A pesar suyo, siempre había tenido que impartir y acudir a charlas y convenciones, la formación continua (y aparecer en todos los fregados) eran otras de las múltiples obsesiones del hombre extraño.
Jaime había presentado su ponencia titulada “Mano Empática” más de doscientas veces. La primera vez en 1980 o eso recordaba.
Treinta años después, su literatura aún constituía la Biblia de todo potenciamiento. La charla era un resumen de unos ochenta minutos pero Jaime había escrito una serie de tres libros desmenuzando toda la teoría y poniéndola en práctica con cientos de personas.
En aquellos congresos, verdaderos incautos se obnubilaban con el discurso de El Empático y se proponían para entrar en su equipo. Eran gentes de otros departamentos, trabajadores de los recintos feriales o familiares de los empleados sin nada que perder. Jaime siempre aceptaba un cinco por ciento más de los que se lo merecían, estimaba humildemente que era su margen de error y en realidad, siempre hacía falta gente.
Llegó un momento en que Shibuya y él se convirtieron en los responsables de la organización en el sur de Europa. Eso no fue difícil, desde el principio, no cometieron errores, todo era un éxito tras otro.
Podían haber llegado a dirigirlo todo de no ser por los nórdicos, que acostumbran a desconfiar de los que no lo son… y aún los hacían más ante ellos dos, eran demasiado fuertes como para no tener que controlarlos de alguna manera.
Trabajaron muy duro para llegar y mostrarse como alternativa válida pero siempre los ningunearon.
Resultaba muy curioso que el principal obstáculo para llegar a la cumbre fuera la pura envidia, un signo muy “sureño”, pero así fue.
Una de las pocas veces en las que a Jaime se le fue “La Mano Empática” sucedió frente a los nórdicos, justo en el momento en que el debate de tres días para discutir sus ascensos como “Europe Manager” había llegado al punto en el que todo el mundo ya se sentía ganador o perdedor.
El Empático, en su penúltimo turno, erguido en el estrado, defendía sus trabajos y sus opciones de la demagogia en la que los estaban hundiendo. Sabían que sólo les negaban el puesto por celos. Eran unos españolitos poco “tipycal”. Eran muy poderosos y con un currículum inmaculado. Podían variar el ritmo de las cosas, cambiar los pilares a voluntad. Quizás producir demasiados cambios.
Los “General Managers for North Europe”, Nikko Orig y Petra Retssera, eran sus rivales en la carrera hacia la dirección del sistema. Puesto que sus méritos eran menores, se dedicaron a hacer política del estilo “que viene el coco”.
Ambos invirtieron mucho tiempo en amedrentar a los consejeros, en asustarlos, en mentar a los cambios, en decir: “yo soy mediocre, todo seguirá igual, sólo necesitamos unos pequeños ajustes, nuestros culos a salvo aquí y Allí…”
Si de las facultades de Shibuya dependiera, habrían conseguido el puesto, pero nunca tuvo intención de usar otra arma que los méritos propios. En ese ámbito, utilizar las habilidades para su provecho político era algo socialmente rechazable además de estar prohibido y castigado.
Jaime lo comprendía a medias. ¿No eran reprobables las comeduras de pollas? ¿Es que no lo eran? El Empático sabía que mucha gente nace con esa habilidad ergo también debería estar penada, pero no, el politiqueo barato estaba bien visto.
En el alegato del penúltimo turno, Jaime insistía en solicitar el voto basándose en los innumerables expedientes resueltos con rapidez y eficacia. Estaba exponiendo un resumen conciso y demoledor de todos sus haberes pero sentía al auditorio tremendamente ansioso de finalizar el congreso, esperando votar a los de siempre para ir corriendo al hotel y de allí, a la última cena y a las putas.
Había preparado sus ponencias y réplicas a sabiendas de que los iban a tumbar, de que el jefe no iba a hacer nada por variar el resultado y que no le permitiría que él lo hiciera.
