de la camisa penetraría dentro de su piel y se quedaría allí hasta que él desapareciera.
Clara tenía ocho añitos.

Él se haría cargo.

El destino de su niña y de su amigo del alma no era ni más ni menos que la muerte.
El destino de Clara y Toni era morir, pero no allí, no en el centro. A los infectados se los llevaban a la central y él se tendría que hacer cargo.
Todos se tendrían que hacer cargo puesto que no existía otro remedio.
El puto proceso era irreversible o eso se pensaba. Nunca se había documentado una curación, nadie que hubiera vuelto chillando del pantano pudo volver en sí.

El pantano era el examen de final de carrera y un sitio completamente artificial.
Los alumnos aplicados se graduaban allí, los menos aplicados simplemente optarían a pequeños puestos en el engranaje de la empresa pero nadie moría… a no ser que fueran antes de tiempo.
El señor que comenzaba por “S” y sonaba a japonés había ideado dicho medio de graduación, que obviamente era extremadamente fiable.
A final de curso, él se presentaba en el centro y se reunía en la sala grande con todos los alumnos, sólo con ellos, nunca en presencia de profesores.
Él sabía quién estaba preparado para la prueba y lo señalaba con el dedo.
El señalado se situaba detrás del estrado mientras llegaban los siguientes seleccionados. Al final del proceso todos marchaban en procesión hacia el pantano.

Al pantano lo rodeaban unas cuantas docenas de árboles un tanto decrépitos que inopinadamente crecían bajo un cielo siempre gris. Los cadáveres de varios animales irreconocibles estaban esparcidos por todas partes disputándole el sitio a la vegetación. Los ocupantes de una barca que se hundía continuamente, hacían señas para ser rescatados, su extraño perro putrefacto también sollozaba socorro.

El señor S siempre tomaba asiento en la barca para contemplar la escena en que los futuros graduados (o no) se disponían en filas en el pequeño arenal y penetraban por turnos dentro del agua.
En ese extraño mundo submarino sólo les esperaba una cosa: su pura verdad, empatía de sí mismos se decía.
Los alumnos, adiestrados en explorar y explotar la mente de los demás, se veían paralizados ante la lucha con la suya. Los más hábiles lograban golpear su miseria, agarrar su patetismo y extirparlo de su cerebro para dejarlo en el fondo del pantano. Aquellos que lograban extirpar ese trozo de cerebro salían del pantano victoriosos, con la cabeza erguida sobre los hombros.

Entre los que fracasaban existían dos clases: Los que casi lo lograron y los que no:
Los primeros tocaron el éxito para abrazar el fracaso, fueron aquellos que mientras salían del agua victoriosos y saludaban a sus vitoreantes compañeros del arenal, eran agarrados del tobillo por sorpresa y arrastrados hasta el fondo del pantano por su trozo de cerebro extirpado.
El segundo grupo eran los que nada más entrar eran escupidos de vuelta al arenal. El pantano también acababa vomitando a los que se dejaron atrapar por un trozo de cerebro extirpado pero se entretenía un rato con ellos.

Una vez finalizado el terror, el señor S se acercaba al arenal y repartía destinos para todos al tiempo que regalaba unos cuantos días de vacaciones previos a la incorporación. Los destinos de los escupidos por el pantano eran simples nóminas por trabajos convencionales dentro de la organización, a los que superaban las profundidades, les esperaba un camino hacia el poder… si es que eran capaces.
Antes de marchar, el señor S se reunía con los profesores para el resumen de curso.

Lo más terrible del pantano era… que no existía.
El pantano no era otra cosa que un almacén total y completamente vacío.
Nunca hubo nada en él, sólo cuatro paredes y dos puertas metálicas.
Todos lo sabían pero nunca nadie pudo ver otra cosa que no fuera el pantano con sus animales muertos y con su barca hundiéndose.
Lo más espantoso del pantano era que el señor S te lo hacía ver a sabiendas que no estaba ahí.
Para demostrarlo, cada año, el 22 de Diciembre, el señor S hacía desaparecer el pantano y obligaba a todos los alumnos a pasar el día allí. Repasaban la pintura de las paredes y las puertas, barrían el suelo y gastaban las horas en contacto con el hormigón y el metal que formaban ese almacén.
El día 23 no podías hacer otra cosa que ver el pantano.

Pero no sólo el día de la graduación podías acudir al pantano. El señor S había dispuesto que si algún alumno se sentía preparado y no quería perder el tiempo, podía acudir al pantano aunque siempre solo y bajo su responsabilidad. Las puertas del pantano estaban abiertas a todos, estaba prohibido prohibir la entrada pero todos debían atenerse a las consecuencias y estas no eran otras que tener que morir o ¿vivir? el resto de tus días aullando de dolor. El premio para los valientes era un gran futuro y la promesa de un gran poder, por ello nunca faltaron candidatos muy seguros de sus fuerzas o fuertemente inconscientes.

Una o dos veces al año, Luís se veía en el doloroso trámite de tener que entregar a Raúl a uno o a varios alumnos enloquecidos. Esta vez sería la peor de todas.

Clara y Toni ya no volverían.

Conforme se fue acercando a la habitación, los gritos le golpearon cada vez más fuerte. Instintivamente (y se maldijo por eso) sacó los tapones del bolsillo del pantalón, se maldijo pero los usó. Los gritos sonaban acolchados. Se le erizó el vello de los brazos, cosa que era habitual.
Al abrir la puerta los tapones perdían buena parte de su función. Clara y Toni estaban en el suelo, agarrándose sus cabecitas mientras gritaban y pataleaban. Los pobres se habían golpeado con todo lo que habían encontrado tal y como le decían los morados y cortes que envolvían su cuerpo como un extraño paquete de regalo para Raúl.

