A vueltas con el hombre extraño

Janine, la secretaria, mirando hacia el despacho acristalado de su jefe, le dijo que no era buen momento para hablar de aumentos de sueldo.

–No parece estar ocupado, pero si entras la cagarás.

–¿Y eso? –Preguntó curioso Raúl–.

–Está escuchando a Moby, ya sabes lo que es eso –Contestó divertida Janine–

–¡Joder con el puto Moby! ¡Nunca encuentro el momento!

–Lo siento Raúl –dijo Janine divirtiéndose a su costa– te propongo un trato, si me haces unos cuantos informes de esta pila –señaló una especie de Torre de Pisa edificada en papel– te mando una alerta SMS el día que esté de buenas.

–¿Has pensado en irte al club de la comedia y hacer pareja con tu jefe? Seguro que subís la audiencia –Repuso Raúl sarcásticamente– Sois tal para cual.

–Algo de eso hemos pensado –Contestó Janine, pero el Hombre 1 ya había dado media vuelta y se afanaba en no dejar cosa sin patear. Janine sonrió y continuó tecleando–.

El hombre extraño emitió un gruñido de desaprobación al ver marchar a Raúl. Otra vez con el aumento dichoso. Qué pesadez de hombre. Todos sabían que dejaba el cargo y que sólo se iba a preocupar de lo ejecutivo, de la administración ya se encargaba el otro. Pero claro, el vínculo te otorga un mérito extra ¿no? Hay que rascar mientras se puede. ¡Bah! –Verbalizó en un gesto de desprecio–.
Claro que sólo un puto egoísta de lo más granado podría ser tan fiel como él lo era, lo del dinero era un efecto secundario. Como persona era patética, como trabajador de campo era ideal.

Shibuya se recostó en la silla mientras obsequiaba a nadie con una de sus míticas sonrisas estúpidas. Cuando volvió a posar sus ojos en el TFT, retornó al gruñido.

No le gustaban las variables a pesar de que siempre aparecían. Podían ser mayores o menores, pero inequívocamente, eran un engorro. Complicaban lo sencillo y no solucionaban lo complicado.

“Una bruja. Precisamente lo que nos hacía falta, tener por medio una bruja.”

Por el momento no estaba nada perdido, ella no podía “ver” del todo, quizás intuir pero no saber. Todavía conservaba su ventaja, su personal marca, estar por delante. El problema estribaba en que, además de tener cualidades, Wia era lista y eso le preocupaba en grado sumo. Esa inteligencia podía encender muchas mechas subyugadas. Eso era malo.
Él necesitaba gente como Raúl y no precisaba ninguna Wia.
El Empático, Carlo y Wia juntos, eran una mala combinación para él. Difícil de dominar. Fábrica de problemas.

Sabía que juntar a Jaime con el psiquiatra le otorgaba un quince por ciento de probabilidades de que todo se fuera a la mierda, pero al no tener opción, ese porcentaje se daba como capital riesgo.
Al aparecer Wia en escena, las cosas cambiaban.

Era la primera persona que se presentaba en esa casa por su propio pié. Eso la convertía en peligrosa, en muy peligrosa. Renunció a su vida sin mediar él. Mal asunto, sus motivaciones eran fuertes, podía estar histérica pero era mujer de acción. Su nivel de indefensión era minúsculo comparado con el de los demás. Su influencia sobre ella era nula (por el momento) y además, sabía que Wia lo había visto o lo había leído y que para la bruja, él era el hombre malo de la historia.

Kraken continuó gruñendo en el sillón de su despacho de hombre extraño.

Contaba con el apoyo de El Empático, eso lo sabía seguro… o casi seguro. A según qué edades hay gente a la que le da por suicidarse al no tener tiempo para poder arreglar las cosas. Pensaba que su conversación telefónica con Jaime le había “fidelizado”, estaba casi seguro… pero siempre hay que contar con el nombrado porcentaje de capital riesgo.

Si tenía a Jaime, podría obstaculizar a los otros dos por un tiempo determinado pero no estaba seguro de llegar a un final en cuesta abajo.

¡Puta bruja! –rugió al tiempo que Janine se levantaba apresuradamente a tomar café– ¡Me cago en su mierda!

En muy pocas ocasiones habían contando con una bruja, en muy pocas y siempre por el mismo motivo, desesperación.
Si eran buenas eran muy útiles pero podían saber (y hablar) demasiado y si eran malas, directamente la jodías. No eran santo de su devoción, eran poco pragmáticas, no solían servir para ese trabajo; se imbuían de los sentimientos del otro, sí, pero esa empatía las bloqueaba y el habitual recurso (en su ilustrada ignorancia) consistía en bloquear a los demás.
Su puta obsesión con el crecimiento personal tornaba a sus sensibles individuos en seres preguntones, dubitativos, inútiles y desechables.

Shi supo de Wia justo en el momento en que ella quiso saber de él y le envió unas formas de pensamiento. El hombre extraño las detectó y destruyó en el mismo instante. Quizás un segundo de sorpresa transcurrió entre detección y destrucción.
Shibuya no supo si cabrearse porque hubieran aparecido o porque le hubieran provocado sorpresa. No tardó en enviar las suyas hacia Wia, más rápidas, más hábiles, más potentes, porque él era lo más y tenía que ir Allí… y si alguien era capaz de provocarle sorpresa, ese alguien debía ser estudiado a conciencia, debía hacérsele la autopsia en vida.

El que tenía que ir Allí pensó en cómo desactivar a Wia.

No podía decirle a Jaime que la echara de la casa, no había llegado hasta su nivel sin saber que El Empático no era gilipollas, pero debía deshacerse de ella. Mientras el viejo aumentaba a Carlo también podría aumentar las habilidades de Wia y eso sería un contratiempo para él. Wia estaba muy verde pero, de madurar, incluso podría ser un rival para él mismo en el peor de los casos.

Un nuevo “clack” sonó en el cerebro del hombre extraño… ¿debía Wia viajar con él en lugar de Carlo? ¿O quizás los tres? ¡Vaya por Dios! ¿Estaba seguro de deshacerse de ella?

A lo mejor el problema es la solución.

Shibuya comenzó a reir.

Aumentemos el jodido capital riesgo… como último recurso podía ser resolutivo, quizás pan para hoy y hambre para mañana pero le evitaría problemas aquí.

Lamentablemente esa opción debía consultarla. Carlo estaba consensuado por todos y a Wia sólo la conocía él. El consejo confiaba en su criterio pero a Johan, su sustituto, era muy probable que le diera por meter baza, lo veía en sus ojos. Tenía demasiada hambre de poder. Demasiadas ganas de comenzar a marcar el arbolito.
El consejo lo había elegido a pesar suyo, no lo veía como el líder que le pudiera sustituir, su ímpetu le haría cometer errores en una época en la que no eran tolerables… pero él hacía más falta Allí y se decidió a no bloquear el nombramiento… aunque no a dejar de dominar el cotarro mientras estuviera al mando.

Necesitaba una maniobra inteligente para entretenerlos a todos. Al consejo pensando que todo va bien y a los de la casa pensando que todo va raro, pero bien.
De momento iba sobrado de tiempo aunque otra interrupción como la de Wia y comenzaría a tener que correr.
A pesar de todo, tenía margen y trataría de destruir esa dichosa variable incorporando otra.
Descolgó el teléfono.

–Janine –dijo Kraken– tráeme a Raúl ahora.

El hombre 1 golpeó suavemente la puerta. El hombre extraño le hizo pasar y sentarse frente a él. Moby aún sonaba a través del winamp.

–Raúl, necesito que esta noche vayas al almacén e infectes a Clara y Toni. Cuando mañana me lo comuniquen, completaremos el papeleo y te enviaré a retirarlos. Debes llevárselos a Jaime pero la entrega tiene que ser en blanco.
Raúl –Shibuya se mostró extremadamente convincente al dirigirse a esa patética persona– si te ven, si se entera alguien o si la cagas mínimamente dile adiós a tu puto futuro. ¡Ah! Por cierto –dijo cálidamente– si eso no sucede, si lo haces todo bien y este asunto permanece entre tú yo durante mucho tiempo… no vas a tener un aumento, serás el segundo de Johan.
Y si eres listo sabrás por qué te lo ofrezco y lo que puedes conseguir después de eso.

El hombre 1 sonrió complaciente

April 12th, 2007 at 12:24 am | Comments & Trackbacks (0) | Permalink


Nunca había conducido algo más grande que un coche de cuatro puertas pero puesto que debía abandonar su casa, no observó ningún mal en inventarse otra con cuatro ruedas en lugar de cimientos.

“¿Y si al final del camino no hay nada? ¡Tendré que dormir en algún sitio!”

Y en eso viajaba Wia, en la típica autocaravana Fiat Ducato que puebla los campings del mundo.

Las runas nunca le habían mentido y ella jamás ponía en duda sus parlamentos.
En esta ocasión se prolongaría el acuerdo aunque le obligara a cambiar el lugar donde vivir, la manera de vivir y el propio vivir.
Wia sólo recurría a ellas en los momentos de confusión absoluta, cuando todos sus recursos se habían agotado.
Les pedía permiso y consultaba.
Quizás fuera una posición un tanto radical, pero ella lo prefería así, no quería ser dependiente y aunque sabía que no era cierto del todo, le gustaba creer que le guiaba el libre albedrío.

Tras haber ordenado y estudiado todas las notas sobre los dèjá vus las había retirado de la mesa del comedor, dejándola limpia para acoger sus runas.

Se sentó ceremonialmente, como en ninguna ocasión precedente aunque, como siempre hacía antes de sacarlas de su saquito, solicitó a las piedras su consentimiento para utilizarlas al tiempo que les demandaba claras respuestas.
A pesar de eso, siempre aparecían mensajes menos importantes que debían ser obviados para no difuminar las auténticas certezas.

Sobre su personalidad y comportamiento apareció Raidho, significaba viajes y en este caso, una oportunidad memorable. A Wia no le extrañó que apareciera en la primera casa. Se refería tanto a la atracción por el viaje como a la posibilidad de que se presentara. En efecto eso iba a ser el primer paso, un viaje.

Wia lloraba, agarrada al volante de la Fiat, se dejaba ir.
Si uno es las cosas que tiene, toda ella estaba almacenada en esos cinco metros y eso era lo suficientemente triste como para dar rienda suelta al lagrimal.
El notario firmó la venta, sus amigos se despidieron, los paneles de la autovía eran los que veía cuando se iba de excursión.
“Ya está hecho Wia, ya no hay que llorar, es momento de afrontar.”

Isa en la tercera casa le hablaba del final de un tiempo, simbolizaba un final causado por algún motivo fuera de su control y a ese algo, era a lo que debía someterse.
Debía mostrarse valiente y aceptar el cambio.

Llevaba meses intentando aceptar el cambio.

A cada kilómetro que recorría más le pesaba todo y todo había comenzado por unos estúpidos o lo que quiera que fuesen sus malditos dèjá vus.
Creía haber tomado la decisión de manera adecuada, investigando, comprobando, sintiendo… y vuelta investigar.

Acerca de la creatividad, Lauguz quizá señalaba hacia sus últimas “premoniciones”, ¿un talento psíquico que no se ha desarrollado completamente? “Quizás tengas razón querida piedra” había pensado Wia sonriendo al ver la tirada (a veces ellas le sonreían también).

La quinta casa le animaba a seguir por el mismo camino, conectada a su intuición.

Mientras estuvo en su casa el problema no existía. Observaba las runas que le habían de transportar, que le hablaban de una misión, de un futuro que cambiar.
Estar conectada a tu intuición es muy fácil.
Mientras estuvo en su casa, el problema no existió.

Sentada al volante se sentía idiota, como si estuviera en un programa de cámara oculta y encima lo supiera. ¿Una misión? ¿Cambiar el futuro? ¡Cómo puedes ser tan idiota!

¡Estás sola!

¡Pero sola, sola, sola! ¡Estás SOLA querida imbécil!