El chairman le interrumpió en un par de ocasiones para un “esto no toca” y un “vamos acabando”.
Jaime comenzó a agitarse internamente mientras la segunda interrupción del presidente del congreso era seguida de risotadas de aprobación por parte de la audiencia.
Además de verlos y escucharlos, los sintió a todos riéndose de ellos, hiriéndolos. Eran patéticos politiquillos, quizás algún día hubieran poseído algún destello de poder pero en ese momento sólo eran simples engranajes, pequeños dientes sobre los que giraba la cadena.
El Empático dejó de apoyar a la organización en aquel momento. Al instante sintió la mirada del hombre extraño y se giró tranquilamente hacia él para confirmárselo.
“Esto se acabó Sujai”
“Jaime, lo de esta gente no importa, es sólo una advertencia para los que están arriba del todo, ya ves que los tenemos asustados, tranquilízate aún quedan unos años para nuestra meta”
“Olvídalo, para mí no hay meta, yo me bajo aquí”
“Jaime…”
“Silencio, voy a despedirme”
Sin dejar tiempo de réplica para su jefe, El Empático extendió de forma amenazadora una mano hacia las butacas aunque sólo para llamar la atención, la mano que le hacía falta no era esa.
Tras aquellas risas se pudo escuchar algún tenue murmullo pero el silencio se hizo ensordecedor casi al instante.
La mesa del congreso llamó al orden a Jaime, recordándole las reglas del juego. Éste respondió dejando los ojos en blanco al presidente que se derrumbó sobre su silla y cayó al suelo.
El resto de mesa presidencial quería correr hacia la salida pero se encontraron imposibilitados, no podían mover las piernas. Todos ellos comenzaron a gritar como posesos, mientras agitaban sus troncos cómicamente.
El Empático se dirigió de nuevo hacia los de las risas.
Puso en pié a todos los asistentes, uno tras otro todos los congresistas se levantaron mientras fila a fila, iba ascendiendo la ola.
No contento con tener al auditorio en pié, El Empático les hizo bajar la cabeza al mismo tiempo, en señal grupal de arrepentimiento.
Los nuevos paralíticos de la mesa presidencial continuaban profiriendo gritos, Jaime dirigió su mirada hacia ellos y en otro gesto teatral, los hizo callar acercando dos dedos de su mano izquierda a sus labios. Algunos comenzaron a convulsionarse, otros a llorar y un par se desmayaron.
El Empático no se extrañó, llevaban mucho tiempo fuera de la acción, ya no recordaban a qué se dedicaban.
Jaime se volvió hacia el silencioso auditorio (que continuaba puesto en pié y con la cabeza gacha) para continuar su alegato.
Se entretuvo todo lo que quiso, regocijándose en los detalles y enviando imágenes mentales a todos los presentes de sus méritos. Ellos eran los mejores, su trabajo era impoluto y no debía caber duda alguna.
El hombre extraño observaba a Jaime admirado. Pensaba que iba a perder los nervios y a hacer cosas como obligar a los congresistas a sodomizarse, a mearse los unos sobre los otros o a inflingirles cualquier otro tipo de humillación, pero no, los había hecho callar, pedir perdón y los había ametrallado mentalmente con todas las imágenes de sus misiones mientras acababa su turno con el silencio y atención que merecía.
Fue una gran puesta en escena.
Sujai conocía bien las habilidades de su socio aunque no por ello dejó de asombrarse al ver la manera en que dominó a más de mil quinientas personas al mismo tiempo mientras se ocupaba de detalles tan tontos como que el personal de la traducción simultánea, sonido y video siguieran realizando su trabajo. Las azafatas, con su habitual discreción, rellenaban la copa de agua del ponente.
Pocas imágenes le habían impactado tanto.
¿Hasta dónde iba a llegar? ¿Hasta dónde le iba a dejar llegar?
