A vueltas con el hombre extraño

Miguel la miraba y sólo veía cómo el tiempo pasaba rápido, etéreo… cruel. No podía creer que ciertamente había llegado el día.
Como aquel que está a punto de morir violentamente, observó una serie de video–instantáneas de su tiempo junto a ella que se podían resumir fríamente en: sus inicios, su crecimiento y su marcha, que era precisamente lo que sucedía en aquel duro y maldito instante. Se podrían resumir pero aquellas imágenes acababan por roer, se cavaron un zulo en tres dimensiones dentro de su cerebro, dibujando abrazos, lágrimas, desesperación y éxitos.
Las instantáneas modelaron toda una experiencia vital incrustándola en su memoria como un hierro al rojo marca la piel de una res.
Existía un dolor mayor que el del hierro al rojo marcando sin cesar, tras aquella mañana, sólo permanecería ese cubículo en su cabeza, esa galería de vívidos recuerdos… ya no habría más… nada.

–Resulta duro Wia, resulta muy duro.

–Lo sé –Wia entrelazó sus manos con las de su Maestro y dejó de hablar, estaba agotada–.

–Estoy muy preocupado, en todos mis años nunca me había enfrentado a algo así. Comprobé tus teorías una y mil veces con el mismo resultado, te voy a perder para siempre y eso es muy doloroso. Es horrible saber que ésta es la última vez que te veo…
–Miguel, ayúdame, hace dos horas que estamos aquí dándole vueltas a lo mismo, debo marchar, sólo necesito tu abrazo para estar lista.

Wia se levantó de la mesa de la cafetería obligando a su Maestro a hacer lo mismo. Él la abrazó sin poder reprimir las lágrimas mientras recostaba la cabeza en su hombro. Wia hubiera preferido un abrazo más enérgico, uno que no le hubiera hecho llorar. Era lo que menos necesitaba en el mundo pero los sentimientos logran nublar la mente del más pragmático.
Pagaron la cuenta y se despidieron frente a su nuevo vehículo.

–Wia, sólo quiero decirte una última cosa, yo sólo te adelanté conocimientos que hubieras descubierto por ti misma, estoy seguro de que hubieras alcanzado tus aptitudes tú solita. Llévate mi recuerdo, mi admiración y mi envidia sana. Te quiero Wia.

Wia volvió a abrazar a Miguel y subió rápidamente a la autocaravana, estaba deseando salir de allí y así lo hizo, casi llevándose por delante a una pareja de abuelos que cruzaban tranquilamente el paso de peatones.

Cuando llegó a su casa, más lágrimas.

Era una bonita casa de piedra, como tantas, con el mortero pintado de blanco entre los bloques de granito. La escalera tenía los bordes romos de tanto ascenderla, descenderla y barrerla. Wia siempre pensaba en la de años que las personas subían, bajaban y barrían esa escalera. Era una manera muy sencilla de ponerse en contacto con otros mundos, Grandes Maestros olvidaban este tipo de cosas y ella se ponía en contacto viendo la cáscara rota de un cacahuete. ¿Eso era cierto?
Había vendido la casa tal y como estaba, casi casi, tal y como la compró, muchos de los muebles que allí vivían llevaban decenios en aquel lugar. Esperaba que su nuevo dueño los cuidara de igual manera que hizo ella.
Mientras pasaba la mano por todos y cada uno de ellos, llamó al notario. La secretaria le confirmó que no había ningún problema, todos los documentos estaban en el despacho, la firma se efectuaría esa misma tarde como estaba previsto.
Wia colgó el teléfono y se sentó en el suelo.

Pensaba en aquel hombre y creyó que sería más normal, en esos momentos, meditar sobre el dolor de Miguel y de otros amigos, pero pensaba en aquel hombre.
No podía dejar de pensar en él, quería saber qué hacía y qué era tan importante como para llevarlos a todos tras de sí como un flautista.
Sabía en qué lugar estaba la casa, que la habitaban dos personas, que una sería el maestro, que la otra era el aprendiz, que… ¿qué iba a hacer ella?

Sintió ganas de escuchar algo de música y relajarse, pero su vetusta casa ya no iba a cantar para ella, todo lo suyo estaba dispuesto en la autocaravana que compró la semana anterior.
Desde la ventana de la habitación miró el vehículo recordando su propia frase: “nada hay aquí para mí” y a cada minuto que pasaba más incierta le parecía. Seguramente una frase del estilo “¿Qué coño estás haciendo?” casaría mucho mejor.

Todo había comenzado seis meses atrás.

Ella dominaba muchas técnicas, siempre aprendiendo, siempre progresando pero siempre adoctrinada… y las premoniciones espontáneas no cuadraban en ese perfil.
Wia no pensaba tener un don, toda su sapiencia provenía del estudio y la práctica constante, fue por eso que no tuvo en cuenta sus primeras visiones, las desechó por inútiles y por no referirse a nada conocido.