Estaba sola mientras le golpeaba su ataque de pánico, mejor dicho, le estaba dando una paliza y aún no había recorrido los primeros cincuenta kilómetros.
Wia persistió en el intento de frenar su histeria repasando la tirada.
Su histeria le estaba trabajando el hígado, debía fajarse, era imperativo recuperar la calma y no tenía mejor manera que esa. Había decidido y su ansiedad debía asumirlo.

Berkana significa despertar, le hablaba sobre un nuevo comienzo, un renacer. Era un signo positivo que también solía aparecer para referirse al momento de tener niños… aunque no era el caso, no había niños sonrientes en esta historia.
Berkana apareció en la séptima casa: amor y romance. No esperaba encontrar romance en su viaje pero quizás el amor guiaba su caravana, al fin y al cabo, su acto era tan estúpido y descabellado que tal vez sólo lo pudiera explicar el amor.

Debía recuperar la calma y decidió parar tras estar a punto de arrugar el maletero del Daewoo a aquel señor mayor que conducía por tres carriles a la vez.

–¡Viejo tenías que ser! –Le gritó Wia fuera de sí–.

Mientras la Ducato tomaba la salida hacia la gasolinera, el señor mayor continuaba su viaje sin percatarse de nada y sin molestarle conducir estando tan cerca del volante.

Al sacar la llave del contacto reparó en el cuentakilómetros auxiliar, aún no contaba tres cifras y ya se había detenido.

En el aparcamiento, a dos lugares del suyo, se encontraban un par de furgonetas con familias compartiendo tupperwares de tortillas de patatas y lomo rebozado, algo de ensalada y fruta (“Ya vamos tirando y lo que nos hemos ahorrao”), dos puestos hacia el otro lado, un motero abochornado se afanaba en reparar la correa de la mochila que se le había roto mientras sus compañeros le regalaban unos cientos de consejos al tiempo que uno de ellos ponía cara de “siempre que viene éste la jodemos”.

Wia atravesó el grupo de moteros en dirección a los servicios.

Tomando la metáfora a lo literal, Wia metió la cabeza bajo el grifo y dejó el agua correr sobre su nuca. Al incorporarse, dejó que el agua helada se escurriera por su espalda.
Ahora tenía la cabeza fría.

De vuelta a su casa rodante, Wia rebuscaba en su bolso.
El motero en problemas intentaba sujetar las correas de su mochila con la grapadora que le había dejado el dependiente de la gasolinera. Wia se detuvo a su lado y le dio una mini bobina de hilo y una aguja.

–Con esto te irá mejor chavalote –le dijo Wia sonriendo–.

–Gracias –contestó el motorista– me has salvado la vida.

–Me dedico a eso ahora –repuso Wia riendo–.

Wia subió a la autocaravana mientras escuchaba las risas que producía el enhebro de una aguja. Este simpático momento, junto con el agua que seguía escurriendo acabaron de poner a Wia en su sitio. Lista.

Algo más de ciento cincuenta kilómetros por delante y alguna que otra parada por hacer.
A última hora de la tarde comenzaría a llover y ya estaría en carreteras secundarias… calculó que llegaría de madrugada, pero no sería problema, después de todo estaba en su casa, tenía dónde dormir.

Tras sentirse lista antes de marchar de su casa, el ataque de pánico había modificado su plan de ruta más de lo pensado, no recordaba a qué velocidad había recorrido esos tristes cincuenta kilómetros que señalaba el marcador pero tuvo que ser bastante baja. Ahora se sentía lista de nuevo… y esperaba estarlo de verdad.

Ante todo debía tener la mente clara porque no sabía a lo que se enfrentaba, había visto muchas cosas desagradables, pero sobretodo gente dominada, gente utilizada.

La decimotercera casa era la suma de toda la tirada, el mensaje.
En la decimotercera casa estaba Ehwaz (caballo).
El mensaje era el más claro posible máxime si se unía con todo lo que le había estado sucediendo.
Como el resto de runas, hablaba de viajes, de iniciar un proyecto y de estar capacitada para ello. Pero no estaría sola, Ehwaz llamaba a la unión de los opuestos en pos del bien común, de dos fuerzas que caminan en armonía hasta el final.
Era la runa de la confianza y de la lealtad, la misma que premiaba su esfuerzo al tiempo que le animaba a continuar por ese camino, a no abandonarlo y seguir creciendo.
Wia supuso que sus dèjá vus eran la parte del premio.
Astrológicamente esta runa se relaciona con Mercurio, la representación de nuestra capacidad de comunicar o, mejor dicho, como pensaba Wia, de nuestra capacidad de conectar.

El grupo de motoristas le adelantó por la izquierda dedicándole toda clase de ráfagas, V´s y saludos al uso que ella respondió de buen humor, agitando la mano como si fuera La Reina en su Fiat Ducato.

Se quedó en el sitio del bloqueo, cuando tras Mercurio no había poco más que niebla.

Tenía la sinopsis de la película que debía vivir:
En aquella casa había visto un Maestro y un aprendiz. Ella se uniría a ellos para combatir contra una especie de secta que doblegaba voluntades a placer para fines… desconocidos. El resultado era confuso, guerra y muerte, pero no sabía para quién.

A grandes rasgos esta era la hipótesis de Wia, pero sus visiones le habían proporcionado imágenes de gente con el cerebro apagado, de capas negras, de muerte, de niños robados, de miedo, de celdas, de lágrimas, de sangre en campo abierto… esa ¿guerra? no acababa ni comenzaba, las imágenes no parecían circunscribirse a unos años, creyó ver a gente de principios del siglo XX al tiempo que veía al aprendiz llegar a la casa.
Cerca, muy cerca, sobrevolándolo todo, se encontraba un hombre malo, tal vez dos.

La velocidad de crucero volvió a bajar.

Horas más tarde, tras la cena y una nueva recomposición bajo el grifo, Wia recorría la carretera que le llevaba hacia la casa de El Empático.

A vista de pájaro había visto la costa, era fácilmente reconocible.
Había visto la carretera y en ella, sólo una casa la estaba llamando a lo lejos y que también reconocería.
Wia aminoró hasta casi pararse, la casa se estaba acercando y a pesar de haberla “visto”, suponía que el acceso no estaría señalizado como:

“La casa de tus visiones 0.5km”

Encontró la entrada y sobre el estrecho camino de gravilla situó su autocaravana con cuidado, avanzando lentamente a pesar de las enormes ganas que tenía de bajarse y correr hacia la puerta como una loca.
Wia maniobró frente a la casa y estacionó el vehículo a un lado pero ya dispuesto para salir de frente, por si acaso.
Ese tiempo que se tomó para aparcar, también esperaba que sirviera para despertar a los habitantes de la casa y no asustarlos llamando al timbre a esas horas, eran ya cerca de las cuatro de la mañana.

Al ver que no se encendía ninguna luz, Wia se decidió a salir al exterior y subir los peldaños para situarse frente a la puerta de Jaime… nerviosa y ansiosa como tantos otros antes que ella. Como Carlo ayer mismo.

Wia llamó delicadamente a la puerta. La casa permanecía a oscuras y en silencio. Con la mano temblorosa gracias al miedo y al frío helador de esas horas, llamó al timbre. Nadie respondió.

Dos minutos después cerró su autocaravana y ya (a salvo) en el interior preparó su cama para dormir. Quizás todo fuera mejor a la luz del día.

Como al niño al que le aplazan el examen para el día siguiente, Wia pudo tomarse un pequeño respiro, en lugar de sufrir más ansiedad por el momento que no llega, pareció desconectarse a sí misma, harta ya de pensar.

Wia durmió muy bien esa noche.

April 9th, 2007 at 9:50 pm | Comments & Trackbacks (0) | Permalink


Miguel la miraba y sólo veía cómo el tiempo pasaba rápido, etéreo… cruel. No podía creer que ciertamente había llegado el día.
Como aquel que está a punto de morir violentamente, observó una serie de video–instantáneas de su tiempo junto a ella que se podían resumir fríamente en: sus inicios, su crecimiento y su marcha, que era precisamente lo que sucedía en aquel duro y maldito instante. Se podrían resumir pero aquellas imágenes acababan por roer, se cavaron un zulo en tres dimensiones dentro de su cerebro, dibujando abrazos, lágrimas, desesperación y éxitos.
Las instantáneas modelaron toda una experiencia vital incrustándola en su memoria como un hierro al rojo marca la piel de una res.
Existía un dolor mayor que el del hierro al rojo marcando sin cesar, tras aquella mañana, sólo permanecería ese cubículo en su cabeza, esa galería de vívidos recuerdos… ya no habría más… nada.

–Resulta duro Wia, resulta muy duro.

–Lo sé –Wia entrelazó sus manos con las de su Maestro y dejó de hablar, estaba agotada–.

–Estoy muy preocupado, en todos mis años nunca me había enfrentado a algo así. Comprobé tus teorías una y mil veces con el mismo resultado, te voy a perder para siempre y eso es muy doloroso. Es horrible saber que ésta es la última vez que te veo…
–Miguel, ayúdame, hace dos horas que estamos aquí dándole vueltas a lo mismo, debo marchar, sólo necesito tu abrazo para estar lista.

Wia se levantó de la mesa de la cafetería obligando a su Maestro a hacer lo mismo. Él la abrazó sin poder reprimir las lágrimas mientras recostaba la cabeza en su hombro. Wia hubiera preferido un abrazo más enérgico, uno que no le hubiera hecho llorar. Era lo que menos necesitaba en el mundo pero los sentimientos logran nublar la mente del más pragmático.
Pagaron la cuenta y se despidieron frente a su nuevo vehículo.

–Wia, sólo quiero decirte una última cosa, yo sólo te adelanté conocimientos que hubieras descubierto por ti misma, estoy seguro de que hubieras alcanzado tus aptitudes tú solita. Llévate mi recuerdo, mi admiración y mi envidia sana. Te quiero Wia.

Wia volvió a abrazar a Miguel y subió rápidamente a la autocaravana, estaba deseando salir de allí y así lo hizo, casi llevándose por delante a una pareja de abuelos que cruzaban tranquilamente el paso de peatones.

Cuando llegó a su casa, más lágrimas.

Era una bonita casa de piedra, como tantas, con el mortero pintado de blanco entre los bloques de granito. La escalera tenía los bordes romos de tanto ascenderla, descenderla y barrerla. Wia siempre pensaba en la de años que las personas subían, bajaban y barrían esa escalera. Era una manera muy sencilla de ponerse en contacto con otros mundos, Grandes Maestros olvidaban este tipo de cosas y ella se ponía en contacto viendo la cáscara rota de un cacahuete. ¿Eso era cierto?
Había vendido la casa tal y como estaba, casi casi, tal y como la compró, muchos de los muebles que allí vivían llevaban decenios en aquel lugar. Esperaba que su nuevo dueño los cuidara de igual manera que hizo ella.
Mientras pasaba la mano por todos y cada uno de ellos, llamó al notario. La secretaria le confirmó que no había ningún problema, todos los documentos estaban en el despacho, la firma se efectuaría esa misma tarde como estaba previsto.
Wia colgó el teléfono y se sentó en el suelo.

Pensaba en aquel hombre y creyó que sería más normal, en esos momentos, meditar sobre el dolor de Miguel y de otros amigos, pero pensaba en aquel hombre.
No podía dejar de pensar en él, quería saber qué hacía y qué era tan importante como para llevarlos a todos tras de sí como un flautista.
Sabía en qué lugar estaba la casa, que la habitaban dos personas, que una sería el maestro, que la otra era el aprendiz, que… ¿qué iba a hacer ella?

Sintió ganas de escuchar algo de música y relajarse, pero su vetusta casa ya no iba a cantar para ella, todo lo suyo estaba dispuesto en la autocaravana que compró la semana anterior.
Desde la ventana de la habitación miró el vehículo recordando su propia frase: “nada hay aquí para mí” y a cada minuto que pasaba más incierta le parecía. Seguramente una frase del estilo “¿Qué coño estás haciendo?” casaría mucho mejor.

Todo había comenzado seis meses atrás.

