A vueltas con el hombre extraño

–¿Esto es un secuestro?

–¡Carlo! –dijo sorprendido el hombre extraño– a pesar de no haberme extendido en detalles, no pensaba que usted se pudiera imaginar eso.

–Francamente, podría imaginar cualquier cosa o ninguna, no sé a qué atenerme.

–Pues, querido amigo, lamento comunicarle que prácticamente ya le he ofrecido toda la información que necesita.

Carlo preguntó por esa información restante pero el hombre extraño negó con una mano y permaneció en silencio.
No había podido ver bien el vehículo en el que viajaba, era de esos llamados “de representación” quizá un A8 o algo por el estilo, no estaba seguro. El chófer viajaba tras una ventanilla opaca y no podía ver el logotipo del volante.
El hombre extraño permanecía callado.
¿Cuánto tiempo llevaban en el auto? ¿Media hora?
Los cristales de las ventanillas traseras tampoco eran transparentes, cosa que no entendía, era una invitación al mareo. Carlo sólo podía orientarse por el tiempo transcurrido y por las veces que el coche se detenía. Cada vez menos.
Salían de la ciudad.
Pensaba que el hombre extraño no era tan extraño después de todo, si tuviera un nombre quizá pudiera hacer desaparecer todo lo extraño en él.
La verdad es que tenía una cara bastante normal, hay cientos de esas caras en el autobús. Debería estar sobre los 50 años y su índice de masa corporal estaba dentro de los límites, algo hacia abajo del límite en todo caso.
El rostro pétreo, las palabras que salían por su boca y especialmente la veracidad de las mismas, eran lo que provocaban que eso de “hombre extraño” no desapareciera por mucho que tuviera un nombre.
Un aspecto curioso y hasta hilarante era que un tipo de más de un metro ochenta calzara un 34 o un 35, Carlo le estuvo mirando los pies detenidamente durante un largo rato.
Al igual que a los pies, Carlo anduvo deteniendo su mirada por varias partes del cuerpo del hombre extraño, incluido su paquete, pero no pudo detectar en su “secuestrador” ningún síntoma de nerviosismo, ninguna frase de su lenguaje corporal, ni una mirada.
Nada de nada.
Después de su última respuesta, el hombre extraño había abierto una revista de sudokus y deslizaba su bolígrafo con aparente facilidad entre las cuadrículas. No pareció atender a los esfuerzos de Carlo por provocar más conversación.
No pareció atender a nada pero sabía que eso no era cierto. Atendía, sí, pero a su manera.
Pensó Carlo que no le quedaba otra opción que tranquilizarse y puesto que era un tipo analítico, debía analizar.
El hombre extraño le había dicho que le había dado casi toda la información que necesitaba.
La información era algo que ese señor parecía dominar, todos los datos que le había revelado en su despacho eran correctos incluido el poco peso de la carpeta del porno.
La primera pregunta posible era ¿para qué le necesitaban?
Porque este asunto no era cosa de uno.
El primer pensamiento sobre aquel hombre extraño que apareció en su consulta fue que parecía angustiado… ¿podía haber estado más equivocado? Este señor podía parecer cualquier cosa excepto angustiado.
Visto lo visto y sin posibilidad de elucubrar alguna teoría con un mínimo de sentido, dejó de pensar.
Abrió el minibar del auto, se vació una mini botella de Cardhú en la garganta, se ajustó el cinturón de seguridad, cerró los ojos y se dispuso a dormir hasta llegar a su destino.
Fue el único momento en que el hombre extraño separó sus ojos de la cuadrícula. Sonrío y escribió un 7.

