A vueltas con el hombre extraño
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Nunca había conducido algo más grande que un coche de cuatro puertas pero puesto que debía abandonar su casa, no observó ningún mal en inventarse otra con cuatro ruedas en lugar de cimientos.

“¿Y si al final del camino no hay nada? ¡Tendré que dormir en algún sitio!”

Y en eso viajaba Wia, en la típica autocaravana Fiat Ducato que puebla los campings del mundo.

Las runas nunca le habían mentido y ella jamás ponía en duda sus parlamentos.
En esta ocasión se prolongaría el acuerdo aunque le obligara a cambiar el lugar donde vivir, la manera de vivir y el propio vivir.
Wia sólo recurría a ellas en los momentos de confusión absoluta, cuando todos sus recursos se habían agotado.
Les pedía permiso y consultaba.
Quizás fuera una posición un tanto radical, pero ella lo prefería así, no quería ser dependiente y aunque sabía que no era cierto del todo, le gustaba creer que le guiaba el libre albedrío.

Tras haber ordenado y estudiado todas las notas sobre los dèjá vus las había retirado de la mesa del comedor, dejándola limpia para acoger sus runas.

Se sentó ceremonialmente, como en ninguna ocasión precedente aunque, como siempre hacía antes de sacarlas de su saquito, solicitó a las piedras su consentimiento para utilizarlas al tiempo que les demandaba claras respuestas.
A pesar de eso, siempre aparecían mensajes menos importantes que debían ser obviados para no difuminar las auténticas certezas.

Sobre su personalidad y comportamiento apareció Raidho, significaba viajes y en este caso, una oportunidad memorable. A Wia no le extrañó que apareciera en la primera casa. Se refería tanto a la atracción por el viaje como a la posibilidad de que se presentara. En efecto eso iba a ser el primer paso, un viaje.

Wia lloraba, agarrada al volante de la Fiat, se dejaba ir.
Si uno es las cosas que tiene, toda ella estaba almacenada en esos cinco metros y eso era lo suficientemente triste como para dar rienda suelta al lagrimal.
El notario firmó la venta, sus amigos se despidieron, los paneles de la autovía eran los que veía cuando se iba de excursión.
“Ya está hecho Wia, ya no hay que llorar, es momento de afrontar.”

Isa en la tercera casa le hablaba del final de un tiempo, simbolizaba un final causado por algún motivo fuera de su control y a ese algo, era a lo que debía someterse.
Debía mostrarse valiente y aceptar el cambio.

Llevaba meses intentando aceptar el cambio.

A cada kilómetro que recorría más le pesaba todo y todo había comenzado por unos estúpidos o lo que quiera que fuesen sus malditos dèjá vus.
Creía haber tomado la decisión de manera adecuada, investigando, comprobando, sintiendo… y vuelta investigar.

Acerca de la creatividad, Lauguz quizá señalaba hacia sus últimas “premoniciones”, ¿un talento psíquico que no se ha desarrollado completamente? “Quizás tengas razón querida piedra” había pensado Wia sonriendo al ver la tirada (a veces ellas le sonreían también).

La quinta casa le animaba a seguir por el mismo camino, conectada a su intuición.

Mientras estuvo en su casa el problema no existía. Observaba las runas que le habían de transportar, que le hablaban de una misión, de un futuro que cambiar.
Estar conectada a tu intuición es muy fácil.
Mientras estuvo en su casa, el problema no existió.

Sentada al volante se sentía idiota, como si estuviera en un programa de cámara oculta y encima lo supiera. ¿Una misión? ¿Cambiar el futuro? ¡Cómo puedes ser tan idiota!

¡Estás sola!

¡Pero sola, sola, sola! ¡Estás SOLA querida imbécil!

Estaba sola mientras le golpeaba su ataque de pánico, mejor dicho, le estaba dando una paliza y aún no había recorrido los primeros cincuenta kilómetros.
Wia persistió en el intento de frenar su histeria repasando la tirada.
Su histeria le estaba trabajando el hígado, debía fajarse, era imperativo recuperar la calma y no tenía mejor manera que esa. Había decidido y su ansiedad debía asumirlo.

Berkana significa despertar, le hablaba sobre un nuevo comienzo, un renacer. Era un signo positivo que también solía aparecer para referirse al momento de tener niños… aunque no era el caso, no había niños sonrientes en esta historia.
Berkana apareció en la séptima casa: amor y romance. No esperaba encontrar romance en su viaje pero quizás el amor guiaba su caravana, al fin y al cabo, su acto era tan estúpido y descabellado que tal vez sólo lo pudiera explicar el amor.

Debía recuperar la calma y decidió parar tras estar a punto de arrugar el maletero del Daewoo a aquel señor mayor que conducía por tres carriles a la vez.

–¡Viejo tenías que ser! –Le gritó Wia fuera de sí–.

Mientras la Ducato tomaba la salida hacia la gasolinera, el señor mayor continuaba su viaje sin percatarse de nada y sin molestarle conducir estando tan cerca del volante.

Al sacar la llave del contacto reparó en el cuentakilómetros auxiliar, aún no contaba tres cifras y ya se había detenido.

En el aparcamiento, a dos lugares del suyo, se encontraban un par de furgonetas con familias compartiendo tupperwares de tortillas de patatas y lomo rebozado, algo de ensalada y fruta (“Ya vamos tirando y lo que nos hemos ahorrao”), dos puestos hacia el otro lado, un motero abochornado se afanaba en reparar la correa de la mochila que se le había roto mientras sus compañeros le regalaban unos cientos de consejos al tiempo que uno de ellos ponía cara de “siempre que viene éste la jodemos”.

Wia atravesó el grupo de moteros en dirección a los servicios.