Ella dominaba muchas técnicas, siempre aprendiendo, siempre progresando pero siempre adoctrinada… y las premoniciones espontáneas no cuadraban en ese perfil.
Wia no pensaba tener un don, toda su sapiencia provenía del estudio y la práctica constante, fue por eso que no tuvo en cuenta sus primeras visiones, las desechó por inútiles y por no referirse a nada conocido.

Pequeños flashes le relataban la historia en píldoras de 5 segundos que hacían que separase sus párpados y sus ojos señalaran a las cuatro y veinte. No comprendía nada de esas imágenes, pensó que quizás estaba estudiando demasiado.

Persistió el acoso del dèjá vu, que como se guía por regla ninguna, le asaltaba en la situación más inopinada e inoportuna para prestar la atención necesaria.

La estupidez del dèjá vu. La cara de tonto que se te queda.

Tras un mes de acoso y de ser avasallada por una avalancha de datos inconexos,
se decidió a anotar hasta el dèjá vu más breve y extraño.
Puesto que no prestar atención no menguaba ese fenómeno, pensó en descubrir qué se hallaba detrás de él.

Las “artes” adivinatorias siempre las dejaba para un penúltimo término, no le gustaba estar condicionada por una lectura. Wia no quería ser de aquellas brujas que se pasean por el mundo buscando señales que interpretar, bien sea en un folleto del Media Markt o en un manual de autoayuda que “casualmente” regalaba el periódico del domingo.

Puesto que sus dèjá vus ya tenían un mes de antigüedad sin ningún avance, decidió darles una oportunidad de explicarse y dedicó los siguientes treinta días a anotarlos.
Solamente recopilación de datos, se dedicó a anotarlos como un robot, la libreta siempre a mano, suspender cualquier actividad que pudiera distraerla de escribir lo esencial de la vivencia.
Lo esencial es algo que se sabe al momento aunque trascribirlo cuesta algunos segundos más y eso era algo supinamente importante; no romper el cordón de plata.
La cola del supermercado, un semáforo que cambia a verde, un camarero preguntando si es cortado o con leche–descafeinado–de máquina ¡guaapaaa!, el niño que quiere acariciar y duda de si tu perro muerde… eso se convertía en escena B, dejaba de tener interés, sucedía a cámara lenta mientras el bolígrafo

“que no te pares ahora cabrón”

escribía las ¿Vivencias? ¿Sensaciones? ¿Premoniciones?
Acaso las piezas del puzzle que completaría tras treinta días.
Aunque era imposible, no iba a pensar en sus notas durante ese tiempo. Una vez transcurrido, entonces sí, haría sitio en la mesa grande del comedor y comenzaría la resolución.
Hasta entonces nada, cierra los ojos y duerme.
Lee algo y duerme.
Fuma algo y duerme.
Bebe algo y duerme.
Duerme… duerme.

Al despertar, un mes después, desayunó fuerte sabiendo que lo más probable era que esa fuera la única comida del día.

La primera parte del plan era encontrar un hilo que seguir entre esa maraña de notas.
Se pasó la mayor parte de la mañana coloreando sus dèjá vus según la temática y las sensaciones sufridas.
Sus visiones siempre se referían a personas.
Al disponer sus apuntes sobre la gran mesa de comedor, formó 7 columnas y a sus pies, una fila con sus certidumbres acerca de sí misma.

Colorear, clasificar, colocar… una simple mirada hacia las hojitas que con tanto cuidado había escrito, analizado y organizado, le bastó para saber que el trabajo ya estaba hecho, había desentrañado el mensaje, sólo faltaba lo peor, comprobarlo una y mil veces para saber que era cierto.
Sucedió como cuando comentas algo que te ha sucedido, una vez que lo verbalizas, te das cuenta.
A Wia le sucedió algo similar. Una vez dispuestas sus hojitas, supo qué responder.

En ese momento se supo dispuesta para marchar hacia un futuro que conocía y que quería cambiar por difícil que fuera.

Lamentablemente era su misión, le obligaba a dejar su casa, su vida, su camino anterior y el premio, con mucho, sería conservar la vida.
Era su misión lamentablemente.

Comunicó su marcha al más reducido círculo de amistades pero fueron inevitables las llamadas, consultas y adhesiones a la misión por parte de todos aquellos que se creen llamados por el universo y de los que la magia no quiere saber otra cosa que no sea que por fin han encontrado pareja y que van a dejar de dar por culo al mundo con sus paranoias para dedicarse a decir que son los mejores padres del mundo y que cuando tú seas padre… ya verás, ya.
Tampoco faltó el iluminado que dijo que todo eso era una campaña publicitaria en plan autobombo aunque se quedaría con sus clientes encantado de la vida.

Después de superar sus recelos, tuvo que batallar con los de los demás.

Por suerte para Wia, su determinación era enérgica y aunque su paciencia era de las de mención especial, afiló su vista para ir cambiando de acera en el momento apropiado mientras esperaba el día de su marcha.
Hubiera deseado tener revelaciones (o lo que fuera) en una gran ciudad, la parte del “yo haría” o el “tú no sé qué” se la hubiera ahorrado.

Al final (principio) estaba ella sola, sentada en el suelo de su inminente ex–comedor, enrollando su madeja en una última comprobación final.

Estaba lista.

January 30th, 2007 at 11:33 pm | Comments & Trackbacks (0) | Permalink


El Empático se levantó de su asiento para dirigirse al teléfono de la casa y recibir su primera llamada.
No había prisa, el comunicante no iba a colgar ¿para qué llamaba sino?
¿Para qué llamaba?
¿Pensaba que iba a poder convencerle de palabra? Después de 2 años plantando gente ante su puerta con la esperanza de reclutarle de nuevo… ¿esperaba convencerlo de palabra?

–No, no, jefe –musitó Jaime–.

Sabía que su acoso no iba a desaparecer y que, como ya había decidido, claudicaría y usaría a Carlo para poner fin a su relación laboral.
Él debía conocer sus planes y aún así, esa llamada.
¿Para qué? ¿Para qué llama?

Quiere negociar.

El Empático dibujó una expresión de vergüenza en su cara. Vanagloriarse de tal manera era inconcebible en él, por ello, la negociación era su último pensamiento acerca de esa llamada. Pero lo sentía en el aire, era increíble, él quería negociar.

Jaime tenía ganas de estirar ese momento hasta el máximo posible. La sola posibilidad de poder regodearse de él, era más que bueno y también más que peligroso.

Decidió no tentar a la suerte. Descolgó el teléfono y habló con él.

–Por aquí te llaman hombre extraño –Saludó cordialmente Jaime–.

–Humm… la verdad es que no es un gran apodo, los he tenido mejores, como aquel de Kraken que me pusiste tú. –Contestó Kraken divertido–. Saluda a Carlo de mi parte, espero que esté más tranquilo.

–Lo está, no sufras. ¿Qué se te ofrece ex–jefe? No creo que sea la típica llamada de cortesía que no has hecho nunca. ¿Me vas a amenazar con enviar más gente hasta que me rinda? ¿Quieres que abandonemos la casa en 5 minutos y pongamos rumbo a Ruanda? Sabes que no tengo intención de volver, te lo he demostrado tozudamente.

–Sé que volverás si no tienes otro remedio –terció Kraken– Sé que lo harás por mucho que te resistas, sé que lo harás y siempre he sabido cómo hacer que vuelvas. Tampoco es que en esta ocasión tenga mayor dificultad. Mírate, después de dos años acogiendo a no–aptos te has puesto cachondo al ver a Carlo. Te has hecho preguntas y te has contestado. Sabes lo que tienes que hacer, lo tienes muy claro, no sé a qué viene la alusión a la terquedad pero te dejaré seguir subido en tu mula si es lo que te apetece, tranquilo, no es problema. No te llamo para decirte que vengas “por fa–ah–avor” –El hombre extraño hizo una divertida voz dramática– te llamo para decirte que será la última vez que trabajaremos juntos y eso es una gran noticia para los dos. Es por eso ésta, mi primera llamada.

La habilidad de El Empático era estar un paso por delante de los demás, la de Kraken, estar un paso por delante de El Empático, de otra manera difícilmente podría ser su jefe.

–¿Y cómo va a ser posible eso querido Kraken?

–De una manera muy sencilla y que cualquiera comprenderá a la primera: Me retiro ¬–rió Kraken con su risa de hombre extraño–.

–¿Que te retiras? ¬¬–Repuso sorprendido Jaime mientras Carlo se anonadaba–.

–Efectivamente querido amigo, por ello ésta será la última vez que trabajemos juntos –Se volvió a escuchar una risa a través del auricular–.

Jaime acercó una silla hasta el teléfono y se aposentó sobre ella. Hizo gestos a Carlo para que le trajera el wisky y éste, solícito, también lo abasteció de tabaco y sus enseres correspondientes.

–¿Y qué es lo que vas a hacer ahora, compañero jubilado? A mí me quedaron unos 1000€ de pensión y con la que también cobro de Francia pues me voy apañando.

–¡JA JA JA! –Kraken reía de buena gana, como si estuviera en una platea viendo a un buen cómico– Suerte tuvimos de esos años en Francia ¿eh Jaime? Ganamos un buen dinerito. Bueno –dijo serenándose un poco– mi retiro es algo peculiar, el caso es que por fin encontramos una persona para mi puesto –hizo una leve pausa dramática– ya tengo sustituto aquí… y hago más falta Allí.

–¿Allí? ¿Tú vas a ir Allí? –Un chuchillo de electricidad atravesó su cuerpo como si fuera nata–.

–¿Sorprendido Jaime? –inquirió burlón Kraken– No es que vaya a ir, es que hace ya tiempo que me están esperando. Las cosas no andan bien ni aquí ni Allí. El personal escasea como has podido comprobar y no podía marchar sin dejar bien cubierta la despensa, pero parece que nuestra suerte está cambiando o hemos sido afortunados en esta ocasión. En cuanto finalicemos este trabajo, me iré hacia Allí y tú quedarás libre para siempre jamás.

–¿Libre para siempre jamás? Suena a cuento de Disney, perdona que no te crea una sola palabra. –El Empático decía esto mientras intentaba recuperar la calma–.

–Sí, es cierto, es difícil de creer. Aunque hubo muchas reticencias sobre la conveniencia de dejarte libre, al final impuse mi opinión. Jaime, para ti se acabará todo, te lo aseguro. Sé que lo deseas fervientemente y es algo que te debo. Tómalo como mi regalo de despedida, el pago por todos estos años de presión. Si ellos no lo respetan, dímelo y me encargaré de hacer cumplir el pacto al que llegamos, pero eso es algo que estoy seguro no ocurrirá. Te dejarán. Te doy mi palabra.

–¿Me das tu palabra? Kraken ¿la palabra de quién?

–Ya estamos otra vez, estás rememorando y sólo ves sangre. Vamos a ver, aprovechemos tus recuerdos… en todos estos años ¿tienes constancia de que yo haya comprometido mi palabra con alguien? Responde a esto.

–Tampoco tengo constancia de que alguna vez hayas cumplido la palabra dada, sabes que no soy muy amigo de la demagogia. –La negociación había comenzado sin saber qué se estaba regateando, El Empático se veía obligado a actuar a ciegas, Kraken nunca le dejaba rendija alguna por la que filtrarse. Era una negociación extraña, sí, pero era lo que había–.

–Siempre opté por rescatarte de un peligro en ocasiones en las que el riesgo inherente aconsejaba dejarte perder. Eso es un hecho. Para mí y para todos has sido muy importante, pero sobretodo para mí, tu trabajo ha sido vital y eso merece una recompensa aunque te llegue tarde. Cuando acabemos este trabajo, estarás fuera, sin dudas, sin cláusulas, sin objeciones de nadie. Yo soy quien te lo dice y yo soy quien te lo asegura.

–No entiendo esta negociación Kraken. Los términos están bastante claros, yo sé lo que tengo que hacer, es más, no tengo otro remedio y tú me aseguras la segunda parte. ¿Qué estamos negociando?

–Estamos negociando que estarás a mi lado en todo momento y hasta el final. No me valen réplicas, reproches o retahílas. Nada de lo que empiece por re. Te quiero al 100%. Lo dejaremos en lo más alto y ante la mayor dificultad a la que nos hayamos enfrentado nunca. ¿Cuántas misiones hemos llevado a cabo?

