A vueltas con el hombre extraño

Esperar.
Dentro de la autocaravana hubo actividad a espuertas. Wia se había duchado, desayunado, tenía sus notas preparadas, la cama hecha y plegada, lo tenía todo a punto de revista y aún no eran ni las nueve de la mañana.

En ese momento, ya sólo miraba por la ventanilla esperando encontrar un indicio de movimiento, no quería salir hasta que llegara el momento de llamar al timbre de la casa de enfrente.
Pero nada.
Sentada, observaba y bebía de la segunda taza de café sin perder de vista la casa de sus visiones, allí mismo, delante de ella.

No fue hasta más de dos horas después (y vaciar la cafetera) cuando intuyó una sombra que cruzaba delante de la ventana.
Wia salió de la autocaravana y se dirigió a la puerta.

Llamó delicadamente a la puerta y unos pasos le confirmaron la sombra que había creído ver. Tras los pasos, las bisagras giraron sin hacer ruido.

–¡Hola! –dijo serena y solemnemente– me llamo Wia y creo que vengo aquí a morir.

Carlo, descalzo y vistiendo sólo una bata de Jaime, pensó que esa presentación era mucho más digna que la suya; su “Me han dicho que venga” aún le resultaba más vergonzoso ahora, casi tanto como la combinación de su atuendo, peinado y resaca.

–Hola Wia –contestó Carlo con la naturalidad de un vecino– ¿Quieres pasar?

Wia se sintió un tanto desconcertada mientras entraba en la casa. Había sido un recibimiento inesperado.
Carlo le hizo sentar en el sofá orejero de El Empático mientras le traía un café. Wia le dijo que no era necesario, ya se había tomado unos cuantos.

–No es para que lo tomes –Le contestó Carlo entre divertido y misterioso– es para que tengas algo sólido entre las manos, porque en esta casa, el resto es arena entre los dedos.

Carlo le sirvió el café y aderezó el suyo con algo de wisky ante la mirada extrañada de Wia.

–Normalmente no desayuno carajillos –se excusó el psiquiatra de forma simpática– pero lo mejor para las resacas es seguir dando un poco de alcohol al cerebro.

–Es algo que no he probado –dijo Wia sin entender nada de lo que estaba sucediendo– ¿te funciona?

–Normalmente suele ir bien, pocas veces me falla –sonrió Carlo sin dejar de observar los ojos de aquella mujer. Más que sus ojos, se fijó en la dirección que ellos tomaban, aquella mirada buscaba la escalera esperando que bajara alguien. Sabía que faltaba uno en la conversación. ¿Ella también sabía cosas? Carlo se molestó un poco.– Las respuestas que buscas no las guardo yo –le espetó directamente– por no tener, ni siquiera ropa tengo.

–Entonces esas respuestas las guarda tu maestro ¿no es así?

“Acabo de encontrar a otra persona que se sabe mi vida” pensó Carlo comenzando a perder la simpatía.

–Pues no sé si es mi maestro, aún no he decidido si me voy a escapar ¿pero te puedo preguntar cómo sabes eso?

–¿Escapar? –preguntó sorprendida Wia–.

–Sí, escapar. Insisto en repetir la pregunta.

–Preferiría responderlo cuando estemos todos, no me gustaría parecer maleducada pero será mejor así.

–Bueno, pues si tú quieres esperaremos, sólo una pregunta más por ver si sirve para tranquilizarme un poco ¿te manda Shibuya o alguno de ellos?

–No –repuso de forma tímida Wia– no conozco a nadie con ese nombre.

–Tampoco tiene por qué ser ese nombre –repuso veloz Carlo– los cambia a menudo, puede ser otro que comience por S y suene a Japonés.

–¿Sony? –Contestó Wia riendo–.

El chiste había hecho sonreír a Carlo que se resignó a esperar que El Empático despertara de la borrachera.

No vio nada de malo en explicarle a Wia los dos últimos días de su vida. Si era un empleado de Shibuya ya lo sabría y si no lo era, ganarían algo de tiempo puesto que de todas formas, lo tendría que acabar explicando. Así que comenzó su historia en su despacho de Barcelona y la acabó sentado en ese sofá.

Para Wia fue más de lo que esperaba. Estaba realmente sorprendida, el alumno había sido secuestrado y este era sólo su tercer día de “encierro”. Resulta que había llegado al principio de la historia, ella creía haber “visto” que su relación estaba más avanzada pero se había equivocado. “¿En eso y en cuántas cosas más te has equivocado?” se dijo Wia. Deseó que El Empático despertara de una vez para poder explicar su historia a ambos.