Tomando la metáfora a lo literal, Wia metió la cabeza bajo el grifo y dejó el agua correr sobre su nuca. Al incorporarse, dejó que el agua helada se escurriera por su espalda.
Ahora tenía la cabeza fría.

De vuelta a su casa rodante, Wia rebuscaba en su bolso.
El motero en problemas intentaba sujetar las correas de su mochila con la grapadora que le había dejado el dependiente de la gasolinera. Wia se detuvo a su lado y le dio una mini bobina de hilo y una aguja.

–Con esto te irá mejor chavalote –le dijo Wia sonriendo–.

–Gracias –contestó el motorista– me has salvado la vida.

–Me dedico a eso ahora –repuso Wia riendo–.

Wia subió a la autocaravana mientras escuchaba las risas que producía el enhebro de una aguja. Este simpático momento, junto con el agua que seguía escurriendo acabaron de poner a Wia en su sitio. Lista.

Algo más de ciento cincuenta kilómetros por delante y alguna que otra parada por hacer.
A última hora de la tarde comenzaría a llover y ya estaría en carreteras secundarias… calculó que llegaría de madrugada, pero no sería problema, después de todo estaba en su casa, tenía dónde dormir.

Tras sentirse lista antes de marchar de su casa, el ataque de pánico había modificado su plan de ruta más de lo pensado, no recordaba a qué velocidad había recorrido esos tristes cincuenta kilómetros que señalaba el marcador pero tuvo que ser bastante baja. Ahora se sentía lista de nuevo… y esperaba estarlo de verdad.

Ante todo debía tener la mente clara porque no sabía a lo que se enfrentaba, había visto muchas cosas desagradables, pero sobretodo gente dominada, gente utilizada.

La decimotercera casa era la suma de toda la tirada, el mensaje.
En la decimotercera casa estaba Ehwaz (caballo).
El mensaje era el más claro posible máxime si se unía con todo lo que le había estado sucediendo.
Como el resto de runas, hablaba de viajes, de iniciar un proyecto y de estar capacitada para ello. Pero no estaría sola, Ehwaz llamaba a la unión de los opuestos en pos del bien común, de dos fuerzas que caminan en armonía hasta el final.
Era la runa de la confianza y de la lealtad, la misma que premiaba su esfuerzo al tiempo que le animaba a continuar por ese camino, a no abandonarlo y seguir creciendo.
Wia supuso que sus dèjá vus eran la parte del premio.
Astrológicamente esta runa se relaciona con Mercurio, la representación de nuestra capacidad de comunicar o, mejor dicho, como pensaba Wia, de nuestra capacidad de conectar.

El grupo de motoristas le adelantó por la izquierda dedicándole toda clase de ráfagas, V´s y saludos al uso que ella respondió de buen humor, agitando la mano como si fuera La Reina en su Fiat Ducato.

Se quedó en el sitio del bloqueo, cuando tras Mercurio no había poco más que niebla.

Tenía la sinopsis de la película que debía vivir:
En aquella casa había visto un Maestro y un aprendiz. Ella se uniría a ellos para combatir contra una especie de secta que doblegaba voluntades a placer para fines… desconocidos. El resultado era confuso, guerra y muerte, pero no sabía para quién.

A grandes rasgos esta era la hipótesis de Wia, pero sus visiones le habían proporcionado imágenes de gente con el cerebro apagado, de capas negras, de muerte, de niños robados, de miedo, de celdas, de lágrimas, de sangre en campo abierto… esa ¿guerra? no acababa ni comenzaba, las imágenes no parecían circunscribirse a unos años, creyó ver a gente de principios del siglo XX al tiempo que veía al aprendiz llegar a la casa.
Cerca, muy cerca, sobrevolándolo todo, se encontraba un hombre malo, tal vez dos.

La velocidad de crucero volvió a bajar.

Horas más tarde, tras la cena y una nueva recomposición bajo el grifo, Wia recorría la carretera que le llevaba hacia la casa de El Empático.

A vista de pájaro había visto la costa, era fácilmente reconocible.
Había visto la carretera y en ella, sólo una casa la estaba llamando a lo lejos y que también reconocería.
Wia aminoró hasta casi pararse, la casa se estaba acercando y a pesar de haberla “visto”, suponía que el acceso no estaría señalizado como:

“La casa de tus visiones 0.5km”

Encontró la entrada y sobre el estrecho camino de gravilla situó su autocaravana con cuidado, avanzando lentamente a pesar de las enormes ganas que tenía de bajarse y correr hacia la puerta como una loca.
Wia maniobró frente a la casa y estacionó el vehículo a un lado pero ya dispuesto para salir de frente, por si acaso.
Ese tiempo que se tomó para aparcar, también esperaba que sirviera para despertar a los habitantes de la casa y no asustarlos llamando al timbre a esas horas, eran ya cerca de las cuatro de la mañana.

Al ver que no se encendía ninguna luz, Wia se decidió a salir al exterior y subir los peldaños para situarse frente a la puerta de Jaime… nerviosa y ansiosa como tantos otros antes que ella. Como Carlo ayer mismo.

Wia llamó delicadamente a la puerta. La casa permanecía a oscuras y en silencio. Con la mano temblorosa gracias al miedo y al frío helador de esas horas, llamó al timbre. Nadie respondió.

Dos minutos después cerró su autocaravana y ya (a salvo) en el interior preparó su cama para dormir. Quizás todo fuera mejor a la luz del día.

Como al niño al que le aplazan el examen para el día siguiente, Wia pudo tomarse un pequeño respiro, en lugar de sufrir más ansiedad por el momento que no llega, pareció desconectarse a sí misma, harta ya de pensar.

Wia durmió muy bien esa noche.

April 9th, 2007 at 9:50 pm