Antes de que pasara un día de un suceso de este estilo, el hombre 1 entraba en escena y aparecía por el centro aunque la entrega no se producía hasta que se cumplían las veinticuatro horas exactas de la entrada en el pantano. Según órdenes del señor S, el motivo era una posible remisión que sólo sería factible en ese plazo. Tal curación espontánea jamás se había producido pero ese espacio de tiempo se respetaba a rajatabla, como todo lo que él disponía.
Esta directriz conllevaba tener al alumno infectado gritando como un poseso durante un día completo. Durante ese día todos los estudiantes entraban en introspección y no podían salir de sus habitaciones. Ver a uno de sus compañeros en ese estado los podía infectar por simpatía pero no así escucharlos, eso les haría mejores. Las enseñanzas del señor S eran extrañas y siempre cumplidas sin objeción.

Después de esas horas de suplicio, Luís entraba en sus habitaciones y los conducía al exterior, al coche que los llevaba lejos de allí. Raúl recibía a los condenados con el Valium de los campeones en la mano, para garantizar así un viaje sin gritos para el transportista. Luís llevaba especialmente mal éste último paso del protocolo, si nunca nadie se había curado ¿por qué soportar esas horas de gritos? ¿No podían ellos darles la paz antes que el puto hombre 1?

Clara y Toni avanzaban a trompicones por los pasillos guiados por Luís, que se había convertido en su lazarillo. Los dos mocosos berreaban como diez ambulancias en un parking, a pesar de los tapones, le dolían los oídos de la vibración.
La rabia que sentía provocaba que el corazón le doliera de tal modo que en algunos momentos pensó que sufriría un infarto.
Quería no mirarles pero a cada puerta, a cada escalón, a cada giro se veía en la obligación de hacerlo para evitar que se dieran más golpes, ya no les quedaba piel en la que florecer nuevos moratones.
El camino hacia la salida era largo y corto a la vez. El dolor de verlos en ese estado era comparable al dolor de subirlos en el coche de Raúl. Ninguna opción evitaba su sufrimiento.

Mientras tanto, el hombre 1 apuraba un cigarro junto al Civic disfrutando del momento. No la había cagado, nadie (ni siquiera Luís) se percató de su presencia la noche en que llevó a Clara y a Toni a cruzar las puertas del pantano para cerrarlas tras ellos.
No la había cagado tal y como ordenó el señor psicópata y éste debería darle por fin el reconocimiento que merecía.
Insultarle también lo disfrutaba, poder pensar en él como señor psicópata era algo que sólo se podía hacer fuera de la oficina. Odiaba sus ojos, la manera en que se metían dentro de él buscando su fallo, su traición o la frase “señor psicópata” para poder castigarle de alguna novedosa manera. ¿Cómo trabajar a las órdenes de alguien al que es imposible esconderle nada? Raúl conocía algún ritual difícil de llevar a cabo y con un efecto bastante débil pero que era útil para esconder pequeñas cosas, pequeños deseos, pequeñas palabras. No era muy recomendable usarlo a menudo, su principal efecto secundario era una semana de fuerte migraña y otras dos de suave aunque persistente dolor.

Abandonó sus típicos pensamientos cuando vio que por fin llegaban sus pequeños. Luís los traía penosamente, algo natural, siendo él un familiar implicado. Raúl sabía que sospechaba algo, era totalmente ilógico que aquellos dos niños se hubieran atrevido a presentarse antes de hora y más teniendo en cuenta que Luís los conocía perfectamente.
Eran los dos mejores, por eso se los llevaba Shouji.
Eso no lo sabía Luís, sólo pensaba que algo no cuadraba pero no podría sacar nada de él, eran de un nivel similar y ninguno podía entrar a saco en el otro.
Raúl recibió a los niños al mismo tiempo que la mirada de odio del director de la escuela de empáticos. Sin amilanarse ante esa amenaza, metió la mano en su bolsillo y sacó dos jeringuillas que rápidamente hincó en los brazos de Clara y Toni.

–¿Qué coño les estás metiendo? –Rugió Luís–.

–Lo mismo de siempre aunque el efecto se acelera si se inyecta. Lo he hecho por ti, para facilitarte las cosas –Repuso cruel el puto hombre 1–.

–Mide tus palabras chupapollas –contestó Luís fuera de sí– porque te arrepentirás de ellas.

–¿Ah sí? ¡Pues solicito permiso para asustarme mucho! Uy, uy, que la niñera me quiere pegar –Raúl comenzó a saltar cómicamente–.

Un par de guardas agarraron a Luís y conminaron a Raúl a acelerar el proceso. Clara y Toni habían cesado de gritar y descansaban inconscientes en el asfalto de la entrada. Raúl los metió en el coche y tras abrocharles los cinturones, se subió en el Civic no sin antes dirigirle a Luís la típica mirada triunfal de los habituados a perder.

La mirada no pudo ser recibida. Los guardas ya acompañaban a su jefe hacia el interior de la escuela. Luís se había abandonado al llanto, indiferente a cualquier comentario, concentrado sólo en su dolor y en poder saber… para poder vengarse porque la pura intuición le dijo que aquello no había sucedido por casualidad.

July 15th, 2007 at 10:58 pm | Comments Off | Permalink