–¿Carlo, cogemos tu coche o el mío? –Preguntó El Empático cerrando la puerta a la que tanta gente llamaba–.
–El mío –Respondió risueñamente el psiquiatra– me pagan los gastos
El Empático rió de buena gana y subió al Ford Fiesta “de Carlo”.
Salieron de la casa, descendieron hasta el pueblo y lo atravesaron. Carlo vió el “centro”, el puerto y luego observó que lo abandonaban. Jaime lo guió por la comarcal hasta un letrero de neón en medio de la carretera.
–Jaime ¿nos vamos de putas? ¡No me jodas hombre! –Carlo estaba ligeramente sorprendido, esperaba un tugurio portuario en el que todos los clientes, al entrar El Empático, intercambiasen miradas y comentarios entre el miedo y la admiración. En lugar de eso, estaban en el aparcamiento rodeados de trailers y de monovolúmenes con parasoles de dibujos animados en las ventanillas traseras–.
–Carlo, hijo mío, en Nueva York podrás ir adonde quieras a esta hora, pero en mi pueblo sólo queda esto abierto, lo tomas o lo dejas… y tampoco tienes por qué tomarlo todo –Le contestó Jaime mientras saludaba al portero muriéndose de risa–.
El Empático preguntó al encargado si podían disponer de la mesa de Vázquez. Parecía que estaba libre y allí se sentaron, bastante apartados de los tocamientos, bajo la escalera que subía hacia arriba, junto a la puerta de los lavabos.
–Bonita mesa –Dijo Carlo burlón–.
–¡Ay pajarillo! –Le contestó Jaime más burlonamente todavía– de no sentarnos en esta mesa tendríamos que hablar de tu señor extraño mientras nos andan sobando y la verdad, es que no pega nada.
–¿Acaso esta mesa es inmune?
–Se puede decir que sí amigo Carlo. Suele estar sentado un tal Vázquez, una especie de filósofo o un alcohólico que aún recuerda cómo se escribe. Normalmente viene aquí, se toma unas cuantas y se dedica a rellenar unos papelajos que siempre lleva con él. Se deja mucho dinero y nunca pone problemas, por eso le reservaron esta mesa, que usamos los demás cuando él no viene, esta mesa viene a decir “¡ey! Que sólo vengo a tomar algo…” pero esta historia no interesa para nada.
–Ciertamente –respondió Carlo incorporándose un poco– ¿me explicas el motivo de la llamada del señor Sensaciones Pop? Ese es su último nombre ¿no?
–¡Ja, ja, ja! –Jaime no recordaba un día cercano en el que hubiera reído tanto– en realidad Shibuya son Sensaciones Pop, pero tampoco le hagas mucho caso, está un poco obsesionado con la música.
–Esa llamada te ha descolocado –Carlo quería las respuestas más gordas del día después de una buena sesión de alcohol. Eso iba a costar lo suyo y máxime teniendo en cuenta que los ojillos de Jaime no se centraban en su interlocutor más bien en las peras que iban danzando, pero él insistía– esa llamada te ha dejado perdido por haberse realizado y sobretodo por el contenido. Me gustaría comenzar a tener información Jaime. Espero que no te moleste pero tanto tú como él parecéis especialistas de la divagación… excepto cuando no os interesa.
–Cierto Carlo –dijo El Empático, apuntando sus achinados ojos hacia Carlo– aunque no es exacto del todo, somos especialistas de la información principalmente, la vena secundaria es esconderla. Son patrones adquiridos, perdona que te vaya dando esquinazo ¡es la costumbre! aunque tienes que reconocer que lo de “Sensaciones Pop” en tu boca y en tu situación es muy gracioso.
Pero no voy a dejar que te cabrees –Carlo seguía torciendo el gesto– te voy a dar explicaciones. Te explicaré lo que solicitan de mí.
El señor Sensaciones Pop me ha pedido mi colaboración al 100% como un último servicio. Después de esto quedaré libre por fin y tal y cómo me lo ha dicho, creo que es cierto. ¿Cuál es mi trabajo? Pues, como no es difícil de suponer, mi trabajo eres tú.
Debo potenciarte para que accedas a un nivel empático fuera de lo corriente. Así de sencillo.
Lo corriente, a lo sumo, es tener sensaciones. Yo haré que tú tengas certezas. Evidentemente te han traído a mí porque tienes cualidades y estoy de acuerdo en eso. Las tienes. Mi trabajo es ponerte a punto, liberar el “clack” de tu cerebro, cargarme tu autocensura, esa sobreprotección materna que tanto odias.
