Los podía ver gesticular a través de la ventana, llevaban unos minutos haciendo mímica el uno frente al otro y no parecían tener intención de pasar adentro. Wia observaba impaciente mientras concluía la preparación de la cena. Puesto que no tenía idea de las preferencias culinarias de sus “compañeros”, se había dedicado a hacer un poco de todo, por suerte para ella, Jaime tenía una nevera bastante repleta y pudo cocinar prácticamente todo aquello que le apeteció.
–¡Pues sí que tienes comida! ¿Vive más gente contigo?
–No Wia, vivo solo pero de tanto en tanto tengo visitas inesperadas que vienen con hambre –Había comentado El Empático entre risas–
–¡Oh, claro! –Wia se daba cuenta de su error al tiempo que se sentía ridícula, sensación recurrente en esos días– ¡Qué metedura de pata!
–No te preocupes guapa, no eres la primera persona que me hace ese comentario –Dijo el viejo de manera afable–. Bueno, voy a ver si ya se ha cargado este cacharro y puedo llamar.
Dicho esto, Jaime salió de la casa para hacer su llamada y (supuso Wia) para ir por fin a buscar a Carlo y poder curarle las heridas. Hacía horas que Wia lo había visto a través de la ventana de su habitación y pese a su insistencia el viejo se negó a bajarle del árbol antes de tiempo. Precisamente su ventana tenía unas bonitas vistas al Roble Negro. Fue casi lo primero que vio al entrar, un árbol asomado a la ventana.
El Empático le había enseñado su habitación un par de horas después de dejar al psiquiatra a los pies de su prueba:
–¡Espero que no venga nadie más, que la siguiente habitación es la de los trastos y no la ordeno desde el setenta y tres! –Dijo el dueño de la casa–.
De esta forma pasó la tarde subiendo sus cosas de la autocaravana a la habitación. Jaime no le ayudó (tampoco quería pedírselo) le dijo que tenía que hacer unas compras y regresó al cabo del rato con un teléfono portátil… parecía que alguien necesitaba privacidad.
Mientras trasteaba con sus pertenencias pensó en que ni El Empático le había ofrecido la habitación ni ella había sopesado dicha propuesta.
Él le enseñó la habitación y ella se puso a subir cosas. Así de simple. Era evidente que necesitaría una habitación puesto que tenía un papel en esa historia, un papel escrito por el hombre extraño. Aún sentía las palabras de Jaime en sus oídos.
No quería mostrarse demasiado inquieta pero así se encontraba. Tenía muchas ansias de saber y viendo cómo habían tratado a Carlo frente al árbol no parecía que en esa casa se dieran rápidas respuestas. Se propuso ser paciente aunque se comiera las uñas hasta la primera falange. El definir su estado como de inquietud había supuesto la primera piedra de la pirámide zen que pensaba construirse… ¿inquietud? Vulgo histeria.
La habitación tendría unos ocho metros cuadrados, más que suficientes para la cama y el armario que moraban en ella. Unos muebles robustos, de madera de cerezo y con ribetes en otro tono cerezo más oscuro. Clasicote al máximo, como los muebles de casa de tu abuela. Improvisó un pequeño escritorio formado con dos pilares de sus cajas y a modo de sobre, una puerta rescatada de una pira de maderas que Jaime tenía apiladas en un lateral de la casa, en la parte opuesta a su habitación y al árbol. Sólo le faltaba una silla y la tomó prestada del salón.
Ya tenía un espacio para que rodaran sus piedras y demás compañeros. Pensó en sacar sus cartas y hacer unas tiradas pero cada vez le resultaba más difícil estar en la habitación y no mirar de reojo lo que Carlo estaba haciendo. Con su escritorio enfocando directamente hacia el Roble se hacía inevitable.
La escena se situaba a unos diez o quince metros de su nuevo espacio vital y entre la distancia, la miopía incipiente, las ramas y las hojas, más que mirar, oteaba. Se le ocurrió usar la cámara de fotos a modo de telescopio.
