A vueltas con el hombre extraño

–Hola –Dijo sonriente un hombre de unos 60 años al que no se le podía mentir. Carlo supo eso al instante. Su presunta excitación tornó en una “ligera” ansiedad–.

–Hola, mi nombre es Carlo Mejía Andrés y me han dicho que venga.

Tras decir estas palabras casi comenzó a mirarse los zapatos como el niño que va a comprar solo por primera vez.
Estaba realmente avergonzado, había sido una presentación digna del público de Club Disney.
No tuvo tiempo para lapidarse más y la reacción del señor mayor no ayudó a calmar sus nervios. El hombre le introdujo en la casa velozmente mientras comenzaba a insultar y salía al jardín a tirar piedras al Honda Civic.

–¡Fuera de aquí hijos de puta! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

Desde el recibidor de la vivienda Carlo observó la escena. El señor mayor cada vez lanzaba las piedras con mayor rapidez hacia el auto de los hombres 1 y 2.
Carlo entendió que estando el vehículo a unos 50 metros de distancia, el señor no atacaba a nadie, sólo mostraba su impotencia.
Eso le preocupó y el Cardhú ya no estaba junto a él.
La explosión de rabia finalizó cuando el Civic dio media vuelta para volver a la carretera.
El señor se sentó en el jardín y rompió a llorar.

Carlo estaba harto de no saber cómo comportarse, joder ¡que era un pedazo de psiquiatra coño! Y allí estaba, parado como un idiota en el recibidor de la casa del señor que lloraba en el jardín. ¿Pero qué hago?

Un par de minutos después, el lloro del hombre parecía haber menguado y Carlo bajó las tres escaleras del porche para ¿consolarle? ¿interrogarle?
Al escuchar los pasos, el señor se volvió hacia él.

–Discúlpame Carlo, me había olvidado de tí por culpa de estos hijos de puta. Vamos dentro, necesito un whisky ¿te apetece uno?

–Digamos que no le haré ascos –sonrió el psiquiatra– pero puesto que estoy algo perdido, al menos me gustaría saber el nombre del que me invita a beber. –Carlo pensó que esta respuesta era bastante mejor que la primera frase que había cruzado con aquel tipo. Algo es algo–.

–¡Oh! Perdón de nuevo Carlo, mi nombre es Jaime Vázquez… y hoy es otro mal día para mí.

Caminaron hacia la casa sin cruzar palabra. Jaime se estaba enjugando las lágrimas Carlo se sentía especialmente violento viendo a aquel señor mayor desconocido secándose los mocos.
Después de dejar pasar a Carlo al interior, Jaime cerró la puerta de un golpe. No dio vuelta a los cerrojos ni acopló la cadena. Cerró con un golpe suave.
Se dirigió a la cocina y en dos minutos regresó con un par de vasos en una mano y una botella en la otra.

–No sé si tienes hambre Carlo ¿quieres algo para picar? –Dijo un Jaime algo más sereno–.

Carlo había pasado esos dos minutos observando la casa para concluir que era una típica casa de montaña o como mínimo, tenía lo necesario para ser una casa de montaña. Se sentía confortable aunque nervioso, nervioso pero a gusto.

–Lo que necesito son más explicaciones si es que me las puedes dar. Tal y como has tratado a “mis amigos” creo que sí que me puedes servir eso.

–Cierto, lamentablemente cierto –dijo Jaime nublando el semblante– te puedo dar muchas explicaciones y no tengo ninguna que te vaya a gustar. Es para eso el whisky.

Señaló los vasos invitándole a sentarse mientras desprecintaba una botella de un reserva que Carlo no conocía.

–¿Sabes? Bueno, no te lo vas a creer, como casi todo lo que te pueda contar pero esta botella la tenía reservada para ti… mejor dicho, para quien quiera que fuese el que viniera. En este caso has sido tú el que has venido y lo lamento, te lo aseguro. Tú eres uno de los últimos, eso lo sé.

Carlo aceptó el vaso que le ofrecía “el señor mayor extraño” y probó el excelente alcohol que contenía. Con el estómago calentito, comenzó a investigar.

–Jaime, no sé exactamente por donde comenzar, lo que me ha pasado es auténticamente…

–Increíble –Le cortó Jaime– ya sé que tienes mucho que contar pero respóndeme antes a una pregunta. Dime de dónde vienes.

–De Barcelona –Respondió tímidamente el del Ford Fiesta diesel–.

–Barcelona… eso significa que vinieron a buscarte ayer y has dormido por el camino porque no creo que hayas salido a las 6 de la mañana. Bien, como seguro que las cosas no han cambiado en exceso, ayer te vino a buscar un tipo bastante alto con los pies bastante pequeños, te dijo que tu vida ya no existe y que debes marchar sí o sí. Para que le pudieras creer te hizo un resumen verídico de tu propia vida incluyendo, de forma intencionada, dos o tres aspectos sumamente irrelevantes para que te des cuenta que has sido investigado y seguido a fondo.
Después te ha planeado la salida de tu propia vida para dejarla en stand–by, por si algún día quieres volver a vivirla y acto seguido te ha sacado de ella prácticamente a empujones.
Ha puesto una ruta, un coche y unas instrucciones en tus manos y te ha dejado en libertad con un par de esbirros detrás de ella.
Para finalizar se ha despedido a la francesa y tú estás aquí, lejos de todo, frente a un viejo desconocido, en la más absoluta inopia sin ni siquiera saber el nombre del personaje que te ha metido en este asunto. –Jaime hizo una pausa para tragar un poquito de ánimo– ¿Me he dejado algo?

–No te has dejado nada, pero comienzo a estar hasta los cojones de que todo el mundo sepa mi vida, perdóname, pero estoy hasta los cojones–

–Eso es lo normal Carlo –Aún sin ganas le había hecho reir– supongo que tus dos primeras preguntas son quién y qué ¿no es así?