Una vez hecho esto, marcharás junto a Shibuya hacia la batalla. Normalmente no solemos plantear una batalla a la primera pero en tu caso parece que va a ser así, eso es algo interesante también.
La fuerza del enemigo se ha duplicado y eso no ha pasado nunca y aún menos, que debas enfrentarte a eso a la primera, pero nada en esta misión es normal, hay muchos condicionantes que todavía no te puedo explicar pero la raíz es ésta y es un esquema bastante básico:
Tú vienes, yo te entreno y ganas al malo.
Te enseñaré a ver los cerebros de los demás y el tuyo propio, así dejarás de resbalar por las manzanas de roja piel, de verde piel y de las que no tienen color. –Tras pronunciar estas palabras, Jaime se recostó en su silla de puti–club mientras la sonrisa de hombre extraño aparecía sus labios… ciertamente ambos provenían de la misma liga–.
Carlo hizo una pequeña pausa antes de responder.
–Como estoy bastante harto de quedarme sin palabras, he elegido éstas para poder decir algo –Repuso Carlo visiblemente sorprendido, las alusiones literales a sus propios pensamientos le habían hecho tener frío–.
–Tranquilo amigo, dentro de un tiempo no recordarás la vida en la que no podías meterte en la cabeza de los demás –El Empático degustaba el wisky tranquilamente–. Lo puedes llamar desinformación pero tampoco puedo explicarte muchas cosas más y conforme avances, ya no hará falta que yo te lo explique… viene a ser como la prueba del 9 ¿Lo entiendes?
–Entiendo que es una válvula de seguridad, pero tranquilo, no preguntaré cosas que no sepa sólo pediré por las que sé.
–Eres bueno, Carlo, me pones cachondo y mira que estamos en el lugar apropiado.
Carlo lo intentó con un par de preguntas más, pero Jaime se abandonó al ambiente y permitió que la mesa de Vázquez se llenara de gente… por llamarlas gente.
Visto que esa noche, no iba a obtener más respuestas, Carlo se levantó de la silla y se dirigió a la barra a pagar sus copas. Una vez pagadas le mostró a Jaime las llaves del coche y se dirigió a la salida sin mirar atrás.
–Carlo, no pensaba que eras un antipajas –Dijo El Empático mientras se abrochaba el cinturón en el Ford Fiesta–.
–Digamos que lo que soy es un tío que se muere de sueño y que no sabe cuál es su habitación. O sea que nos vamos a dormir.
Carlo tenía buena memoria y pudo volver a la casa sin la ayuda de Jaime… sin la ayuda del dormido Jaime.
Carlo abandonó la carretera y acometía el camino de tierra que llevaba “a casa” cuando, estúpidamente, pisó con fuerza el freno del coche que bloqueó las ruedas delanteras dejando dos surcos en la arenilla.
–¿Qué ha pasao? –Dijo violentamente El Empático volviendo de muy lejos–.
–Despierta y mira lo que te ha crecido en el jardín –Dijo Carlo de mal humor–.
Jaime vió la autocaravana de Wia, aparcada a un costado de la vivienda. No había luces ni señales de ningún tipo. Carlo se había puesto algo nervioso, El Empático lo intentó calmar aunque con poca fortuna.
–Carlo –dijo El Empático con voz pastosa– más gente que viene a verme ¡qué sorpresa! ¡Menudo susto me has dado! Anda, aparca el coche, metámonos en casa y mañana ya veremos con quién desayunamos.
Mientras Jaime buscaba una llave en el llavero como un relojero manipula un engranaje, el psiquiatra se puso de puntillas para observar a través de las ventanillas de la autocaravana y confirmar que no veía una mierda. Debería esperar a la mañana siguiente que casi estaba a punto de llegar.
El Empático le condujo a su habitación (a la suya y a la de algunos otros) mientras intentaba dejar de tambalearse. Carlo lo mandó a la cama mientras le aseguraba que podría encontrar el pijama en el cajón de los pijamas.
Jaime salió de la habitación chocando contra el marco de la puerta mientras Carlo pensaba en su ausencia de equipaje. Quizás antes de ocuparse de la autocaravana debería preocuparse de la ropa interior que no tenía.
Absolutamente cansado, Carlo se dejó caer sobre la cama.















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