–No… no sabría decir un número –contestó Jaime ligeramente abrumado–.

–Pues piensa en la peor y ésta que vamos a acometer, con mucho, será la más difícil para los dos, por muchos condicionantes, entre ellos que la fuerza del enemigo está duplicada.

–¿Duplicada?

–Duplicada Jaime, te lo puedes imaginar. Te necesito al 100%, al auténtico 100%. Tú también deberás entrenarte fuerte.

–Lo estás pintando como para no ganar.

–Ganaremos, como siempre, estoy seguro, si tú estás a tope, no me cabe duda. Instruye bien a tu gente y lo conseguiremos.

–¿De cuánto tiempo disponemos?

–Parece que eso es lo único que tenemos de cara hoy día. Tenemos tiempo, no padezcas.

–Bien Kraken, parece que no queda mucho por hablar ¿no?

–Bueno, que si quieres te paso mi último apodo, por variar un poco.

–Dime Kraken –dijo Jaime sonriendo– ¿Cómo te llamo ahora?

–Shibuya –contestó Shibuya–.

–Comienza con S y suena japonés, parece lógico. ¿De donde sale?

–Digamos que ahora vivo en la casa azul. También me puedes llamar “sensaciones pop”, esa sería la versión cariñosa. Espero contar contigo Jaime.

–Aquí estoy Sensaciones Pop, ansioso por acabar.

–Acabaremos Jaime, gracias.

–No es nada Shi, pero permíteme dos preguntas antes de colgar.

–Pregunte señor Empático –Shibuya estaba de gran buen humor–.

–¿Por qué llevas dos años trayendo ineptos a mi casa?

–Fácil de responder querido amigo: Hace dos años comencé la preparación de este último proyecto y pensando en ti, tras 8 años retirado, vete a saber la cantidad de óxido que se había acumulado en tu maquinaria mental. Para asegurarme decidí dedicar dos años a reverdecer laureles a sabiendas de que te ibas a cabrear y eso aún los haría reverdecer más. Ahora llevas 10 años fuera pero estás cerca del 100%. Discúlpame si te entrené sin avisar, era por una buena causa, ahora lo sabes.

–Fenomenal –Respuesta avinagrada de Jaime– Cambiando de tema ¿Y Omega? ¿Está bien?

–Sí, sí, esta estupendo, aún sigue en lo suyo. Tu selección de los últimos dos años era de pacotilla para tocarte los huevos. No te tienes que preocupar por él. Sigue siendo el auténtico Omega de la selección. Pregúntale a Carlo por el señor que le pone los carajillos los Viernes y sabrá que conoció al Omega.

–Muy bien Sensaciones Pop, siempre sabe usted como tocar lo que no suena a la gente.

–Es mi trabajo amigo y soy el mejor. Disfruta de nuestro último asunto y cuida a tu gente, nos hace falta.

El Empático colgó el auricular y tiempo después se fijó en que aún tenía el brazo en la misma posición, con el teléfono agarrado. Carlo esperaba en el sofá el resumen de la conversación. Se giró hacia él.

–Carlo ¿te apetece bajar al pueblo y tomarnos la última?

–Bueno –contestó afable el psiquiatra– entre eso y decirme que duermo en el jardín, respondería que sí a ambas cuestiones.

El Empático sonrió.

–Realmente eres un gran tipo Carlo, no sé por qué no estás casado.

–Pues por eso mismo –dijo Carlo mientras cogía una chaqueta de Jaime del colgador– porque soy un gran tipo.

January 7th, 2007 at 4:48 pm | Comments & Trackbacks (0) | Permalink


Durante un segundo, Carlo tuvo muy claro el papel de El Empático y el suyo propio en esta historia.
Poco más tarde, como al despertar de un sueño, la censura tomaba parte activa en el asunto empeñándose en difuminar certezas que convertía en aspectos, luego en sensaciones…
Carlo siempre había pensado que esta auto–censura que se infiere la mente suele funcionar como la sobreprotección materna: intentando evitar el daño, lo que hace es postergarlo y cuando finalmente llega, aun lo hace con más fuerza que el mal original que se intentó evitar.
El camino del Infierno está empedrado de buenas intenciones, eso lo sabe todo hijo de vecino.
Si en esa misma situación hubiera visto un OVNI frente a él, recordara la cara del conductor e incluso se fijase en la pegatina de la ITV (que le tocaba en Septiembre) poco después, esas claridades se transformarían en quizases, en talveces, en alomejores…
Carlo estudiaba la mente, trabaja a diario con la suya propia y con la de los demás. Intentaba milimetrarse a sí mismo, funcionar como una máquina aunque no en el sentido de carecer de emociones sino de caracterizarlas todas.
Carlo no tenía fantasmas que le atacaran de improviso, nunca practicó la táctica del avestruz.
Aceptaba sus aciertos, sus errores, su valía, sus miedos e inseguridades, su torpeza y su habilidad. Lo que creía acertado intentaba potenciarlo y lo que apreciaba erróneo probaba a cambiarlo.
No hay edad para la evolución, dura toda la vida.
Carlo estaba convencido de que la gente podía cambiar por muy mayor que fuera. El problema no es que no se puedan mudar los hábitos, lo que sucede es que cuanto más viejo, más te cuesta moverte porque en el sofá se está muy agustito…
Esto era algo que repetía machaconamente a sus pacientes…
Carlo se enredaba en sus pilares mientras sus certezas corrían hacia la puerta.

Viéndolo tan sumido en sus pensamientos, El Empático pensó que era un buen momento para ir al baño y al volver, decidió que le daba tiempo a preparar algo de cena, quizás algo con verde, el whisky andaba muy sólo en el estómago y eso invitaba a lo frugal.

Carlo se solía cabrear bastante con su mente. Él la trataba bastante bien, mucho mejor que la media, pero ella se empeñaba en ceñirse a los convencionalismos.
Le resultaban especialmente molestos aquellos sueños problemáticos, los que te despiertan para mirar la hora del reloj mientras lo analizas. Una vez repuesto del susto al ver la hora, decides que aún queda mucho para levantarte y te vuelves a la almohada sabiendo que será imposible que olvides los detalles de lo que acabas de vivir.
No necesitas apuntarlo, sabes que lo recordarás porque no puede ser que lo olvides.
Tan simple como eso.
Al cabo de unas horas, cuando levantas por fin, sabes que pasó algo, que soñaste algo que era importante, que habías solucionado aquella conexión ¡que lo tenías todo muy claro coño!
Cuanto más te alejas de las sábanas, a cada paso que das, más desaparece lo poco que recuerdas. Sabes que si conservaras ese poco que recuerdas podrías tirar del hilo y llegarías a la manzana.
Te ves a ti mismo agarrándote con las uñas a una extraña manzana mientras resbalas por su roja y brillante piel (ahora es roja piel, ahora es verde piel, ahora no tiene color)
intentas desandar tus pasos, te vuelves a meter en la cama, piensas en lo que pensabas cuando te despertaste a las tres de la mañana, pruebas a seguir tus propias huellas en la playa mientras apartas las olas a puñetazos.
Pero la censura ya ha actuado. No puedes recordar.
Carlo odiaba esa sensación. Él se era sincero y a pesar de ello, su mente–madraza le hacía engañarse.
No recuerdas detalles, no ves las imágenes, sólo tienes sensaciones y habitualmente, no son buenas. Además de haberte engañado, pasas un día malísimo.
El psiquiatra no podía soportar que su cerebro le engañase.
El momento rabieta; Carlo sabía que si fuera alpinista no iba a poder caminar por el techo como las moscas, no tenía ventosas en sus falanges ni nada parecido, necesitaría las cuerdas para subirse al techo.
En su condición de psiquiatra sobreprotegido por su mente contra su voluntad, reclamaba su derecho al pataleo. Era muy injusto.
Sensaciones, sólo tenía sensaciones.
Otra sensación le sacudió de sus pensamientos. Debía ir al baño.

El Empático le indicó la puerta del aseo mientras se afanaba en preparar la cena. La noche sería larga y se abriría una nueva botella. El estómago debía estar preparado.

El Empático era alguien especial pero al preparar una ensalada, freír unos pimientos de Padrón, sacar algo de embutido y cortar pan, estaremos todos de acuerdo en que no merecía una estrella Michelin. Otros pensarían que, al menos, se ha molestado en ir a comprar los pimientos y que tenía pan del día.

Carlo preparó la mesa para la cena mientras Jaime le iba diciendo dónde guardaba los manteles, los platos, los vasos… No era necesario ser empático para saber que en el primer cajón suelen estar los cubiertos.

Mantuvieron un silencio respetuoso durante la preparación de la cena, ambos sabían que sus engranajes mentales estaban girando.
Mientras sus cerebros trabajaban, sus manos fueron llevando a la mesa los platos de una cena diseñada como ligera y que distaba mucho de serlo.
Los dos estómagos emitieron sonidos poco educados, no era mala señal.

Se tomaron la pausa como una pausa.

Durante la cena ninguno de los dos intentó virar la conversación hacia otros temas que no fueran una amena y fácil charla. Eran dos personas adultas recién presentadas que tenían un nexo en común algo incómodo y ambos aceptaban que debían compartir casa por un tiempo indeterminado. No era mala idea invocar a “lo amigable”.

Hablaron de temas tales como fútbol, libros, televisión, algo de politiqueo, la pesca en esa zona, el faro…
Para finalizar, como una “bonita” rutina de matrimonio, ambos se levantaron para recoger la mesa e ir fregando los platos.

El Empático le dejó aclarando mientras iba a buscar una nueva botella. Carlo se miró a sí mismo mientras intentaba recordar el tiempo que llevaba sin fregar un plato. Le entraron ganas de hacerse una foto.

Mientras pensaba en retratarse, su anfitrión preparó unos anchos vasos cargados de hielo, los llenó a rebosar y los trasladó a la mesa frente al sofá para sentarse a hablar de cosas serias.

Carlo se sentó al tiempo que tomaba el vaso que le ofrecían.

–Buen postre –sonrió Carlo–.

–No creas, según vosotros los médicos es fatal ¿te molestan los puros?

–Los encendidos sí, pero fuma tranquilo, estás en tu casa.

–Era por educación, sólo faltaría que no pudiera fumar en mi casa –dijo el Empático a carcajadas. Inmediatamente mudó el rostro risueño para dirigirse a su invitado–.
Fin de la pausa Carlo, dime lo qué has “visto”.

–¿Lo que he visto?

–Sí Carlo, lo que has visto, porque has visto algo ¿no es verdad?

–No he visto nada, como mucho he intuido algo y enseguida se me ha escurrido entre los dedos. No tengo apenas nada.

–Pero algo tienes –respondió Jaime al instante tan excitado como apenado–.

–Sí –Carlo dudó antes de responder, pero sabía que sí, que algo tenía–.

–Bien, con eso me basta. Si tuvieras más que una vaga idea, aún estaría más preocupado de lo que ya lo estoy.

–Jaime, lo único que creo que puede ser media verdad es que tu historia está ligada a algo relacionado con el control mental. Si le sumo el señor extraño que me ha sacado de mi casa y obligado a venir aquí, eso me da una organización. A partir de ahí pienso en conspiraciones o pienso en sectas, no me da para más. No sé si te decepciono pero ahora mismo no creo que pueda elaborar teorías mínimamente acertadas. Mi auto–censura se ha cargado el resto de la historia.

El Empático se incorporó.

–No me decepcionas Carlo. Si tu censura te muerde es por falta de adiestramiento pero estás en el buen (o mal) camino. Tus suposiciones no están excesivamente lejos de la realidad. Pero esta realidad es difícil de imaginar, sólo con haberla podido atisbar y estoy seguro de que lo has hecho, ya es mucho.

–Pues pensaba que mi adiestramiento no era del todo malo, pero ya veo que debo subir de nivel. –Contestó Carlo no muy contento; reabrir el melón de la censura no era buen postre–. Jaime ¿me puedes explicar de una vez por todas cuál es el misterio de todo este asunto?