Las mil quinientas personas eran todo oídos para Jaime que al llegar al fin de su turno pidió el voto a mano alzada en dos ocasiones.
En una primera ronda se solicitó el voto profesional y en una segunda, el político.
El voto profesional los catapultó a la cima, el político, les dejó unos mil trescientos votos por debajo de los ganadores.
Jaime concedió la presidencia a Nikko y Petra y los hizo aplaudir de forma grotesca, como un par de marionetas, acto seguido los sacó de sus asientos y acercándolos al estrado, observó entre sádico y divertido, cómo sus caras de terror miraban a sus piernas intentando detenerlas.
“Jaime, cuidado”
“Déjame tranquilo coño, no les voy a hacer nada”
Una vez Nikko y Petra compartieron atril, Jaime les hizo explicar toda su patética conjura contra ellos para apartarlos del lugar que, por méritos, les pertenecía.
Ambos explicaron al atenazado auditorio, todos los movimientos que habían realizado por debajo de la mesa y que prácticamente todos ellos ya conocían y aceptaban.
Jaime les conminó a solicitarles perdón, tanto a él como a Sujai (cosa que hicieron al momento) y los devolvió a sus sitios mientras pedía un fuerte aplauso para los nuevos managers. Los congresistas los ovacionaron con una serie de sonidos desacompasados, como si estuvieran en una conferencia para aprender a aplaudir.
El hombre extraño se retorcía de risa en su butaca, había sido un gran espectáculo. Nadie había resultado herido, su trabajo estaba reconocido por todos y lo más importante, ellos ya sabían con quién se estaban jugando los cuartos. Todos pensarían que si Jaime era capaz de hacer eso él solito siendo el número dos ¿qué no sería capaz de hacer él?
Pasó por su mente la idea de liberarlos a todos, era una gran manera de demostrar su poder, pero no quiso hacerle ese feo a Jaime, simplemente le pediría que lo hiciera… incluso era mejor eso, sólo de palabra, sin otras artes.
Las mil quinientas personas volverían a tener dominio de su cuerpo si él se lo solicitaba a El Empático y éste le obedecería, para ellos eso sería aún más aterrador y para él, la guinda del pastel.
Frente al espejo, despeinándose con cuidado sus canas, Jaime rememoraba el día en que dejó la organización… por primera vez.
Esperaba que ésta fuera su última vuelta a la misma. Debía ser la toma definitiva de su libertad.
Jaime vestía una impoluta camiseta blanca bajo una vieja camisa de leñador y unos tejanos desgastados en plan abuelo moderno. Podía parecer tanto un Maestro como un lampista al que no le alcanza la jubilación y hace faenillas, la diferencia estaba en aquellos pequeños ojos marrones, esa mirada de la que no podías esconderte constituía por sí sola su mejor traje de Maestro.
Jaime los vió en el espejo. Siempre estaban ahí. Escrutándole incluso a él.
Bajó las escaleras de forma tranquila para darle a Wia la presentación y el tempo que necesitaba.
Le gustaban soberanamente los primeros encuentros, eran un melón sin abrir, a veces se sentía sorprendido y en ocasiones (la mayoría) bastante defraudado, pero el primer encuentro siempre era excitante o como mínimo, los segundos previos.
Wia y Carlo se encontraban de nuevo en el sofá con pocas cosas que decirse que no versaran sobre los nuevos trapos del psiquiatra o sobre el menú de ese día. Carlo no necesitaba conversaciones de ascensor en medio de ese follón, pero esperaba resignado a que bajara el viejo.
La bruja se puso en pié en cuanto vio descender a Jaime por la escalera.
Éste sintió su tremenda impaciencia al tiempo que la saludaba con una mano y estiraba otra hacia ella.
La voz que habitaba en sus ojos le decía que si bien sería posible dejar la organización de manera definitiva, nunca podría dejar de ser quien era.















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