Largo tiempo después, el vehículo detuvo su motor, momento en el que el hombre extraño abandonó sus sudokus y bajó del auto invitándole a salir.
Carlo seguía sin pensar, no pensaba encontrarse a un grupo de matones o a gente con túnicas extrañas. Había decidido no imaginar nada hasta que no tuviera un mínimo de elementos con los que elucubrar. Hasta ese momento no tenía nada.
Bajó del coche.
Estaban en la puerta de un Toy´R´us. Algunos empleados se afanaban en tirar las basuras para poder largarse a sus casas.
El Audi (era un A8 después de todo) era uno de los pocos vehículos estacionados en el parking.
Carlo veía un Leroy Merlin, un Decathlon…. “¿Me secuestran para traerme a un centro comercial cerrado?” A pesar de no querer pensar, Carlo se había quedado embobado mirando las tiendas, el parking, los coches, la poca gente…

–Carlo, no piense, primero escúcheme, tiempo tendrá de elaborar sus teorías aunque ya le avanzo que no creo que dé con el meollo del asunto –El hombre extraño le obsequió de nuevo con otra de sus sonrisas estúpidas–

–Bien, pues llegados a este punto, creo que debe complacerme con el resto de la poca información que necesito… si no recuerdo mal –Carlo fue suave en su cinismo, no podía excederse, de lo contrario revelaría su histeria–.

El hombre extraño no hizo gesto o mueca alguna.

–Tiene usted razón, además, se nos hace tarde y debemos marchar.

–Bien –Fingió Carlo alegrarse– lleguemos al “meollo” y nos marchamos.

El hombre extraño le entregó unas llaves y señaló hacia el vehículo aparcado junto al A8.

–En el navegador de ese coche encontrará su ruta y punto de destino. Debe llegar allí cuanto antes.
Si no respeta las normas de circulación, no le pasará nada, se lo aseguro, ni un puntito menos en su carné.
Si el navegador detecta un cambio de rumbo, lo sabremos y si consiguiese despistarnos le volveríamos a buscar cosa que sólo nos llevaría a perder tiempo. Estoy seguro de que cumplirá con su cometido y aunque no sea necesario, sepa que va a ser seguido por dos de nuestros hombres.
No nos haga perder el tiempo y llegue a su destino.
Esta es la información que necesita.

El hombre extraño abrió la puerta del vehículo opaco. Carlo le agarró por el brazo cerca de perder el control que había simulado tener.

–¿Qué? ¿Qué quiere que haga? ¿Qué coño está pasando?

–Señor Mejía, está pasando que usted abandona su vida y pertenece a otra guerra, eso es lo que está sucediendo ahora mismo. Puede intentar volver a ella, es probable que lo haga, pero su vida anterior no le estará esperando por la sencilla razón de que ya no existe. Por el mismo motivo por el que su secretaria tuvo que ir urgentemente al lavabo cuando yo llamé al timbre de su consulta y ni siquiera le miró cuando salimos de allí. Porque ahora, ciertos movimientos de su vida ya no dependen de usted.
No nos haga perder el tiempo.
Suba al coche.

El hombre extraño intentó de nuevo montar en el A8 y Carlo volvió a interponerse. Dos personas impidieron que volviera a hablar con el hombre extraño. Mientras forcejeaba vio cómo el tipo que decía que su vida ya no existía, entraba en el coche, cerraba la puerta y se iba.

Uno de los dos hombres le devolvió la llave (que había caído al suelo) mientras le repetía las mismas instrucciones que le había relatado el hombre extraño.

–Señor, debemos seguirle hasta que llegue a su destino. Debo informarle que tenemos órdenes explícitas de que llegue a su destino y cuando digo explícitas me refiero a órdenes explícitas.

Mientras repetía “explícitas” el hombre al que llamaremos hombre 1, se apartaba la chaqueta para dejar ver su arma. Este gesto tan peliculero hizo sonreír al psiquiatra, claro que ya sonreía por puro cansancio.

–Entiendo y asumo sus órdenes explícitas. ¿El vehículo es éste?

–Sí señor, este es. –Contestó el hombre 1–.

–Pues diríjanse rápido al suyo para poder seguirme.

October 9th, 2006 at 11:54 pm