A vueltas con el hombre extraño

Tras la cena, El Empático se retiró a sus aposentos sorprendentemente pronto y los dejó solos. Carlo subió a su compañera de encierro en el Ford Fiesta gentileza del Señor S y partieron a la búsqueda de un bar. Como suele suceder, dejaron que las trivialidades llenaran el paseo hasta la mesa y las copas, nada parece ser tan importante como para explicarlo en un coche en marcha, quizás es que no puedes mirar a los ojos, tal vez necesitas algo entre las manos que no sea un volante o un cambio de marchas o puede que no quieras perder detalle, el detalle es importante: Carlo lo sabía por sus pacientes y Wia por Paulo Coelho o algún maestrillo con su librillo… tal vez fuera una simple convención social de pura educación.

No necesitaron llegar a la carretera del Club (puti) para encontrar un bar decente y tranquilo, quizás no cerrara todo lo tarde que necesitaban pero ya era algo. Se acomodaron en su mesa y pidieron sus copas.

–Ya lo tenemos todo Wia, podemos comenzar.

–No sé por dónde Carlo, no lo sé.

–Bien querida –dijo él en tono serio– lo primero es reconocer que no tenemos muchas opciones y lo segundo es saber qué coño hacemos porque la cosa está jodida.

–No había ninguna casa.

–No. No la había. Me he pasado toda la tarde en ella pero no, me equivocaba, bueno, más bien me/nos equivocaron. ¿Te das cuenta de lo jodido del tema?

–Asusta Carlo, da mucho miedo. Si nos puede hacer ver eso ¿qué más nos puede hacer?

–Peor que eso Wia, Jaime tiene un jefe ¿qué no es capaz de hacer él que sí puede hacer el que le manda? Eso es lo que realmente me acojona, si el empleado me hace ver casas donde sólo hay ramas, los méritos para ser su jefe no me caben en la cabeza. De cualquier manera mi tema ya ha comenzado, mi potenciamiento o como quiera que lo llamen; falta saber qué te tienen preparado a ti.

–Yo también desearía saberlo, me he colado en la fiesta y Jaime ya me ha hecho saber que tendría un papel en la historia pero que aún lo desconoce. Espera la llamada de Shibuya.

–Se suele decir que todos tenemos un jefe y en esta situación, esa frase me pone los pelos de punta. ¡A quién se le ocurre! ¿Por qué viniste Wia?

Wia tuvo por fin la ocasión de explicarle su historia. Lo hizo de pé a pá y sin ahorrarse ningún detalle para dejar a Carlo más incrédulo todavía. Él no se esforzó en ser correcto.

–Pues si no me estás tomando el pelo te diría que eres una inconsciente con una vida vacía que estás dispuesta a llenar de cualquier manera pero como quiera que me he pasado la tarde subido en un árbol, no hablaré de antiguos criterios de salud mental.

–La salud mental creo que es algo a conservar –Dijo Wia entre la broma y la inseguridad–. Vine a evitar muertes y creo que mi predicción no es errónea.

Carlo se recostó un poco sobre la silla mientras acababa su vaso y pedía una nueva ronda.

–No te ofendas pero siempre he pensado que todas estas historias son un sacacuartos para madres preocupadas por sus hijos y para gente que quiere atribuir su fracaso o su insatisfacción a una conjura del universo.

–Es una reacción bastante habitual en la gente de tu gremio –contestó Wia en modo piloto automático– no me sorprende.

–Ya –repuso Carlo de manera despótica– y ahora me dirás que por cuatro farsantes pagáis la culpa los demás. No hablemos –Carlo dirigió con la mano un gesto de STOP a la bruja– de tu gremio y del mío, después de escuchar a mi árbol de confianza y habiendo conocido a algún hechicero de tribu, creo que entre todos los farsantes, algunos tenéis algo especial. Tu sola venida lo demuestra. Si realmente puedes atisbar qué nos puede suceder es bueno que estés aquí, mi potenciamiento seguirá de todas maneras y tal vez puedas avisarme de si nos encaminamos hacia algún desastre.

–Eso dalo por seguro –dijo Wia sorprendida por el pragmatismo de aquel secuestrado– ¿sólo es eso lo que vamos a hacer? ¿No tenemos ningún gran plan?

Carlo sonrió ante la bruja mientras dejaba otro vaso vacío sobre la estropeada mesa. El camarero accedió a servirle otra copa al tiempo que le recordaba que ya era hora de cerrar. El psiquiatra le pidió quince minutos más. El camarero se los concedió de mala gana pero cambió el gesto al recibir un billete azul.