El Empático estaba aburrido de contestar a esa pregunta pero sabía que debía hacerlo de nuevo. Con un poco de la suerte que le faltaba, esta vez sería la última.
Después de unos cuantos años retirado, quizá ahora sería la definitiva. Carlo era buen material, tal vez su última contribución, el ansiado final que creía conseguido hasta esa tarde.
Era momento de dejar de ver al psiquiatra como su compañero accidental y verlo como lo que debía ser, su pasaporte.
De una puta vez, tendría que obtener su libertad.
El Empático afrontó el momento ceremonialmente: Abrió su mano para dejar con delicadeza la copa sobre la mesa, sacudió de dos golpes la cabeza del puro y se recostó en el respaldo mientras posaba su mirada sobre la de su ex–compañero.

–Efectivamente Carlo, es una historia sobre control mental –Comenzó a explicar El Empático, cuando sonó el teléfono y dejó de hablar. Su cuello degollado. Su boca quedó abierta para no emitir palabra alguna–.

“Ring, ring”

“Ring, ring”

Carlo miró a Jaime y éste cerró los ojos.

“Ring, ring”

–Jaime ¿no lo coges?

“Ring, ring”

–Jaime ¿no lo coges?

“Ring, ring”

–Carlo ¿sabes que

“Ring, ring”

en los años que llevo en esta casa

“Ring, ring”

es la primera vez que ese teléfono suena?

“Ring, ring”

¿Y sabes que los dos sabemos quién está llamando?

“Ring, ring”

December 26th, 2006 at 2:42 pm | Comments & Trackbacks (0) | Permalink


Tras decir esto, el viejo se quitó la sonrisa de hombre extraño e hizo una pausa como si acabara de decir su nombre después de una afasia.
Carlo se asustó un poco.
Los que conocen la mente humana suelen alertarse al más mínimo cambio, con la nimiedad más absoluta… en algunas ocasiones preferirían saber algo menos.
Después de la negación que había supuesto ese supuesto “retiro”, el empático, pronunciando su propio ser, comprendía que volvía a la acción y sabía que eso no era nada bueno.
Carlo lo miraba, el hombre que tenía que explicar qué coño–cojones le estaba sucediendo era el que estaba sufriendo en sus carnes el derribo de su estructura de jubilación.
¿Se le llama a esto deformación profesional? Porque Carlo aparcó sus preguntas para dejar hablar al tembloroso y vacilante prejubilado que parecía ser que volvía al trabajo.

–Yo no quiero, no quiero volver, no puedo. Sé que parece el comentario de un niño pequeño que dice que no y en realidad sí que puede, pero es que no puedo, no… no puedo decir otra cosa, no puedo.

El Empático apoyaba su mano en el reserva y lo subía para sujetar su barbilla. Los ojos vidriosos queriendo llorar. Un par de lagrimones comenzaban a ensanchar sus lagrimales.

–Pero Jaime –Éste era Carlo en plan embajador de Valeriania– no sé qué decir, intenta tranquilizarte un poco, piensa en mi situación. Tenemos tiempo, si hablamos tranquilamente quizá nos podamos calmar el uno al otro.

Los ojos del Empático, súbitamente secos, acudieron raudos a los suyos. Atraparon sus pupilas en un flash.

–Carlo, no me jodas, yo soy El Empático.
No me llaman así por haber ganado un concurso a golpe de SMS y aunque no fuera el puto Empático de los cojones, debo tener unos 20 años más que tú, eso, en el mundo normal, es suficiente aval para que tranquilamente te diga que no me toques los huevos.
Como ya no recuerdas, te acabo de decir que últimamente me está visitando gente en tu misma situación, os conozco perfectamente, sé lo que os está sucediendo.
¿Ves más gente en esta casa? ¿Dónde están los que me visitaban? ¿Qué te hace suponer que “tenemos tiempo para calmarnos”?
Vosotros no sois la clave, lo soy yo y yo no quiero saber nada.
Yo no quería saber nada, quería estar aquí y morir tranquilamente pidiendo perdón cada día si lo necesitaba y pidiendo vivir tranquilamente si es que merecía hacerlo.
Conozco vuestra congoja y angustia, la ansiedad derivada de ese seudo–secuestro, el miedo que padecéis por haber perdido las riendas de vuestra vida… aunque sienta todo eso, no puedo ponerlo por delante de mis terrores, que son muchos y martilleantes.
¿Sabes lo difícil que es para mí tener que deshacerme de toda esa gente angustiada? ¿Esa misma gente que ha pasado por la montaña rusa en la que tú estás subido ahora?
¿La misma gente a la que he servido en ese vaso?

Shouji se ha estado equivocando, por suerte para mí.
Desde que comenzó a enviarme gente, hace dos años, se ha estado equivocando y he podido devolver a todos a su vida anterior sin más efectos secundarios que el tener que esconder unos cuantos días de su historia.
No me gusta.
Shouji se ha estado equivocando y eso es preocupante. A pesar de que yo no quiera saber nada, errar repetidamente no es propio de él y eso es preocupante. Shouji no se suele equivocar y si lo hace, se esmera en no repetirlo.
Si olvida ese cuidado sólo significa desesperación y eso sería algo tremendo, devastador.
Espero que no sea desesperación.
Como conozco el asunto sé que sus errores pueden provenir de parámetros equivocados en la selección; si se producen dichos fallos sólo los pueden provocar las consabidas prisas y si estamos trabajando contrarreloj, es que tenemos graves problemas.
Se han recopilado datos a lo bruto, me están enviando sujetos a los que no se ha analizado con detenimiento y esto me convierte en el Omega de la selección y me lleva aún más atrás…decido quién.
Si tengo que hacer yo el trabajo del Omega, es que ya no camina por este mundo. Eso lo podría comprender pero no que Shouji me esté proporcionando personas no útiles. Eso me sigue dando vueltas en la cabeza.

El Empático hizo una pausa dedicada al reserva. Durante el transcurso de esta última explicación, el viejo lloroso se había transmutado en un enérgico señor de mediana edad.
Carlo aprovechó para disculparse por si acaso.

–Jaime, no quería ofender ni parecer condescendiente, comprende que en esta situación y a pesar de ser el súper–psiquiatra del mundo mundial, no puedo expresar mis pensamientos correctamente, además, a cada minuto que pasa, la emoción viaja de un extremo a otro… ahora mismo sé que tú eres el Omega de algo de lo que no tengo ni pajolera idea. Dime si no ha vuelto a cambiar mi impresión desde la última vez que abrí la boca y que debió ser hace unos dos minutos.

El Empático miraba a Carlo mientras su cola de impresión crecía y crecía, tenía tantas cosas que decirle que prefirió dejarle hablar a él. Eso era lo más conveniente.
Una pausa era importante y debía poner a prueba al psiquiatra, parecía que Shouji no se equivocaba con él.
Eso era lo que le había hecho llorar. El tiempo de las visitas inútiles había acabado.
En el momento en que comenzó a aparecer gente ante el timbre de la puerta, su primer pensamiento fue que Shouji se dedicaba a mortificarle. Conforme la situación se fue repitiendo, El Empático dejó de pensar en rabietas de crío y se obligó a tratar a aquella gente como potenciales.
Ninguno superó la criba, uno tras otro eran devueltos a su vida de origen.
Uno tras otro era tan inepto (para el trabajo) como el anterior.
¿A qué obedecía eso?
¿Tantos errores consecutivos?
¿Y ahora de repente plantan ante mi puerta uno válido?
La mente de Shouji no estaba abierta para El Empático y eso era lo único que siempre le sometía a estar un paso por detrás de aquel hombre extraño.
El Empático miró a Carlo a los ojos con gran intensidad y éste pensó que dicha profundidad de ojo provenía más del alcohol que de cualquier otro razonamiento.
El Empático sentía que Carlo disfrazaba su ignorancia con vestidos de risa pero ciertamente estaba mucho más entero que cualquiera de los anteriores, eso por sí sólo no constituía ninguna prueba pero por desgracia para él, sabía que sí era válido.

“Es valido coño, estoy jodido”

–Camina con mis zapatos –le dijo El Empático–.

–¿Va de proverbios la cosa? –Preguntó Carlo–.

–Camina con mis zapatos –repitió pausadamente El Empático– Los proverbios y la sabiduría van de la mano, ambos lo sabemos y eso es lo que necesitamos ahora mismo, saber, tanto tú como yo.

–Camina un rato con mis zapatos –corrigió Carlo– es un proverbio hindú que se refiere a lo que denominamos empatía. ¿Me estás pidiendo que te defina? –El viejo se encogió de hombros, esperaba más palabras y el psiquiatra se puso a ello–.
Se dijo: “Antes de juzgar a alguien camina tres lunas con sus zapatos”.
Haciendo un rápido resumen, la empatía consiste en la capacidad de ponerse en la piel del otro.
Si hablabas de sabiduría, este viejo proverbio es demoledor en su significado y veracidad. Personalmente considero la empatía la mejor de las cualidades en una persona y se la intento inculcar a mis pacientes, pienso que es una gran manera de hacerles salir de su búnker. La empatía te pone en contacto con los demás, con el mundo, te hace ser consciente de tus actos y en un estado avanzado, te hace evitar actos dañinos hacia los demás.
A pesar de estos aspectos positivos, ser demasiado empático conlleva un sufrimiento inútil. Como gran herramienta que es, debe ser utilizada con inteligencia y emplear un buen cedazo que separe la empatía del aborregamiento. No por situarte en la mente del otro debes anteponer sus deseos a los tuyos. La empatía no pone a nadie por delante de nadie.
La empatía es conciliadora y es por ello que los grandes negociadores son grandes empáticos. Ponerse en el lugar del otro resulta muy útil en este sentido, es una manera de adelantarse a lo que pueda suceder aunque en este caso sólo se busca el beneficio propio. La empatía forma parte de la llamada “inteligencia emocional” que abunda en manuales para gente que se dedica al comercio.
Una persona empática es capaz de leer emocionalmente a las personas y eso le otorga ventaja….

Detuvo su frase al instante. Un chasquido, un crack, algo en su mente tiró del freno de mano para tomar la curva.
Carlo se encauzó en el camino.
Miró al Empático profundamente a los ojos, igual que él hiciera minutos antes.

–Y podría seguir… pero no estamos en ningún curso de formación de agentes comerciales ¿verdad?

–Me has “leído” muy bien Carlo –Contestó risueñamente El Empático– ¿te gustan mis zapatos?

November 14th, 2006 at 8:08 pm | Comments & Trackbacks (0) | Permalink


–Hola –Dijo sonriente un hombre de unos 60 años al que no se le podía mentir. Carlo supo eso al instante. Su presunta excitación tornó en una “ligera” ansiedad–.

–Hola, mi nombre es Carlo Mejía Andrés y me han dicho que venga.

Tras decir estas palabras casi comenzó a mirarse los zapatos como el niño que va a comprar solo por primera vez.
Estaba realmente avergonzado, había sido una presentación digna del público de Club Disney.
No tuvo tiempo para lapidarse más y la reacción del señor mayor no ayudó a calmar sus nervios. El hombre le introdujo en la casa velozmente mientras comenzaba a insultar y salía al jardín a tirar piedras al Honda Civic.

–¡Fuera de aquí hijos de puta! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

Desde el recibidor de la vivienda Carlo observó la escena. El señor mayor cada vez lanzaba las piedras con mayor rapidez hacia el auto de los hombres 1 y 2.
Carlo entendió que estando el vehículo a unos 50 metros de distancia, el señor no atacaba a nadie, sólo mostraba su impotencia.
Eso le preocupó y el Cardhú ya no estaba junto a él.
La explosión de rabia finalizó cuando el Civic dio media vuelta para volver a la carretera.
El señor se sentó en el jardín y rompió a llorar.

Carlo estaba harto de no saber cómo comportarse, joder ¡que era un pedazo de psiquiatra coño! Y allí estaba, parado como un idiota en el recibidor de la casa del señor que lloraba en el jardín. ¿Pero qué hago?

Un par de minutos después, el lloro del hombre parecía haber menguado y Carlo bajó las tres escaleras del porche para ¿consolarle? ¿interrogarle?
Al escuchar los pasos, el señor se volvió hacia él.