–Eso es Jaime, las dos primeras.

–Bien. Del señor que te ha metido en todo esto no sé el nombre real, usa unas cuantas decenas de nombres. El último que conozco es Shouji, le gustan los nombres japoneses, vete a saber por qué. El caso es que Shouji trabaja para un departamento de inteligencia o como le quieras llamar y su trabajo es localizar a gente válida y ponerla en marcha. En tu caso ¿de qué trabajas?

–Soy psiquiatra. ¿Busca gente válida? ¿Válida para qué?

–Psiquiatra ¡qué interesante! –Jaime no había prestado atención a sus nuevas preguntas– Tienes que ser de los buenos.

–Pues creo que sí lo soy.

–No seas modesto Carlo, eres de lo mejor, si te ha venido a buscar es que podrías dar clases a Freud o a cualquiera. Shouji nunca había probado con un psiquiatra, es una buena táctica creo yo. Lleva años intentando dar con alguien pero todavía no lo ha conseguido.

–Jaime –interrumpió bruscamente Carlo– aún estoy más confuso, no me estás aclarando nada, ahora es peor que hace dos minutos.

–Es que es difícil de explicar, siempre me pasa lo mismo, se me pone cara de loco. Quisiera que comprendieras pero no lo puedes hacer.
Vamos a ver, esta gente es implacable, lo que quieren lo tienen, eso tenlo claro, les puedes protestar o tirar piedras a sus coches, pero ante ellos, estás absolutamente indefenso, a no ser que huyas más rápido de lo que puedan seguirte y te aseguro que eso es muy difícil, sólo lo ha conseguido uno y seguro que aún sigue escondiéndose.
Eso tampoco es vida.
Ellos te quieren por tu cerebro, por tus capacidades futuras. Así ha sido durante muchos años y al igual que tú, yo fui capturado en unas circunstancias similares a las tuyas y sólo se puede sobrevivir uniéndote a ellos.

–¿Tú? ¿Te capturaron? ¿Qué te hicieron?

–Meterme en la guerra Carlo, eso me hicieron y para eso te quieren a tí. Para ir a la guerra.

Jaime rellenaba los vasos como robotizado, gran parte de su mente estaba lejos de esa mesa, muy lejos de esa mesa. Carlo estaba multiplicando sus dudas pero no quería interrumpir en exceso el discurso del viejo a pesar de que rondaba la histeria. La ansiedad ya no la nombraba, se había instalado.

–¿Has estado en alguna guerra Carlo? Porque no es bueno, eso no es bueno. Shouji necesita soldados y tiempo atrás, yo fui su mejor peón en el tablero.
Estuve más de 30 años en el asunto y conseguí ganarme el retiro. Estos 30 años no te los puedo explicar ni en un par de semanas, espero que te hagas una idea –Carlo medio asintió con la cabeza– llegó un día en el que por fin se acabó todo y, liberado, decidí venirme aquí, muy lejos de todo, con mucho dinero y mucho whisky, dispuesto a morir tranquilamente sin hacer más daño a nadie.
Sólo quería descansar, estaba agotado, muerto.
Pasaron los años, las pesadillas caminaban hacia la desaparición y un puto mal día y luego otro y otro, comenzó a aparecer gente en mi puerta, muerta de miedo, balbuceando, me decían que les habían obligado a venir aquí, que no sabían qué hacer, que qué estaba pasando, necesitaban respuestas y lo que estaba sucediendo era que me habían vuelto a meter en su puta guerra de mierda pero ellos no podían entender nada.
Eso es lo que te está pasando ahora mismo. Por eso no me he extrañado que llamaras a mi puerta. Por eso te he hecho pasar dentro de la casa mientras insultaba a esos hijos de puta. Por eso te he puesto el whisky enseguida.
Por eso no estoy sorprendido de que estés aquí.
Yo acabé mi cometido ¡Lo acabé! ¡Estaba libre! Durante años he vuelto a ser una persona normal, un hombre libre… pero no lo era Carlo, durante los últimos dos años se han dedicado a traer gente a mi puerta cada mes o cada dos meses y cuando huyen o les hago abandonar, no sé qué es lo que pasa con ellos, supongo que vuelven a su vida, supongo.
Y sigue viniendo gente, saben que yo no quiero, que no voy a hacer nada, pero hoy estás tú aquí y mañana o la semana que viene ¡adivina quién viene a cenar! Sé que tú eres de los últimos pero seguirá viniendo gente angustiada y yo no puedo hacer nada, no quiero hacer nada.
Yo era libre ¿sabes? Como tú ayer, pero habiendo pasado ya por todo eso ¡yo era libre! Y me están volviendo a encerrar y no puedo aguantarlo.

Si saber por qué Carlo estaba a punto de echarse a llorar. En las últimas horas, estaba acostumbrado a no saber qué decir o a decir lo que no tocaba. Seguía teniendo claro que no entendía nada.

Jaime rellenaba su vaso por sexta vez y su voz comenzaba a ser algo pastosa, Carlo no sabía si su discurso era incoherente a causa del alcohol o si realmente se debía a otras motivaciones más dolorosas. Puesto que Jaime tenía demasiadas cosas para contar y estaba claro que esa noche sería su invitado, intentó buscar una pregunta que pudiera darle alguna pista para entretenerse con ella mientras dormía.

–Jaime, entre tantas cosas que no entiendo quizás me ayude saber la respuesta a esta pregunta ¿por qué debemos venir todos a verte?

El señor mayor extraño se recostó en su silla y le dedicó una de las sonrisas estúpidas del señor Shouji

–Os obligan a venir a verme porque yo soy El Empático

November 2nd, 2006 at 12:36 am