Wia se interesó vivamente en lo que su compañero de café le relataba. A pesar de ello Carlo observó que los gestos de sorpresa desaparecían en determinados pasajes, especialmente en los referidos al hombre extraño. No acertaba a ubicarla. ¿Qué demonios hacía allí? Era evidente que no había venido delante del Honda Civic pero también parecía esperar respuestas.

–Carlo, me dejas alucinada, no podía pensar que te hubiera sucedido eso, a tí y a tantos otros por lo que dices. Ese Shibuya asusta a cualquiera. ¿Entonces ahora debes comenzar tu entrenamiento o potenciamiento o lo que sea?

–Preferiría responderte a eso cuando estemos todos –respondió con sorna el psiquiatra– mientras tanto, podemos hacer una cosa que me será muy útil.

–¿Cuál? –Inquirió curiosa–.

–Ponte de pié.

Wia se levantó y Carlo se colocó frente a ella, la miró de arriba a abajo e hizo un gesto afirmativo. Le cogió ambas manos y le preguntó:

–Wia ¿me dejas algo de ropa?

Ella se echó a reír escandalosamente.

–No te rías –dijo Carlo sorprendido (y encantado) por la risotada–, más o menos somos de la misma talla y creo que en esa caravana puedo encontrar algo más digno que mi fondo de armario actual… sobretodo si estuviste algo embarazada y aún guardas la ropa.

–Para estar preso conservas muy bien el humor –contestó Wia sonriéndole–.

–Para ser psiquiatra es imprescindible ¿me llevas de tiendas?

–Te llevo, te llevo.

Acto seguido, ambos salieron en busca de ropa para Carlo.

El Empático, desde su ventana, los vio salir de la casa y entrar en la Fiat Ducato para vestir al psiquiatra.
Esa mujer era un problema.
Nunca nadie se había presentado en la casa viajando en su propio vehículo, siempre aparecían en coches “de empresa” y acostumbraban a ser un utilitario del estilo Ford Fiesta de Carlo.
Esa mujer llevaba una autocaravana.
Esa mujer había llegado de madrugada, fuera del horario habitual en la que acostumbraban a llegar sus visitas… y cualquier persona a un sitio.

El Empático los había estado espiando desde que Wia llamó a la puerta.
Los dos estuvieron en su sitio, quizás demasiado en su sitio. La situación era absolutamente extraña y ambos se comportaron como dos extraños profesionales. Sólo al final de la historia del secuestro se había generado una tímida confianza.

De Wia no pudo saber demasiadas cosas, quizás estaba demasiado enfrascada en la historia de Carlo.
Aunque no pudiera bucear demasiado, supo con certeza que no la enviaba Kraken. Eso la convertía en la primera persona que acudía a él por su voluntad y tal afirmación era una incongruencia descomunal., como el deportista que rechaza una medalla olímpica encima del podio.

“¿Vienes a morir? ¿Eres tan buena bruja que puedes saber eso y encima vienes?”

Porque eso era. Una bruja. Era una bruja que lo había abandonado todo para ir con ellos y encima, dispuesta a morir.

“Perdona si alucino guapa” –pensó El Empático sin saber a qué atenerse–.

Necesitaba hablar con ella cara a cara para obtener los detalles de su vida, para saber por qué había decidido abrazar la locura y meterse en su mundo. Desde el piso de arriba, con el yunque de la resaca y la mente de ella concentrada en la conversación con Carlo, era bastante difícil llegar a su cerebro y completar un informe… y no sabía si tenía ganas.

Dos días raros seguidos, ciertamente, volvía a la normalidad. Probablemente esa noche le llamaran pidiendo informes. Shibuya no le enviaba, estaba seguro de eso y de que recibiría la segunda llamada en su teléfono.

De vuelta al trabajo, para echarse a llorar.

Puesto que habían pasado unos minutos desde que sus invitados entraran en el “coche” de Wia y no quedarían muchos más, Jaime decidió darse una ducha y arreglarse un poco: Él debía hacer su aparición estelar en plan “Maestro”.
Eso era lo que ella esperaba y sería bueno complacerla.
La información vendría más fácilmente.

May 29th, 2007 at 7:06 pm