–Tenemos un plan Wia y eso ya constituye una temeridad, no te digo lo que complicaría las cosas tener un gran plan. Sabes que esta gente que te puede hacer ver cosas que no existen pero ¿te has enterado también que entran en tu cerebro como el que se sube a su coche y se pone a tocar botones? Jaime me hizo una demostración muy clara de que se había metido en mi cabeza. ¿Cómo luchar contra eso?
Si piensan que pueden transmitirme su habilidad, lo mejor será absorberla hasta la última gota y ver si al menos soy capaz de enfrentarme a ellos en caso necesario. Lo que podrías hacer tú es intentar averiguar si existe alguna manera de bloquear nuestras mentes, mediante algún ritual o cualquier paranoia de tu gremio. Si lo pudiéramos conseguir nos sería útil si las cosas tienen que acabar como tú has visto. El primer peligro es que el Señor S también hizo carrera en lo tuyo. El segundo, que Jaime se va a enterar de esta conversación.
El tener un plan es una temeridad, dejaremos lo del Equipo A para la televisón.

–Entonces a lo que estamos jugando es al póker descubierto.

–Sí, pero con cartas marcadas Wia, siempre estaremos en inferioridad, no lo olvides. Ahora mismo no sabemos con qué te van a ocupar a ti. Esa es otra carta marcada que seguro que ya está en la baraja. Nuestro gran problema es que siempre sabrán nuestros movimientos, somos un libro abierto para ellos…

No era la primera vez para Carlo en la que verbalizando el problema, le sucedía la solución al mismo. Wia observó el cambio en la cara de su compañero.

–¿Qué se te ha ocurrido Carlo? –preguntó ansiosa–.

–Quizás un modo de protegernos aunque puede ser difícil de manejar. No sé por qué se me ha ocurrido tan tarde, era bastante obvio. ¡Qué lento soy!

–¿El qué, qué es obvio?

–Que si el libro tiene las páginas en blanco no puedes leer nada. Te digo que lo que tenemos que hacer es borrar los recuerdos “inoportunos”. Es de cajón.

–Carlo, eso me lo decías hace un momento pero tengo que investigar si hay alguna manera de hacerlo. No conozco ninguna que yo sepa.

–¡Pero yo sí Wia, yo sí! –Dijo él bastante excitado. Carlo llamó de nuevo al camarero y le pidió si les podía “dar” dos libretas de notas. El sorprendido empleado se dirigió a la barra y cogió dos tacos del montón que había junto a la caja registradora. Se las entregó al secuestrado a cambio de otro billete azul. También les dio dos bolígrafos al tiempo que les comentaba que no tuvieran prisa, la hora del cierre había cambiado. Carlo volvió a sonreir y pidió dos copas más mientras le entregaba a Wia una de las libretas donde se abreviaban a base de palitos cafés con leche y otras bebidas–. Aquí tenemos nuestra manera de guardar un secreto –le dijo a la sorprendida bruja–. Escribiremos todo lo que hemos hablado en esta mesa y lo compartiremos en nuestro próximo encuentro. Es muy importante que especifiquemos por qué no recordamos lo que está escrito aquí y por qué lo hacemos. Debemos crear un vínculo de confianza con nosotros mismos para que cuando mañana encontremos estas hojas en nuestros bolsillos queramos seguir nuestras instrucciones; puedes poner algo que sólo tu conozcas sobre tu infancia o cualquier recuerdo similar pero es fundamental que cuando encuentres la libreta te la creas y que no la leas hasta que sea necesario. Y aunque no hace falta decirlo… hay que esconderla muy bien.

–Carlo ¿qué es lo que quieres hacer? No te entiendo.

Carlo estaba seguro de que podía funcionar. No recuperarían el control pero podrían dejar de perderlo, serían algo más que simples muñecos. Tendrían un pequeño reducto de su mente a salvo, si las cosas se ponían muy feas era una pequeña posibilidad. Las posibilidades de cagarla eran numerosas puesto que no recordarían nada y andarían con una libreta encima que lo explicaba todo. Las primeras palabras de la libreta era fundamentales. Tenían que decirte que no leyeras la libreta pero que no la tiraras ¿Qué poner en esa primera frase para que poder seguir ese plan? (¿gran plan?) ¿Qué dejar para que encontrara Jaime? No lo podía borrar todo, el viejo esperaría saber algo de la conversación de bar. Intentó responder a Wia de manera tranquilizadora, acariciando las palabras pero el resultado fue un tanto brusco.

–Wia, querida ¿te han hipnotizado alguna vez?

December 8th, 2008 at 11:51 pm