La puso sobre una caja de zapatos para tener algo de estabilidad porque al exprimir tanto el zoom, cualquier movimiento de la mano se convertía en terremoto de nivel nueve en la pantalla de la cámara. El invento funcionaba a medias pero le permitía ver más que sin él.
Carlo estaba hablando. Lo veía sentado en la terraza de la casa del árbol y parecía conversar animadamente. ¿Con quién leches hablaba? Lo preocupante del caso es que de tanto en tanto, se desplazaba por el árbol como un chimpancé del Discovery Channel para luego volver a la casa y sentarse de nuevo cómodamente en la terraza. Wia había visto muchos documentales y no recordaba ver a los monos sangrando como toros de lidia. Carlo acababa de salir del picador con unos buenos chorretones y le esperaba el banderillero. No entendía nada.
Permanecía en sus ensoñaciones cuando ya sus dos compañeros de casa habían entrado y se dirigían a buscar el kit del árbol. Carlo apareció malhumorado mientras que Jaime se mostraba visiblemente satisfecho, quizás con toda la intención.
–Carlo ¿estás bien?
–Bueno –contestó el secuestrado lacónicamente– creo que estaré peor, son sólo unas rascadas pero molestan a base de bien. No te preocupes Wia, no son ni la milésima parte del problema.
–Wia –terció Jaime abruptamente– ayuda a Carlo con las curas mientras yo acabo de preparar la mesa, tienes todo lo necesario en el botiquín.
Dicho esto, El Empático los dejó solos y bajó al comedor a mover platos y hacer ruido mientras estiraba su mano empática de manera automática.
–¿Te ayudo, Carlo?
–Tranquila, me basto solo para estas cuatro heridas. Menudo primer día el tuyo ¿eh? El mío acabó en una casa de putas, vete a saber cómo lo acabas tú. –Wia pareció no entender la gracia– Wia, es una broma –acarició Carlo verbalmente– si eso sucedió ayer por la noche ¡ja, ja, ja!
–Te veo muy animado, cuando entraste parecías cabreado.
–Sí, pero sólo con Jaime, no contigo.
–¿Qué te ha dicho?
–No es lo que dice sino lo que hace y aún peor que eso es por qué lo hace –El psiquiatra hizo una pausa dramática– definitivamente… por qué lo hace es lo que me encabrona.
–Carlo, estoy muy perdida, no me ayudes más todavía.
–Sí, es cierto, lo siento, luego si quieres nos acercamos al pueblo y te lo explico entre copas. No es demasiado bueno que hablemos aquí aunque creo que tampoco será bueno en otro lado. De todas maneras me parece que se me está pegando la afición por el enigma de esta gente, te acabo de contestar para liarte más todavía. Mira, mejor te lo cuento después, no me hagas caso ahora, que todavía estoy aterrizando del árbol.
–¿Me explicarás lo que has estado haciendo en el árbol también? –Inquirió Wia curiosa–.
–¡Claro que sí! –repuso Carlo con una gran sonrisa– y lo primero que te diré es que no hay ninguna casa en el árbol. No hay nada, ramas y más ramas como dicen las marcas en mis manos y brazos. Sigo hablando como ellos, perdona de nuevo, pero ves a mirar por tu ventana si quieres, te aseguro que la casa ya no está.
Wia dejó a Carlo envuelto en sus últimas curas y pensamientos para dirigirse a la ventana en la que se le había pasado la tarde. ¿Era posible que no estuviera la casa?
Al entrar en la habitación supo que sí, era posible, no sabía cómo pero ciertamente… era posible.
Se acercó a la ventana y la abrió brevemente para contemplar un Roble Negro sin casita incorporada. El Quercus Pyrenaica Willd no atendió sus miradas, aún no era nadie.
Wia respiró profundamente y dió media vuelta.















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