Pequeños flashes le relataban la historia en píldoras de 5 segundos que hacían que separase sus párpados y sus ojos señalaran a las cuatro y veinte. No comprendía nada de esas imágenes, pensó que quizás estaba estudiando demasiado.

Persistió el acoso del dèjá vu, que como se guía por regla ninguna, le asaltaba en la situación más inopinada e inoportuna para prestar la atención necesaria.

La estupidez del dèjá vu. La cara de tonto que se te queda.

Tras un mes de acoso y de ser avasallada por una avalancha de datos inconexos,
se decidió a anotar hasta el dèjá vu más breve y extraño.
Puesto que no prestar atención no menguaba ese fenómeno, pensó en descubrir qué se hallaba detrás de él.

Las “artes” adivinatorias siempre las dejaba para un penúltimo término, no le gustaba estar condicionada por una lectura. Wia no quería ser de aquellas brujas que se pasean por el mundo buscando señales que interpretar, bien sea en un folleto del Media Markt o en un manual de autoayuda que “casualmente” regalaba el periódico del domingo.

Puesto que sus dèjá vus ya tenían un mes de antigüedad sin ningún avance, decidió darles una oportunidad de explicarse y dedicó los siguientes treinta días a anotarlos.
Solamente recopilación de datos, se dedicó a anotarlos como un robot, la libreta siempre a mano, suspender cualquier actividad que pudiera distraerla de escribir lo esencial de la vivencia.
Lo esencial es algo que se sabe al momento aunque trascribirlo cuesta algunos segundos más y eso era algo supinamente importante; no romper el cordón de plata.
La cola del supermercado, un semáforo que cambia a verde, un camarero preguntando si es cortado o con leche–descafeinado–de máquina ¡guaapaaa!, el niño que quiere acariciar y duda de si tu perro muerde… eso se convertía en escena B, dejaba de tener interés, sucedía a cámara lenta mientras el bolígrafo

“que no te pares ahora cabrón”

escribía las ¿Vivencias? ¿Sensaciones? ¿Premoniciones?
Acaso las piezas del puzzle que completaría tras treinta días.
Aunque era imposible, no iba a pensar en sus notas durante ese tiempo. Una vez transcurrido, entonces sí, haría sitio en la mesa grande del comedor y comenzaría la resolución.
Hasta entonces nada, cierra los ojos y duerme.
Lee algo y duerme.
Fuma algo y duerme.
Bebe algo y duerme.
Duerme… duerme.

Al despertar, un mes después, desayunó fuerte sabiendo que lo más probable era que esa fuera la única comida del día.

La primera parte del plan era encontrar un hilo que seguir entre esa maraña de notas.
Se pasó la mayor parte de la mañana coloreando sus dèjá vus según la temática y las sensaciones sufridas.
Sus visiones siempre se referían a personas.
Al disponer sus apuntes sobre la gran mesa de comedor, formó 7 columnas y a sus pies, una fila con sus certidumbres acerca de sí misma.

Colorear, clasificar, colocar… una simple mirada hacia las hojitas que con tanto cuidado había escrito, analizado y organizado, le bastó para saber que el trabajo ya estaba hecho, había desentrañado el mensaje, sólo faltaba lo peor, comprobarlo una y mil veces para saber que era cierto.
Sucedió como cuando comentas algo que te ha sucedido, una vez que lo verbalizas, te das cuenta.
A Wia le sucedió algo similar. Una vez dispuestas sus hojitas, supo qué responder.

En ese momento se supo dispuesta para marchar hacia un futuro que conocía y que quería cambiar por difícil que fuera.

Lamentablemente era su misión, le obligaba a dejar su casa, su vida, su camino anterior y el premio, con mucho, sería conservar la vida.
Era su misión lamentablemente.

Comunicó su marcha al más reducido círculo de amistades pero fueron inevitables las llamadas, consultas y adhesiones a la misión por parte de todos aquellos que se creen llamados por el universo y de los que la magia no quiere saber otra cosa que no sea que por fin han encontrado pareja y que van a dejar de dar por culo al mundo con sus paranoias para dedicarse a decir que son los mejores padres del mundo y que cuando tú seas padre… ya verás, ya.
Tampoco faltó el iluminado que dijo que todo eso era una campaña publicitaria en plan autobombo aunque se quedaría con sus clientes encantado de la vida.

Después de superar sus recelos, tuvo que batallar con los de los demás.

Por suerte para Wia, su determinación era enérgica y aunque su paciencia era de las de mención especial, afiló su vista para ir cambiando de acera en el momento apropiado mientras esperaba el día de su marcha.
Hubiera deseado tener revelaciones (o lo que fuera) en una gran ciudad, la parte del “yo haría” o el “tú no sé qué” se la hubiera ahorrado.

Al final (principio) estaba ella sola, sentada en el suelo de su inminente ex–comedor, enrollando su madeja en una última comprobación final.

Estaba lista.

January 30th, 2007 at 11:33 pm