–Discúlpame Carlo, me había olvidado de tí por culpa de estos hijos de puta. Vamos dentro, necesito un whisky ¿te apetece uno?

–Digamos que no le haré ascos –sonrió el psiquiatra– pero puesto que estoy algo perdido, al menos me gustaría saber el nombre del que me invita a beber. –Carlo pensó que esta respuesta era bastante mejor que la primera frase que había cruzado con aquel tipo. Algo es algo–.

–¡Oh! Perdón de nuevo Carlo, mi nombre es Jaime Vázquez… y hoy es otro mal día para mí.

Caminaron hacia la casa sin cruzar palabra. Jaime se estaba enjugando las lágrimas Carlo se sentía especialmente violento viendo a aquel señor mayor desconocido secándose los mocos.
Después de dejar pasar a Carlo al interior, Jaime cerró la puerta de un golpe. No dio vuelta a los cerrojos ni acopló la cadena. Cerró con un golpe suave.
Se dirigió a la cocina y en dos minutos regresó con un par de vasos en una mano y una botella en la otra.

–No sé si tienes hambre Carlo ¿quieres algo para picar? –Dijo un Jaime algo más sereno–.

Carlo había pasado esos dos minutos observando la casa para concluir que era una típica casa de montaña o como mínimo, tenía lo necesario para ser una casa de montaña. Se sentía confortable aunque nervioso, nervioso pero a gusto.

–Lo que necesito son más explicaciones si es que me las puedes dar. Tal y como has tratado a “mis amigos” creo que sí que me puedes servir eso.

–Cierto, lamentablemente cierto –dijo Jaime nublando el semblante– te puedo dar muchas explicaciones y no tengo ninguna que te vaya a gustar. Es para eso el whisky.

Señaló los vasos invitándole a sentarse mientras desprecintaba una botella de un reserva que Carlo no conocía.

–¿Sabes? Bueno, no te lo vas a creer, como casi todo lo que te pueda contar pero esta botella la tenía reservada para ti… mejor dicho, para quien quiera que fuese el que viniera. En este caso has sido tú el que has venido y lo lamento, te lo aseguro. Tú eres uno de los últimos, eso lo sé.

Carlo aceptó el vaso que le ofrecía “el señor mayor extraño” y probó el excelente alcohol que contenía. Con el estómago calentito, comenzó a investigar.

–Jaime, no sé exactamente por donde comenzar, lo que me ha pasado es auténticamente…

–Increíble –Le cortó Jaime– ya sé que tienes mucho que contar pero respóndeme antes a una pregunta. Dime de dónde vienes.

–De Barcelona –Respondió tímidamente el del Ford Fiesta diesel–.

–Barcelona… eso significa que vinieron a buscarte ayer y has dormido por el camino porque no creo que hayas salido a las 6 de la mañana. Bien, como seguro que las cosas no han cambiado en exceso, ayer te vino a buscar un tipo bastante alto con los pies bastante pequeños, te dijo que tu vida ya no existe y que debes marchar sí o sí. Para que le pudieras creer te hizo un resumen verídico de tu propia vida incluyendo, de forma intencionada, dos o tres aspectos sumamente irrelevantes para que te des cuenta que has sido investigado y seguido a fondo.
Después te ha planeado la salida de tu propia vida para dejarla en stand–by, por si algún día quieres volver a vivirla y acto seguido te ha sacado de ella prácticamente a empujones.
Ha puesto una ruta, un coche y unas instrucciones en tus manos y te ha dejado en libertad con un par de esbirros detrás de ella.
Para finalizar se ha despedido a la francesa y tú estás aquí, lejos de todo, frente a un viejo desconocido, en la más absoluta inopia sin ni siquiera saber el nombre del personaje que te ha metido en este asunto. –Jaime hizo una pausa para tragar un poquito de ánimo– ¿Me he dejado algo?

–No te has dejado nada, pero comienzo a estar hasta los cojones de que todo el mundo sepa mi vida, perdóname, pero estoy hasta los cojones–

–Eso es lo normal Carlo –Aún sin ganas le había hecho reir– supongo que tus dos primeras preguntas son quién y qué ¿no es así?

–Eso es Jaime, las dos primeras.

–Bien. Del señor que te ha metido en todo esto no sé el nombre real, usa unas cuantas decenas de nombres. El último que conozco es Shouji, le gustan los nombres japoneses, vete a saber por qué. El caso es que Shouji trabaja para un departamento de inteligencia o como le quieras llamar y su trabajo es localizar a gente válida y ponerla en marcha. En tu caso ¿de qué trabajas?

–Soy psiquiatra. ¿Busca gente válida? ¿Válida para qué?

–Psiquiatra ¡qué interesante! –Jaime no había prestado atención a sus nuevas preguntas– Tienes que ser de los buenos.

–Pues creo que sí lo soy.

–No seas modesto Carlo, eres de lo mejor, si te ha venido a buscar es que podrías dar clases a Freud o a cualquiera. Shouji nunca había probado con un psiquiatra, es una buena táctica creo yo. Lleva años intentando dar con alguien pero todavía no lo ha conseguido.

–Jaime –interrumpió bruscamente Carlo– aún estoy más confuso, no me estás aclarando nada, ahora es peor que hace dos minutos.

–Es que es difícil de explicar, siempre me pasa lo mismo, se me pone cara de loco. Quisiera que comprendieras pero no lo puedes hacer.
Vamos a ver, esta gente es implacable, lo que quieren lo tienen, eso tenlo claro, les puedes protestar o tirar piedras a sus coches, pero ante ellos, estás absolutamente indefenso, a no ser que huyas más rápido de lo que puedan seguirte y te aseguro que eso es muy difícil, sólo lo ha conseguido uno y seguro que aún sigue escondiéndose.
Eso tampoco es vida.
Ellos te quieren por tu cerebro, por tus capacidades futuras. Así ha sido durante muchos años y al igual que tú, yo fui capturado en unas circunstancias similares a las tuyas y sólo se puede sobrevivir uniéndote a ellos.

–¿Tú? ¿Te capturaron? ¿Qué te hicieron?

–Meterme en la guerra Carlo, eso me hicieron y para eso te quieren a tí. Para ir a la guerra.

Jaime rellenaba los vasos como robotizado, gran parte de su mente estaba lejos de esa mesa, muy lejos de esa mesa. Carlo estaba multiplicando sus dudas pero no quería interrumpir en exceso el discurso del viejo a pesar de que rondaba la histeria. La ansiedad ya no la nombraba, se había instalado.

–¿Has estado en alguna guerra Carlo? Porque no es bueno, eso no es bueno. Shouji necesita soldados y tiempo atrás, yo fui su mejor peón en el tablero.
Estuve más de 30 años en el asunto y conseguí ganarme el retiro. Estos 30 años no te los puedo explicar ni en un par de semanas, espero que te hagas una idea –Carlo medio asintió con la cabeza– llegó un día en el que por fin se acabó todo y, liberado, decidí venirme aquí, muy lejos de todo, con mucho dinero y mucho whisky, dispuesto a morir tranquilamente sin hacer más daño a nadie.
Sólo quería descansar, estaba agotado, muerto.
Pasaron los años, las pesadillas caminaban hacia la desaparición y un puto mal día y luego otro y otro, comenzó a aparecer gente en mi puerta, muerta de miedo, balbuceando, me decían que les habían obligado a venir aquí, que no sabían qué hacer, que qué estaba pasando, necesitaban respuestas y lo que estaba sucediendo era que me habían vuelto a meter en su puta guerra de mierda pero ellos no podían entender nada.
Eso es lo que te está pasando ahora mismo. Por eso no me he extrañado que llamaras a mi puerta. Por eso te he hecho pasar dentro de la casa mientras insultaba a esos hijos de puta. Por eso te he puesto el whisky enseguida.
Por eso no estoy sorprendido de que estés aquí.
Yo acabé mi cometido ¡Lo acabé! ¡Estaba libre! Durante años he vuelto a ser una persona normal, un hombre libre… pero no lo era Carlo, durante los últimos dos años se han dedicado a traer gente a mi puerta cada mes o cada dos meses y cuando huyen o les hago abandonar, no sé qué es lo que pasa con ellos, supongo que vuelven a su vida, supongo.
Y sigue viniendo gente, saben que yo no quiero, que no voy a hacer nada, pero hoy estás tú aquí y mañana o la semana que viene ¡adivina quién viene a cenar! Sé que tú eres de los últimos pero seguirá viniendo gente angustiada y yo no puedo hacer nada, no quiero hacer nada.
Yo era libre ¿sabes? Como tú ayer, pero habiendo pasado ya por todo eso ¡yo era libre! Y me están volviendo a encerrar y no puedo aguantarlo.

Si saber por qué Carlo estaba a punto de echarse a llorar. En las últimas horas, estaba acostumbrado a no saber qué decir o a decir lo que no tocaba. Seguía teniendo claro que no entendía nada.

Jaime rellenaba su vaso por sexta vez y su voz comenzaba a ser algo pastosa, Carlo no sabía si su discurso era incoherente a causa del alcohol o si realmente se debía a otras motivaciones más dolorosas. Puesto que Jaime tenía demasiadas cosas para contar y estaba claro que esa noche sería su invitado, intentó buscar una pregunta que pudiera darle alguna pista para entretenerse con ella mientras dormía.

–Jaime, entre tantas cosas que no entiendo quizás me ayude saber la respuesta a esta pregunta ¿por qué debemos venir todos a verte?

El señor mayor extraño se recostó en su silla y le dedicó una de las sonrisas estúpidas del señor Shouji

–Os obligan a venir a verme porque yo soy El Empático

November 2nd, 2006 at 12:36 am | Comments & Trackbacks (0) | Permalink


La frase quedaba mejor en el anuncio.
Carlo se subió en un Ford fiesta diesel que ya tenía una edad y sus perseguidores, tranquilamente, se dirigieron hacia su Honda Civic Type R.
Se fijó en el coche en el que se subían sus… ¿sus qué?
Tenía una posibilidad de despistarlos… que arrancaran mañana.
A pesar de todo, lo intentó y cinco kilómetros más tarde, dejó de hacer el imbécil.
Ni el Fiesta ni su pericia al volante iban a conseguir que el cuento acabara bien.
Sus ojos miraron hacia el GPS pulcramente instalado en el viejo vehículo. Sus ojos eran más listos que él.
El punto de destino estaba a más de mil kilómetros.

Porto de Bares.

Carlo ya no pensaba exactamente en lo que le estaba sucediendo, sus cavilaciones iban más allá: ¿Cómo iba a aguantar mil kilómetros de persecución al volante sin saber lo que hacía, hacia dónde iba y qué cojones estaba pasando?
Deseó tener otro mini de Cardhú que echarse a la boca… le habían dicho que tampoco le iban a quitar puntos del carnet ¿no? Pues ¡qué coño!
En cuanto divisó la primera gasolinera se detuvo a comprar un mini de Cardhú.
Tuvo que deslizar un billete verde para conseguir que el dependiente le suministrara lo que no podía vender a esas horas. Salió de allí con una botella de tres cuartos de litro (¡Vaya por Dios!) y metódicamente, los dividió en lo que él consideraba que eran unos cuantos minis.
Carlo condujo “ligeramente” achispado, sus pensamientos no acataban lógica alguna, su situación no acataba pensamiento ninguno. Se dejó ir como en un sueño, esperando salirse del carril, situación que no se produjo.
Comenzó su camino pasadas las diez de la noche.
Hacia las tres de la madrugada no pudo continuar ¿esperaba salirse del carril? Ni de coña.
Se detuvo en un área de descanso y durmió seguro de que nadie osaría abrir su vehículo delante de los (lo que fueran) del Honda Civic.
Al menos, de eso estaba seguro.

A eso de las 6 de la mañana lo despertó la claridad de la mañana, el sol naciente y bla bla bla, él no se sintió libre ni por un segundo.
Instintivamente miró el espejo retrovisor buscando a sus ¿guardaespaldas? Allí los encontró, fotografiados en el espejo, estacionados a su espalda y haciéndole luces como impacientes por continuar.
Era un martes cualquiera de otro típico Septiembre para los usuarios de esa autopista.
Quizá en el interior de los vehículos a los que adelantaba viajaba alguna persona que tuviera un juicio importante ese día, puede que otro acudiera a una vital entrevista de trabajo, no faltaría el que acabase de engañar a su pareja o quien se hubiera dormido y llegara tarde al trabajo después del último aviso.
En esa misma autopista una persona estaba detenida mientras circulaba a unos 150km/h en dirección a algún sitio.

Porto de Bares.

El Cardhú se comportaba como un buen aliado y en ayunas todavía más.
Era la primera vez que bebía recién levantado, pero no se sintió como un alcohólico, necesitaba nublar su mente para que dejara de decir tonterías y acatase.
Lo siento nena, acepta en lo que nos han metido y cállate ya.
¿Qué quieres hacer?
¿Cómo quieres hacerlo?
Te acaban de echar de tu casa ¿qué coño crees que puedes hacer?
¿Vas a dar media vuelta?
¿Sabes que tienes dos desconocidos que te siguen desde ayer?
¿Si te das la vuelta piensas que ellos van a pasar de largo?
¡Deja de decir gilipolleces por Dios!

Había tratado a demasiados alcohólicos como para no saber que, en este caso, desayunar whisky de malta podía ser tan beneficioso como los cereales o los huevos con beicon y su festival del colesterol.

El viaje era largo de cojones, demasiado tiempo para pensar (a pesar de la malta) que este asunto era una especie de Gran Hermano aunque al estilo “Road–Movie” ¡no! Un Gran Hermano rodante… era “El Bus” y fue un fracaso, claro que lo emitió Antena 3, quizás en Telecinco hubiera funcionado, esos saben hacer los realitys.

Después de todo, la malta no había sido un gran desayuno, le hacía pensar en “El Bus”. Claro que ¿qué cara se le queda a uno que vuelve de trabajar en Médicos sin Fronteras, enciende la tele y aparece ese programa? Un shock como ese, grabado en la mente, siempre aparece a las primeras de cambio.

Mientras Carlo intentaba preservar su equilibrio desequilibrándose a propósito, en el Civic, el hombre extraño contactaba con sus hombres para informarse del proceso.
Todo marchaba según lo previsto. El psiquiatra no había efectuado apenas ningún movimiento evasivo, no varió su rumbo y le quedaban unos 200 kilómetros para llegar. Le informaron, asimismo, que en la botella de whisky aún quedaba material y, caso de ser necesario, dirigirían a Carlo hacia un hotel para que descansara y no tuvieran que venir los bomberos con la radial.

–No haremos eso –ordenó la voz del hombre extraño en el habitáculo del Type R– limitarle a 100km/h y listo. Llegaremos más tarde de lo previsto pero bastante antes que si le dejamos dormir la mona. Si es necesario que uno de vosotros lo lleve hasta allí. ¿Entendido?

–Sí señor –contestó el hombre 1– así lo haremos.

–No hagáis tonterías ni os la juguéis, si no os fiáis, detenerlo y lo conducís vosotros. Llamarme en cuanto se produzca el contacto.

–Sí señor, así lo haremos.

El hombre 1 se dio cuenta que había contestado lo mismo en ambas ocasiones e hizo un gesto de desaprobación hacia sí mismo. El hombre 2 sonreía.

–¿De qué te ríes imbécil? ¡Cállate!

–Si señor –dijo el hombre 2 sin dejar de reír– así lo haré.

Creyó que el Fiesta tenía algún problema al ver caer las agujas del velocímetro y del tacómetro, momentos después, la velocidad marcada se estabilizó en unos aburridos 100km/h. Por mucho que pisara el acelerador no pasaba de esa velocidad.
Le estaban controlando a distancia.
Carlo rió al pensar eso, en todo caso, le estaban controlando a distancia… valga la redundancia.
Iba siendo hora de comer y paró en la siguiente área de servicio.
En esos momentos ya estaba circulando por autovía y la siguiente área de servicio que marcaba el panel, era un hostal de carretera a unos 5 minutos de la salida, pero tampoco importaba excesivamente. No iban a dejar que se perdiera ¿no?

Carlo comió a dos mesas de distancia del hombre 1 y el hombre 2. No intentó entablar conversación, a esas alturas del viaje no tendría sentido, sería como pedirle apuntes para el examen de mañana al tío con el que ni te has saludado desde que comenzó el curso y él no era de esos.
Aunque sí que cruzó con un par de palabras con ellos, les dijo algo tras levantarse después del carajillo, la copa y el purito:

–Pagarme la cuenta, os espero fuera.

El hombre 2 lo siguió mientras el 1 volvía a sacar la tarjeta para pagar la cuenta.

Carlo se dirigió de forma pausada a su Ford Fiesta mientras el número 2 hacía lo propio en el vehículo estacionado junto a él.
Ambos esperaron en sus coches a que el hombre 1 hubiera firmado la nota del datáfono y pudieran ponerse en marcha de nuevo.

Miraba al hombre 2 como diciendo ¿A qué espera tu compañero? ¡Vámonos ya!
El hombre 2 sonreía y poco más.
El hombre 2 debía estar acostumbrado a estas situaciones esperpénticas tanto como un camarero a la hora del cierre, tenía pinta de estar tan curado de espanto como hiciera falta.

El hombre 1 salió del hostal y prosiguieron su camino. Uno delante y otros detrás.

Lo de los dos tipos detrás durante todo el camino tenía sentido y no lo tenía. Le habían dicho que no podía volver a su vida porque ya no existía ¿qué sentido tenía mandar a dos tipos detrás de él para seguirle?
“Si no puedo hacer nada ¿no?
Igual tienen algo que hacer por aquí y ya de paso, pues me vigilan. No sé.
Y si no me siguieran ¿Cómo saben si me desvío del rumbo? Esto parece un GPS normalito del Media Markt ¿Se creen que soy tonto?”

Carlo siguió entreteniéndose con pensamientos estúpidos, le había funcionado bien hasta el momento pero conforme se acercaba al punto de destino, fue abandonando su estrategia mental en beneficio de la concentración en el GPS. Se encontraba en carreteras secundarias, no quería perderse y comenzar a dar vueltas, estaba harto de conducir.

El navegador le llevó hasta Porto de Bares, un bonito pueblo que miraba al Cantábrico.
Un buen lugar para las vacaciones, le pareció un sitio estupendo a pesar de sus circunstancias.
Creyó ver la casa, tenía que ser esa la casa en la que se acabara el camino. Había visto una luz en medio de ninguna parte, la vio desde el puerto, encaramada en la montaña.
En la carretera que marcaba su ruta sólo se vislumbraba esa luz… esa casa.
Casi había(n) llegado.

Ascendió la comarcal y después de dejar el asfalto sólo tuvo recorrer 300 metros de camino forestal para plantarse frente a su punto de destino.
Carlo se apercibió de su nerviosismo y de que éste había aparecido cuando comenzó a trabajar en serio con el GPS. ¿Qué esperaba encontrar, un regalito o algo? Debía estar alerta y lo sabía, llegaba al final de un viaje para el que no podía encontrar calificativos, lo habían echado de su casa unos señores que sabían todo de su vida, lo habían expulsado sin darle apenas explicaciones, lo habían obligado a irse a 1200km, no tenía ni idea de lo que estaba pasando…pero a pesar de eso, su estado anímico era de excitación.
En realidad esperaba un regalo o como mínimo no aguardaba nada malo y eso le gustó.
Lo que no le gustaba era que había dejado de ser dueño de su destino y encima estaba preparándose para algo bueno. Quizás fuera culpa de la botella voluptuosa.

Carlo aparcó frente a la casa, el Civic se había detenido unos cincuenta metros antes.

Al bajar del coche no escuchó otra cosa que el viento y el mar y ambos contribuyeron a calmarle un poco el espíritu.
La casa estaba muy bien conservada. Reparaciones recientes efectuadas, lo verde bien cuidado, ventanas limpias, hojas barridas.
Carlo subió los tres peldaños, llamó a la puerta y acto seguido se arrepintió:
Eso no estaba en el GPS, sólo tenía que llegar hasta allí ¿quién le mandaba llamar?
¿Qué demonios le iba a decir a la persona que abriera la puerta? ¿Y si fuera un niño? ¿Le preguntaría si estaba su mamá o su papá?
Carlo comenzaba a girarse para ir en dirección a los hombres 1 y 2 cuando la puerta se abrió.

October 24th, 2006 at 9:35 pm | Comments & Trackbacks (0) | Permalink


–¿Esto es un secuestro?

–¡Carlo! –dijo sorprendido el hombre extraño– a pesar de no haberme extendido en detalles, no pensaba que usted se pudiera imaginar eso.

–Francamente, podría imaginar cualquier cosa o ninguna, no sé a qué atenerme.

–Pues, querido amigo, lamento comunicarle que prácticamente ya le he ofrecido toda la información que necesita.

Carlo preguntó por esa información restante pero el hombre extraño negó con una mano y permaneció en silencio.
No había podido ver bien el vehículo en el que viajaba, era de esos llamados “de representación” quizá un A8 o algo por el estilo, no estaba seguro. El chófer viajaba tras una ventanilla opaca y no podía ver el logotipo del volante.
El hombre extraño permanecía callado.
¿Cuánto tiempo llevaban en el auto? ¿Media hora?
Los cristales de las ventanillas traseras tampoco eran transparentes, cosa que no entendía, era una invitación al mareo. Carlo sólo podía orientarse por el tiempo transcurrido y por las veces que el coche se detenía. Cada vez menos.
Salían de la ciudad.
Pensaba que el hombre extraño no era tan extraño después de todo, si tuviera un nombre quizá pudiera hacer desaparecer todo lo extraño en él.
La verdad es que tenía una cara bastante normal, hay cientos de esas caras en el autobús. Debería estar sobre los 50 años y su índice de masa corporal estaba dentro de los límites, algo hacia abajo del límite en todo caso.
El rostro pétreo, las palabras que salían por su boca y especialmente la veracidad de las mismas, eran lo que provocaban que eso de “hombre extraño” no desapareciera por mucho que tuviera un nombre.
Un aspecto curioso y hasta hilarante era que un tipo de más de un metro ochenta calzara un 34 o un 35, Carlo le estuvo mirando los pies detenidamente durante un largo rato.
Al igual que a los pies, Carlo anduvo deteniendo su mirada por varias partes del cuerpo del hombre extraño, incluido su paquete, pero no pudo detectar en su “secuestrador” ningún síntoma de nerviosismo, ninguna frase de su lenguaje corporal, ni una mirada.
Nada de nada.
Después de su última respuesta, el hombre extraño había abierto una revista de sudokus y deslizaba su bolígrafo con aparente facilidad entre las cuadrículas. No pareció atender a los esfuerzos de Carlo por provocar más conversación.
No pareció atender a nada pero sabía que eso no era cierto. Atendía, sí, pero a su manera.
Pensó Carlo que no le quedaba otra opción que tranquilizarse y puesto que era un tipo analítico, debía analizar.
El hombre extraño le había dicho que le había dado casi toda la información que necesitaba.
La información era algo que ese señor parecía dominar, todos los datos que le había revelado en su despacho eran correctos incluido el poco peso de la carpeta del porno.
La primera pregunta posible era ¿para qué le necesitaban?
Porque este asunto no era cosa de uno.
El primer pensamiento sobre aquel hombre extraño que apareció en su consulta fue que parecía angustiado… ¿podía haber estado más equivocado? Este señor podía parecer cualquier cosa excepto angustiado.
Visto lo visto y sin posibilidad de elucubrar alguna teoría con un mínimo de sentido, dejó de pensar.
Abrió el minibar del auto, se vació una mini botella de Cardhú en la garganta, se ajustó el cinturón de seguridad, cerró los ojos y se dispuso a dormir hasta llegar a su destino.
Fue el único momento en que el hombre extraño separó sus ojos de la cuadrícula. Sonrío y escribió un 7.

Largo tiempo después, el vehículo detuvo su motor, momento en el que el hombre extraño abandonó sus sudokus y bajó del auto invitándole a salir.
Carlo seguía sin pensar, no pensaba encontrarse a un grupo de matones o a gente con túnicas extrañas. Había decidido no imaginar nada hasta que no tuviera un mínimo de elementos con los que elucubrar. Hasta ese momento no tenía nada.
Bajó del coche.
Estaban en la puerta de un Toy´R´us. Algunos empleados se afanaban en tirar las basuras para poder largarse a sus casas.
El Audi (era un A8 después de todo) era uno de los pocos vehículos estacionados en el parking.
Carlo veía un Leroy Merlin, un Decathlon…. “¿Me secuestran para traerme a un centro comercial cerrado?” A pesar de no querer pensar, Carlo se había quedado embobado mirando las tiendas, el parking, los coches, la poca gente…

–Carlo, no piense, primero escúcheme, tiempo tendrá de elaborar sus teorías aunque ya le avanzo que no creo que dé con el meollo del asunto –El hombre extraño le obsequió de nuevo con otra de sus sonrisas estúpidas–

–Bien, pues llegados a este punto, creo que debe complacerme con el resto de la poca información que necesito… si no recuerdo mal –Carlo fue suave en su cinismo, no podía excederse, de lo contrario revelaría su histeria–.

El hombre extraño no hizo gesto o mueca alguna.

–Tiene usted razón, además, se nos hace tarde y debemos marchar.

–Bien –Fingió Carlo alegrarse– lleguemos al “meollo” y nos marchamos.

El hombre extraño le entregó unas llaves y señaló hacia el vehículo aparcado junto al A8.

–En el navegador de ese coche encontrará su ruta y punto de destino. Debe llegar allí cuanto antes.
Si no respeta las normas de circulación, no le pasará nada, se lo aseguro, ni un puntito menos en su carné.
Si el navegador detecta un cambio de rumbo, lo sabremos y si consiguiese despistarnos le volveríamos a buscar cosa que sólo nos llevaría a perder tiempo. Estoy seguro de que cumplirá con su cometido y aunque no sea necesario, sepa que va a ser seguido por dos de nuestros hombres.
No nos haga perder el tiempo y llegue a su destino.
Esta es la información que necesita.

El hombre extraño abrió la puerta del vehículo opaco. Carlo le agarró por el brazo cerca de perder el control que había simulado tener.

–¿Qué? ¿Qué quiere que haga? ¿Qué coño está pasando?

–Señor Mejía, está pasando que usted abandona su vida y pertenece a otra guerra, eso es lo que está sucediendo ahora mismo. Puede intentar volver a ella, es probable que lo haga, pero su vida anterior no le estará esperando por la sencilla razón de que ya no existe. Por el mismo motivo por el que su secretaria tuvo que ir urgentemente al lavabo cuando yo llamé al timbre de su consulta y ni siquiera le miró cuando salimos de allí. Porque ahora, ciertos movimientos de su vida ya no dependen de usted.
No nos haga perder el tiempo.
Suba al coche.

El hombre extraño intentó de nuevo montar en el A8 y Carlo volvió a interponerse. Dos personas impidieron que volviera a hablar con el hombre extraño. Mientras forcejeaba vio cómo el tipo que decía que su vida ya no existía, entraba en el coche, cerraba la puerta y se iba.

Uno de los dos hombres le devolvió la llave (que había caído al suelo) mientras le repetía las mismas instrucciones que le había relatado el hombre extraño.

–Señor, debemos seguirle hasta que llegue a su destino. Debo informarle que tenemos órdenes explícitas de que llegue a su destino y cuando digo explícitas me refiero a órdenes explícitas.

Mientras repetía “explícitas” el hombre al que llamaremos hombre 1, se apartaba la chaqueta para dejar ver su arma. Este gesto tan peliculero hizo sonreír al psiquiatra, claro que ya sonreía por puro cansancio.

–Entiendo y asumo sus órdenes explícitas. ¿El vehículo es éste?

–Sí señor, este es. –Contestó el hombre 1–.

–Pues diríjanse rápido al suyo para poder seguirme.

October 9th, 2006 at 11:54 pm | Comments & Trackbacks (0) | Permalink


No era la visita que tenía concertada.
Al abrir la puerta, Carlo vio a un tipo profundamente desesperado; la mayoría de personas que cruzaban esa puerta lo solían estar, pero no resultaban tan extraños, quizá este hombre no acostumbraba a estar angustiado.

–¿Le puedo ayudar en algo?

–¿Carlo Mejía?

–Si, yo mismo.

–Pues sí que me puede ayudar.

El hombre extraño no esperó a ser invitado y cruzó el portal en dirección al despacho. Se sentó en la silla mientras aguardaba a que Carlo cerrara la puerta y le siguiera.

–Tengo una visita dentro de 10 minutos…

–Lo sé –le cortó el hombre extraño sin darle importancia– lo más probable es que no pueda atenderla, supongo que me llevará más de ese tiempo.

–¿Me haría el favor de explicarme qué está haciendo aquí y dónde perdió su educación? –Dijo Carlo algo intranquilo–.

–He venido porque usted me tiene que ayudar.

–Para eso debe pedir día y hora, imagínese que todo el mundo…

El hombre extraño le interrumpió de nuevo.

–No vengo a por ese tipo de ayuda: no me excita mi hija, ni me ha dejado mi mujer, no padezco aneroxia ni otras alteraciones nerviosas.
No soy adicto ni maltratador.
Digamos que no soy su paciente tipo.

Dicho esto el hombre extraño se recostó en el respaldo y sonrió estúpidamente. Carlo esperaba; al fin y al cabo, era su trabajo.

–Bien, puesto que su mente está tan sana ¿me podría responder a la sencilla pregunta anteriormente formulada como “qué está haciendo aquí”?

El hombre extraño sonreía.

–Iré al grano señor Mejía: Pertenezco a un departamento de Inteligencia y necesitamos urgentemente sus servicios.

Ahora el que sonreía de buena gana era Carlo, más que sonreír, produjo una sonora carcajada.

–¿Un departamento de inteligencia? ¡Ja, ja, ja! a pesar de que no le excite su hija, sí que pienso que es usted uno de mis pacientes tipo.

El hombre extraño continuaba en su sonrisa. Cuando Carlo dejó de reír, comenzó a hablar sin apartar la mirada de su interlocutor.

–Carlo Mejía Andrés. Licenciado en Psiquiatría y Psicología, esta última en la universidad a distancia pero eso no importa, lo hizo bien, como siempre. Siempre el primero.
Ha trabajado en hospitales de medio mundo y ha formado equipos de asistencia y soporte para víctimas de todos los últimos desastres que han aparecido en televisión e incluso en algunas de las que no aparecen en los medios.
Ha impartido masters a cualquier psiquiatra que tuviera intención de presumir delante de sus colegas.
En sus años de profesión ha ganado el suficiente dinero y está lo suficientemente cansado, como para contentarse con su consulta a la que sólo acude “gente–bien” con problemas que no quedan tan bien.
Está claro que para usted las obras benéficas se circunscriben a los países en los que no vive, eso es algo normal, no tiene que preocuparse… y no lo hace.
No está casado, algo obvio después de tanto viajar, aunque cuando se separe la vecina del 5º quizá vayamos de boda. Los Lunes y los Jueves, desde hace año y medio, se tira a la vecinita mientras su marido atiende sus establecimientos de la provincia. El marido no es mal hombre pero es poco para ella, por eso se ha buscado un recambio.
Por cierto, el otro día le comentó a su amiga Elvira, que había pensado en separarse pero que las cosas ya le estaban bien así, más que nada por no hacer sufrir a los niños. De momento lo tiene crudo.
La vecinita es una madraza por lo que se ve.
La familia que le queda a usted la forma una hermana que está en Argentina junto a sus dos hijos. Usted tiene una relación especialmente buena con su sobrino Saúl. Sólo le ha visto una vez en los últimos 2 años pero está claro que se quieren mucho, habida cuenta la cantidad de llamadas, e–mails y demás conexiones que hemos detectado. Con su sobrina no tiene una relación tan estrecha, pero claro, con dos añitos, todavía no sabe utilizar un PC.
Por si le interesa, Saúl ha sido aceptado en el equipo, suponemos que esta noche intentará ponerse en contacto con usted para explicarle los detalles.
A pesar de utilizar tanto el ordenador, su historial y archivos de porno son bastante escasos de un tiempo a esta parte… la vecinita ha influido bastante en este aspecto.
Eso está bien, un poco de porno en su justa medida es bueno, claro, usted es psiquiatra, ya sabe lo que hace.
En cuanto a amigos, poca cosa la verdad: Tiene compañeros de squash y de fútbol–sala. Lo más parecido a un amigo son Tomás y Jordi, ambos separados y con los que acude a cenas de manera esporádica. Ellos sólo quieren que los anime y no les deje caer pero también usted sabe eso.
Quizá ellos son su obra altruista en este lado del mundo. Hemos discutido bastante sobre este aspecto y dicha opinión es la mayoritaria.
Le podría decir que según nuestros cálculos, le toca cambio de aceite y pastillas de freno. Alguien de nuestro equipo comentó que con 80.000 km, no es mala idea cambiar la correa de distribución. Eso lo dejamos a su elección.
Le podría decir muchas cosas –El hombre extraño tomó un pequeño respiró y volvió a recostarse sobre la silla de despacho– A grandes rasgos, acabo de explicarle su verdad, espero que entienda que mi lugar de trabajo no es ninguna broma.

Carlo intentó no mostrarse sorprendido, pero a medida que el hombre extraño mostraba su intimidad en voz alta, no era posible dar verosimilitud a la no–sorpresa.
Si no sabes qué hacer, no innoves, ves a lo seguro.
El médico se agarró a la típica pregunta clásica:

–¿Qué es lo que quiere? –Preguntó Carlo a medio camino entre la defensa, la desnudez y la huida–

–Creo que está claro, he venido a buscarle a usted.

–¿A buscarme?

–Carlo, necesito que me acompañe inmediatamente y entienda este “necesito” como una pura formalidad, usted vendrá conmigo, lo quiera o no. Es más, su próxima visita está a una manzana de distancia de este edificio; Debemos marchar ahora puesto que su sustituto necesita este despacho.

–¿Perdón? ¿Mi sustituto?

–Le necesitamos, pero tampoco pretendemos que cierre su consulta. Quizá quiera volver a ella en el futuro, algo que considero bastante improbable, todo sea dicho.
Su situación actual para el resto del mundo es la siguiente: Ha decidido volver a la acción y se ha marchado hacia sus buenas obras en otra guerra. Ha contratado a un sustituto que permitirá que su clínica permanezca abierta.
Hemos conseguido a un estupendo médico que se ocupará de sus casos. Nosotros nos ocupamos de la nómina de este señor y sus ingresos por sus pacientes seguirán siendo sus ingresos por sus pacientes, no se preocupe, conocemos a su banquero.
Ahora haga el favor de acompañarme, debemos abandonar su despacho.

–Pero ¿cómo?

–Carlo, le necesitamos. Ello motiva que observemos todos los obstáculos que le impidieran desempeñar su futura labor. No tiene por qué angustiarse. Si le preocupan los flecos le contaré que su secretaria ha recibido un estupendo plus por no extrañarse de nada y que su sustituto ha sido uno de sus mejores alumnos. Sus pacientes quedan en buenas manos. Usted viene con nosotros. Le facilitaremos todo el contacto que necesite con el mundo exterior y con su vida anterior siempre que no mencione lo que está haciendo.
No puede imaginarse la importancia que tiene.
Debemos marchar.

Esta vez, Carlo no tuvo que esforzarse en reaccionar de ningún modo, fue llevado en volandas fuera del edificio. Su secretaria observaba su TFT, su ex–alumno entraba en su despacho, sus vecinos de oficina les cedieron el ascensor.
Contempló el mundo desde una ventana.
Nadie prestó atención al señor que, como drogado, era introducido en un coche que se incorporó al tráfico como otro vehículo más.

September 30th, 2006 at 1:05 pm | Comments & Trackbacks (2) | Permalink